viernes, octubre 25, 2013

Cucarachas rojas frente al mar: Primer manifiesto estético de Miguel Coyula Aquino.

Por Omar Corral.

Miguel Coyula Aquino, mejor conocido por sus importantes contribuciones al cine, ha declarado reiteradamente que una de las cuestiones que menos le interesa es la religión. Tampoco se considera a sí mismo un escritor, a pesar de experimentar en este rubro con cierta frecuencia; siempre con resultados novedosos que, sin embargo, hasta el momento no ha juzgado lo suficientemente maduros para publicarse. No obstante, al reflexionar en la forma que el autor plantea la relación entre su concepto del “hombre nuevo,” -cuya metáfora visual son las cucarachas mutantes rojas-, con el elemento vital del agua, que a su vez se manifiesta en la imagen del inmenso mar, se puede caer en la tentación de evocar la frase con la que Lydia Cabrera alude a estos insectos en  El Monte: “los chicharrones de Yemayá.” De acuerdo a este libro, dichos animales son la comida preferida de la orisha, deidad del mar en el panteón yoruba. Sin embargo, a pesar de que ni ésta ni alguna otra obra de Coyula aborda, bajo ningún concepto, temas relacionados con la fe religiosa, dicha figura evoca tres de las grandes obsesiones del autor, tal como se puede apreciar en sus películas más conocidas: El perenne misterio que representa para cada individuo su propia identidad, el océano omnipresente y los seres marginados, perseguidos implacable pero inútilmente.
Se sabe que es más probable que las cucarachas sobrevivan a sus múltiples depredadores en caso de un cataclismo. El autor también plantea el elemento del océano como cuna de la vida. Paradójicamente, también lo concibe como el que probablemente acabe con ella y la sepulte finalmente: pesadilla constante de quien no sólo se ve rodeado del océano en cada latitud, sino que lo encuentra en el mismo aire que respira, inundándolo, carcomiendo y pulverizando lentamente cualquier posible  refugio.
Tanto el título de la novela como la misma figura de Yemayá sugieren esta contradicción. En Mar rojo, mal azul; Azucena y Marina, los personajes femeninos principales, son la misma entidad creadora y destructora, desde ángulos distintos. Coyula, basándose en su propia experiencia, con un puñado de personajes sustraídos de la vida real que no construye sino que se dedica a conocer y explorar a fondo, trasciende la “realidad” para escribir una novela sobre el “hombre nuevo;” concepto que nos recuerda a la “nueva carne” que David Cronenberg planteara en Videodrome. Ese “hombre nuevo,” tal como lo concibe el autor, es aquel capaz, por ejemplo, de inventar casualmente formas alternas de producir energía, adaptarse a condiciones bajo las que sería imposible sobrevivir para otro organismo, trascender la ciencia y la tecnología, la ponderadísima celebridad y, a través de múltiples mutaciones, diluirse en su elemento de origen, el mar, para asumirse un solo ser con éste. Tambien debe resucitar en uno distinto, resolviendo finalmente todo misterio sobre sí mismo y el otro, en una cópula final que no es muerte ni  vida. Esta comunión es, en cambio, un devenir constante, un solo presente en el que se confunde el pasado implacable y el futuro, “antes incierto, hoy francamente oscuro:” un vaivén de olas furiosas que no acaban de desmoronar las rocas.
Desde el punto de vista de la meta-ficción, tema que el autor propone al reflexionar sobre el proceso de creación e incluirse como personaje, el “hombre nuevo” es aquel capaz de replantear los elementos de aquello que entiende como la realidad desde el tramo final de los tiempos.  Es decir, el que asume conciencia como creador y, a la vez, como la obra misma: aquel quien, una vez que se da cuenta de ser ambas cosas, salta del texto para dialogar con la imagen en movimiento, plantear su visión estética no como autor sino como presencia textual, así como espectador e intérprete. Deja sentadas las imágenes que constituyen el material de sus pesadillas y su cotidianeidad para aislarlas y convertirlas en su antídoto, o veneno.
