Palimpsest
“…si amanece no se miran las estrellas…”
Los Invasores de Nuevo León.
Finalmente estoy solo. Nadie me está cuidando. Hay qué celebrarlo. No me acuerdo de otro lugar mejor para hacerlo que éste. Aquí siempre me sentí como en casa. No recordaba nada que me pusiera tan contento como hacer lo que estoy haciendo ahora. A lo mejor lo que quería realmente era olvidar si alguna vez lo hubo, por su ausencia de la que sólo me queda el presentimiento. Me doy cuenta de que todavía me pasa lo mismo. Sin embargo, el cantinero me cobra en dólares cuando debiera hacerlo en pesos. Era el mismo con quien antes platicaba a falta de otra compañía para no estar mirándome a cada rato en el espejo, que hace que este lugar parezca más amplio y simétrico. Tampoco me daban, como antes, ganas de entrometerme y hacer lo mismo con los demás, a riesgo de llevarme un buen golpe en la cara por lo menos. El tipo habla en un idioma completamente desconocido para mí. Intenté llamarlo. Le pregunté, por ejemplo, si estábamos en el mismo lugar que yo creía, pero no reaccionó como alguien a quien un semejante interpela, sino con la indiferencia de quien escucha un ruido ligeramente más alto que los demás y, al darse cuenta que no tiene importancia, regresa en busca de algo qué seguir haciendo. No me comprendía y si acaso me respondió, yo tampoco le entendí. Además, ¿quién pregunta esas cosas?
Sin embargo, la única comunicación que tengo con él parece más natural que antes, cuando de todos modos ni me hacía caso. Terminábamos hablando puras tonterías, como para que ninguno de los dos se acordara al día siguiente. Además, es inútil que lo llame. Debe saber muy bien cómo se oye cuando estrella uno el envase vacío sobre la barra y orientarse hacia su origen a pesar de la saturación de ruidos. Se planta frente a mí cada vez en ese justo momento. Sólo saco el importe en términos de la única denominación aceptada, pago y recibo el cambio. Cuento también cada vez, y es impecablemente exacto. Después de todo el tiempo que he pasado aquí sentado, cada vez con menos ganas de levantarme, no me extrañaría que quisiera sacar ventaja. Tengo suficiente, a pesar que no recuerdo a qué horas fui a la casa de cambio, y que no gano en el tipo de moneda que aquí se cobra. No sé cuánto traigo, pero me gana el impulso de pedir más antes de contar si llevo lo suficiente para pagar. No he fallado. No creo que lo vaya a hacer después. Me resulta menos doloroso concentrarme en la música que tener una razón para exclamar, una vez que vea un rostro familiar o que me lo parezca en el espejo, o cuando voltee hacia alguna parte, “¡Te conozco!” Por fin me doy cuenta que no hay ninguna necesidad.
Sabía que estaba a salvo de muchas cosas porque no se escuchaban “Soy lo Prohibido”, o “A Pesar de Todo” con el Pirulí y Vicente Fernández, respectivamente. Antes, alguna de ellas comenzaba a tocar justo cuando cruzaba el umbral de la puerta o encontraba asiento, como por mandato. Parecía que algún parroquiano la pusiera siempre en la rockola con la intención de molestarme. La música para conmiserarse de uno mismo es muy mala; dice el refrán que nunca debe mezclarse el placer con el arrepentimiento. En su lugar, tocaba un piano de agridulce melancolía, con un “hiss” de tocadiscos que abigarraba todavía más la paleta sonora. ¿Por qué se oye si se supone que es un aparato reproductor de discos compactos? Tal vez porque la grabación es muy vieja, supongo. Me vanaglorio, sin poder participárselo a nadie, de saber quién era el artista. Se trata de Lennie Tristano, un pianista cieguito, quien se abre paso entre el viento corrosivo de otros tiempos y la misma muerte con “Palimpsest”. Creo que ningún experto que se encontrara con ella por primera vez aquí pudiera haber adivinado el título tan pronto como yo, como luego compruebo cuando, camino del baño, leo el rótulo luminoso del aparato. Todas sus composiciones tienen nombres muy sofisticados. No soy tan inculto como me concebía, pero daba igual porque no creo que el dato le interese a nadie. Tampoco hago caso de los demás ni de la extrañeza de todos estos detalles, cuyo motivo ya conozco. En todo caso me gustaría más oír “Mi Amigo el Borracho” de Miguel y Miguel, aunque de aquí a que me hartara de hacerlo todas las veces que me hubiera gustado sonaría como si fuera “La Misma”. Además, sería un detalle demasiado familiar tomando en cuenta que nada lo ha sido hasta ahora. Tampoco sé si es de día o de noche. No hay ventanas.
