lunes, diciembre 23, 2013

"Hombre Cero," de Julio César Pérez Méndez


“Hombre Cero,” de Julio César Pérez Méndez

Por Omar Corral


La novela Hombre Cero (2011) del escritor caribeño Julio César Pérez Méndez, trasciende su cualidad de incendiaria y provocativa, como seguramente la definirá en un primer momento el lector que intente ser lo más preciso posible. No se trata de la primera obra en encarar directamente las diversas manifestaciones de la atroz violencia que cotidianamente se vive en Latinoamerica, ni tampoco en indagar sus causas, para lo cual en este caso se nos ubica en una Curramba que bien podría ser cualquiera de nuestras ciudades. Tampoco es la primera novela en sopesar la realidad en cuanto a su representación en el arte, ni en cuestionarse cuál de las dos cosas es más legítima o más valiosa. No es ésta la primera obra que, al plantearse dichas interrogativas respecto al hecho histórico y sus vestigios, también cuestione a fondo la diferencia entre la verdad objetiva y la ilusión. No obstante, será recordada por su gran originalidad y despliegue de oficio literario; evidente en su esmero estilístico y su riqueza lingüística, avocados a que el lector se confronte con sus emociones más íntimas y reaccione vehementemente, sin medias tintas, como si estuviera experimentando las mismas sensaciones que los personajes. El análisis de una obra como ésta no puede limitarse a las referencias sobre el fenómeno de los falsos positivos y las desapariciones de personas, tan frecuentes en el marco político actual de Colombia u otras naciones, por ejemplo. Esta obra no se limita a comparar el valor del hecho histórico con su representación en el arte. Es una novela que aborda el tema de la trascendencia misma, de burlar la muerte a través del arte: es decir, no solo del acto de “inmortalizar” a un ser o un evento a través de la escritura o cualquiera de las diferentes manifestaciones artísticas, sino de cómo se transforma en algo distinto a lo que fue en vida cada vez que queda bajo el escrutinio de otra mirada.


Hombre cero no va a trascender sólo por aplastar los botones justos de la conciencia y el sentimiento del lector, como lo hace la protagonista con los botones de las licuadoras llenas de renacuajos vivos y, figurativamente, con la inquietud de quien se convertirá en su pareja sentimental. Trascenderá por la perspectiva desde la que aborda sus principales temas. Esta novela nos confronta con tales planteamientos desde la insignificancia, la neutralidad y la abulia; dominios que se conciben como los más invulnerables al dolor y la miseria, desde los que muchas veces el lector mismo aborda una novela. Los personajes, a quienes en un principio el lector concibe como simples testigos de la desgracia generalizada, terminan siendo arrastrados por ésta. Irónicamente, la tragedia de estos seres consiste en que, al final del relato, permanecen tan anónimos como al comienzo. Su lugar no es el margen ni el centro, sino un apartado rincón de la conciencia del lector, reservado para lo que vive perpetuamente sin nombre ni definición; para aquello que, al no poder nombrarse, no se puede evitar. Lo que no se puede decir carcome lentamente los cimientos de su propio mundo, como los de Puerto Colombia o Playanegra, destinados a hundirse en el fondo del mar.


La trama central de la novela gira en torno a la relación entre Rob, personaje de quien no se sabe el nombre real, y de Frida, una activista universitaria con marcadas características grotescas. La dependencia que se da entre estos dos personajes no estriba solamente en la atracción física ni en las ideas que comparten. Literalmente, el uno no puede vivir sin el otro. Rob, quien deambula por la vida sin un propósito concreto, se cruza con Frida a través de un único acto de iniciativa propia, -el montaje de un performance-. A partir de entonces, sus inexistentes anhelos se convierten en los de esa mujer. Por su parte, Frida, tal como el subtítulo de la novela lo insinúa, toma la palabra sólo de manera indirecta, en raras ocasiones. Nadie dará cuenta de su fugaz paso por el mundo de no ser por Rob, quien a su vez no existe sino en función de ser comparsa y cronista de las andanzas de la mujer con cara de payaso, quien le ha dado una razón para vivir. Mientras que Rob no es sino una voz desprovista de todo mensaje trascendente salvo contar la historia de Frida, ésta es a su vez víctima de la gravedad. Su peso no puede ser sostenido por la volatilidad de las circunstancias. Está destinada a desaparecer de la faz de la tierra a no ser porque alguien se digne en recordarla, en dar cuenta de cómo alguien puede desvanecerse en el aire sin que se note.