            El “hombre nuevo” es, en fin, aquel que asume a nivel molecular toda la artificialidad de lo humano y lo contradictorio de la naturaleza, la destrucción y la creación, quien ha dejado de concebir la existencia como luz u obscuridad. En su lugar, la asimila como un ciclo en el que si bien los eternos fantasmas son los mismos, la forma y la materia se confunden; las pesadillas se materializan y los cuerpos se desintegran como un sueño en el subconsciente al momento en que aquel que los sueña, Dios o el id, despierta de pronto. Coyula ubica al lector a la orilla del océano, en el que el fin de todo principio es el principio de todo fin: El proverbial “perpetuum mobile,” tal vez la misma inmortalidad. Lo reproducido, que en este caso para el autor es lo clonado, nunca se comportará como su modelo, sino como la misma criatura en un ser distinto.
Esta primera novela de Miguel Coyula, bastante anterior a sus aclamados largometrajes, aunque parte de una premisa cercana a la ciencia ficción, no puede ser concebida como tal simplemente. Cumple cabalmente con las prerrogativas del género en tanto que plantea algunos de los retos más actuales en materia de tecnología, tales como la ingeniería genética, la clonación, la contaminación, la búsqueda de fuentes energéticas más eficientes y las enfermedades, físicas y espirituales, que aquejan al sujeto del siglo XXI, tales como las adicciones y enfermedades autoinmunes.
No obstante, la multiplicidad de discursos, perspectivas y, sobre todo, imágenes, hacen de este un producto que trasciende esa única categoría. El autor utiliza como eje conductor del argumento, entre otros novedosos recursos formales, una suerte de sincronía telepática entre los personajes, quienes retoman diálogos y situaciones en tiempos y lugares ajenos unos de otros, como si se tratara del mismo sujeto en distintos planos de la realidad. Estos seres reflexionan también sobre dicha “realidad;” adquieren conciencia, asumen la obra como su espacio vital y, tácitamente, al lector como su razón de ser, muriendo y resucitando perpetuamente en su memoria, pero viviendo al fin y al cabo. La obra no se diferencia del océano.
Es difícil determinar si esta obra es en realidad una novela, una crónica muy personal, o el guión de una película en proceso, en la que no obstante autor y lector participan como lo haría un personaje en una obra ficticia. “Miguel,” quien rueda una película con una obsoleta cámara de video en la novela, reflexiona, a costa de su propia vida, si la trama entera en la que se encuentra involucrado no se trata de un producto del realismo extremo en función del placer morboso del espectador. Es decir, se pregunta si no es parte de una película “snuff,” lo que agrega un elemento detectivesco, de misterio irresoluto, a la búsqueda de identidad que el autor sugiere de entrada. Lo indeterminado, lo fantástico, tiene también un lugar simbólico y argumental clave en la obra, que se manifiesta en el extraño hallazgo del personaje de Heber; un objeto que bien puede ser un arma o un instrumento musical, pero que sin embargo tiene su “onda.” De alguna manera, la obra misma es un artefacto que, tal como los largometrajes de Coyula, produce una obsesión en quienes tienen la buena o mala fortuna de tenerlos entre sus manos, aunque no sepan a qué propósito sirven; si al de romper moldes o edificarlos.
            En conclusión, teniendo en cuenta los temas y recursos técnicos de esta obra, podemos considerar a  Mar Rojo, Mal Azul como una obra que trasciende los géneros para convertirse en un auténtico manifiesto estético del autor, un testimonio de las imágenes que pueblan su mundo interior proyectado hacia el futuro y la misma configuración material del ser humano. Estos presupuestos se pueden apreciar en obras como El tenedor de plástico, que plantea un tratamiento de la realidad desde una perspectiva no lineal sino sincrónica, utilizando como eje el objeto aludido en el título. En  Memorias del desarrollo el protagonista tiene la facultad de coger los fragmentos dispersos de su vida y su imaginario, estáticos o en movimiento, para rearmarlos a su antojo, sin ninguna consideración por el esquema de “planteamiento, nudo y desenlace,” ya sea a través de la escritura o el collage. Todo lo que cuenta es su deseo de re-imaginarse, de pulir constantemente las aristas. Al final, la civilización y las prerrogativas para asir tal “realidad” yacen bajo el oscuro manto de Yemayá, dueña de los mares, cuya mirada transparente y negros cabellos nos hacen dudar entre volver al vientre materno o caer en el abismo de la muerte.

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