No me di cuenta cuándo se sentó a mi lado. Estaba concentrado en cómo se descompone la luz a través de mi botella mientras escucho la música. Sus haces cambian de color entre más vacía va quedando, hasta que vuelve a repetirse la operación con una distinta, llena casi al tope. La música, además de hacerme evocar tantas sensaciones agradables, invita al escrutinio concienzudo y me distrae. Sin embargo, el aroma de jazmines sobre los que recién ha llovido, que en un principio pareciera traído por aquellas notas, se impone sobre los fuertes e inmundos de este lugar. No se trata de un perfume artificial. Tampoco es lo único que percibo, sino también una brisa que me refresca y despierta, disipando al contacto con mi piel la modorra y el aturdimiento. Volteo de reojo, a pesar que me había propuesto no involucrarme con nadie. Lo que menos quiero es dar ni rendir cuentas. Sin embargo, soy muy malo para disimular. Ella debe percatarse fácilmente cuando alguien la mira con el deseo que trato inútilmente de apagar. No podía ser de otra manera. Tenían que ser precisamente éstas las circunstancias en que la conociera. Es la mujer más hermosa que he visto. Por lo mismo, sé de antemano que jamás será para mí.
Lleva un vestido color plomizo que parecía haber sido negro hace tiempo. Se levanta un momento del banquillo para reacomodarse la falda, lo que, al apretar por la parte trasera su vestido, me permite apreciar sus anchas caderas. De perfil, la inclinada pendiente bajo los paréntesis invertidos de su cintura, perfectamente simétricos, remata en una cerrada y abrupta curvatura, casi angular, dándoles la forma ideal de una suculenta pera. A pesar de que la prenda es larga, la forma en la que, gracias a su postura, se adhiere a sus piernas, me permite apreciar la delineación y firmeza de sus muslos y pantorrillas. No tienen ningún relieve. Me imagino la sensación de frotar mis manos sobre ellos a través de su ropa, haciendo saltar chispitas de estática. Un breve instante en el que se inclina hacia adelante me permite descubrir que no le gusta usar sostén. Sus largos y sedosos cabellos, sobre los que se refleja la luz roja del neón azulándose en su espesa negrura, le cubren casi por completo los hombros y el pecho. Al hacerse una cola, la línea de los tirantes, dibujada en su piel por el sol y un poco más clara que la de sus márgenes color natilla, se ensancha hasta rematar en sus pezones perfectamente redondos y fruncidos, coronados por puntas achatadas, anchas, perfectamente erguidas, de un carmín avivado intensamente por la constante transpiración. Siempre me ha parecido muy molesta la consistencia acaramelada que adquiere el sudor al entrar, después de asolearme o hacer algún esfuerzo, a donde haya una máquina de aire acondicionado o refrigeración funcionando a toda su capacidad. Ahora quería comprobar en su piel si el sabor era tan desagradable como aquella sensación, utilizando lo más que pudiera de la superficie de mi lengua, que salivaba profusamente, pero sobre todo, de la de su cuerpo. Después de colocarse aquella liga alrededor del cabello, permanece cabizbaja sin ordenar nada. El mesero tampoco le pregunta si quiere hacerlo. El ángulo hacia el que dirige sus ojos no alcanza el marco inferior del espejo. No creo que se haya dado cuenta de lo que ahora no puedo parar de hacer. Bajo la sombra de sus gruesas y enormes pestañas, tiene unos ojos infinitamente tristes, que insinúan los poderes premonitorios de una gitana. Esto es tan notable, que acabo preguntándome, ¿acaso me hará a conocer mi suerte?
Temiendo encontrar una respuesta, tomo mi envase y abandono mi lugar para buscar otro en dirección opuesta a donde está sentada. Pero en cuanto pongo los pies en el suelo, escucho que me llaman a mis espaldas. En el fondo lo deseo y pudiera tratarse de cualquier otro de los tantos ruidos que se combinan, casi siempre para sonar como otra cosa. Además, mi nombre es demasiado común. No quiero delatarme. La suela de mi zapato se encorva, pero escucho de nuevo lo mismo, más de cerca, mientras me oprimen el hombro, calentándolo suavemente. Sin embargo, siento que voy a derretirme. Me imagino desparramado en el suelo, burbujeante, revolviéndome con las colillas de cigarro y las cáscaras de semilla de girasol y de pistacho. Volteo, y descubro sus ojos. Al igual que el cielo, acumulan agua y relámpagos para desatar una tormenta. Parece que mi suerte se vislumbra. Pronunciando mi nombre por tercera vez, asevera: “Tú me prometiste que ya no volverías aquí.” Antes de encontrarla, tenía la agradable sensación de que un gas similar al helio inflamaba una parte de mí que no estaba en mi cuerpo y la hacía flotar. Una improvisación de Cecil Taylor marca el inicio de su transformación en una mar picada por la indignación y la angustia. Empiezo a desinflarme. “No la conozco”, respondí.