En este sentido, por un lado, ambos son instrumentos de la fantasía del otro y no tienen otra razón de ser más que cumplir sus caprichos. Por otro, la dinámica de esta relación lleva al lector a reflexionar en su propio paso por la vida. Es decir, le lleva a preguntarse en qué medida el hecho de trascender está dado en función de la presencia de un testigo o sus propias huellas. Al final, la interrogante pasa a segundo término en proporción de la potestad que cada uno tiene de asirse a la existencia y la memoria colectiva. En el mejor de los casos, la certidumbre de vivir se cifra en el hecho de que haya quien dé cuenta de ello y por la certeza de saber quiénes son los demás, así como su lugar  en el mundo en relación con uno mismo. Desgraciadamente, ni Frida ni Rob tienen ese privilegio. Las personas, los eventos y los lugares donde les toca vivir se vuelven entidades entre fantasmagóricas y reales, indecisas entre ambas condiciones porque su destino final queda en la incertidumbre. No se sabe si pertenecen al dominio de los vivos o al de los muertos. El pasado vive, como una herida que nunca cicatrizará, en función del misterio y las especulaciones, no así de la certeza que da una única historia, igual para todos los que la vivieron.


El lugar donde estos personajes tienen su entorno vital, tan invención del autor como ellos mismos, cumple en relación con lo anterior una función determinante. En estos sitios no sólo toman lugar los eventos que tienen qué ver con la indeterminación, la decrepitud y el arte como representación de la realidad; algunos de los temas principales de la novela. Estos temas se ven proyectados por la presencia de estos lugares también. La universidad, donde transcurre una buena parte del relato, es un lugar donde se dan cita las más diametrales contradicciones. Esta institución deja de ser un lugar de estudio y trabajo productivo para transformarse en un teatro, un lugar de holganza e incluso un campo de batalla. La lucha contra la implacable represión oficial da paso al carnaval y el desenfreno, donde  ganan las pasiones sobre los ideales, que pierden toda razón de ser. El Puerto, La Catedral, el Embudo y la Zona Cachacal, baluartes en algún momento de la opulencia y el progreso, se convierten en sitios donde impera el abandono y la descomposición, tanto moral como física.  Además, se convierten en materia para la representación artística. Es decir, no existen en función del propósito utilitario para el que en un principio fueron concebidos, sino de su potencial como escenarios del performance, de la representación figurada de la vida en lugar de ser los sitios tangibles donde ésta transcurre. Para los personajes, tanto estos lugares como los eventos que ahí ocurren adquieren significado en tanto a su parecido con tal o cuál obra de arte, sobre todo de tipo vanguardista. Los personajes interpretan los eventos como lo harían con cualquiera de estas piezas.


De esta forma, el lector visualiza algunas de las escenas más importantes de esta obra a través de referentes artísticos. La inicial, en la que se conocen los dos protagonistas, reproduce un conocido performance. El desnudo masivo, donde Rob ve por última vez a Frida engañándolo supuestamente con el andrógino Eve, se lleva a cabo en el puerto. Frida le sugiere a Rob conseguirse una amante, quien se insinúa que es un alter ego suyo. Su primer encuentro se lleva a cabo en el Embudo, un edificio que en algún momento fuera cubierto por una enorme envoltura en un conocido happening. La escena evoca también una famosa pintura en la que una pareja, ambos cubiertos con sacos de tela, se besan en la boca. En relación con esto, debe tomarse en cuenta que el nombre del protagonista ni siquiera es Rob. Los demás personajes se refieren a él como tal por su parecido con uno de los dos cantantes de un popular conjunto musical, célebre por no interpretar su propia música sino utilizar el “playback” en sus presentaciones. Estos detalles ponen de relieve el propósito principal de la obra, que consiste en exaltar el valor representativo de las personas y las cosas. Lo que son en sí mismas deja de ser relevante, igual que para el ejército no hay problema en hacer pasar a un civil por un guerrillero muerto en combate.


En conclusión, Hombre cero no es una obra que se limite, como tantas otras, a denunciar un fenómeno social determinado. Es una novela que aborda nuestra forma de asumir e interpretar la realidad. En este sentido, no es una novela que se proponga definir lo verdadero en oposición a lo falso. Asumiendo que la realidad no es otra cosa que aquello que cada quién concibe como tal, la novela se pregunta hasta qué punto la vida es la perpetuación de la imagen mental con que el artista la concibe. Es decir, se plantea hasta qué punto vivimos la vida a través de la percepción de terceros; de ahí el subtítulo, O la imposibilidad física de la muerte en la mente de algo vivo,  sustraído también de otra obra vanguardista. Además, debe hacerse hincapié en las evidentes cualidades estilísticas de este relato. Cada palabra, cada imagen, cada idea, después de un exhaustivo trabajo de selección y depuración, constituye la mejor alternativa entre todas las que pudieran haberse ofrecido para contar esta fascinante historia. Entonces, tiene el lector en sus manos no sólo una papa caliente, ¡sino una verdadera papa-bomba!

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