Hago un esfuerzo que no me habría atrevido a hacer si no fuera porque estoy convencido de estar frente a un espejismo. Dándole la espalda, pido otra botella, seguro de que el helio volverá a inflamarme y me hará recobrar mi estado de enajenación y, sobre todo, la tranquilidad. Al apurar mi primer trago, dejo de sentir su presencia y escuchar sus objeciones. Creo que por fin desapareció, como supuse que lo haría. Sé muy bien de lo que soy capaz, y también de lo que me merezco. No soportaría que cuando todo termine ya no esté a mi lado. Una vez que el sol me ilumine, la buscaría por todas partes hasta que la encontrara, aunque esté seguro que nunca aparecerá. Prefiero olvidarla.
Sin embargo, una vez que levanto la mirada al espejo, compruebo con espanto que sigue ahí, abriendo los brazos para envolverme en ellos mientras acerca sus labios a mi oído. “¿Me sientes?” Pregunta, y hubiera entendido perfectamente por el suave vaivén de su aliento aun si no hubiera escuchado nada. Prefiero pensar que todo lo que siento es que me están untando mermelada, pero no puede tratarse de eso. La adhesividad de su piel sobre la mía me gusta demasiado. Estoy a punto de creerle, pero el helio me sigue elevando con cada trago, más generoso que los anteriores. Respondo desde esa parte de mí que no sé dónde está y desde allá la mira ahora tan pequeña, envalentonado también por mi cultura musical; mi único atributo. “Entonces abra la puerta, dígame la hora, o quién está tocando eso”. Apunto al aparato de monedas. Aquí no se ven las estrellas, ni el sol ni nada hasta que amanece”. Estoy seguro que con esto se esfumará, pero apretándome más fuerte, como si yo fuera quien va a desaparecer, me responde: “Lo sé tan bien como tú. Ven. Salgamos juntos por esa puerta para que no vuelvas.” Yo también la estrecho, sintiendo sus lágrimas quemar la piel irritada de mi rostro, encendido e hinchado. No tengo valor para decirle que mi mayor anhelo es hacerle caso, pero sé que es imposible. La sujeto más fuerte para hacer que lo entienda. “Vas a irte, y yo no puedo estar aquí a menos que sea de esta forma. Sé que el sol te va a llevar con él.” Nuestras lágrimas se mezclan y van a dar a mi boca abierta por la dificultad para respirar. No puedo decir que me gusta su sabor como a papas a la francesa remojadas en malteada de vainilla. Me gusta más sentirme embarrado de dulce cuando transpira sobre mi piel, pero no puedo hacer otra cosa que seguir llorando.
Esta despedida se está alargando más de lo que hubiera querido. Sin embargo, no he reparado bien en su costado izquierdo. Lleva un morral, del cual saca un revólver que pone sobre la barra. El aterrizaje se oye claramente entre el bullicio, pero no parece decirle nada a nadie. Estoy desconsolado, lo cual tampoco me deja sorprenderme por el detalle. Lo que sí me sobresalta es el repentino fulgor en su rostro, y la hermosa sonrisa que se dibuja en sus pequeños labios. Sus ojos, vivos e iluminados, que apuñalan los míos con incertidumbre, ya no parecen tener los poderes divinatorios de gitana que tenían antes. “Sé que no me crees”, dice mientras pone el objeto en mis manos, arropándolas entre las suyas. “Dispara donde tú quieras,” me ofrece mientras corre ligeramente el tirante izquierdo de su vestido y desliza el dedo índice de la otra mano entre sus senos. Siempre creí que sería casi imposible que en ese lugar ocurriera algo así. Sin embargo, tengo el mismo miedo a la muerte que tendría en cualquier otra parte. El centro de su falda se hunde entre sus piernas, dibujando un triángulo; un molde donde siento la ansiedad incontrolable de encajar, pero no se me quita el miedo. Ahora, justo como había tratado de evitarlo, miro directamente al espejo, recorriéndolo con calma de lado a lado, deteniéndome en cada rostro. Aunque ellos ya no lo son para mí, parece que nosotros fuéramos invisibles, inaudibles. En cualquier caso, aunque es posible que tenga que resignarme a perderla para siempre, estoy seguro que no va a pasar nada. Antes de abrir paso a otro pensamiento que me desanime, levanto rápidamente el arma, me la pongo en la sien, tomo de golpe el contenido de la botella y jalo con fuerza del gatillo.


3 comentarios:
aplausos
Un honor cada visita suya, maestro!
Un abrazo!
qué huevotes para redondear el tiro de gracia!!! Vigorrr...
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