
La Modelo
El plazo se cumplirá dentro de algunos meses. Será una mañana solitaria en las afueras del “Cereso” municipal. Podrás inferirlo por que hace mucho que “Ya no Viene”, como dice la canción de Bronco. Caminarás solo por la brecha que conduce a la calle que separa la que fue tu casa por tanto tiempo de la colonia Toribio Ortega. Te acordarás cuando sea demasiado tarde que la grava que la tapiza es pequeña y filosa. Además, tu camino estará lleno de enormes charcos congelados que tendrás que rodear de alguna manera. Desearás haberte puesto otro par de calcetines y unos zapatos con la suela más gruesa cuando tus pies se hundan de vez en cuando en el soquete, donde pensabas que había suelo firme. Te empeñas en ponerte tus Converse, que además de ser porosos, para ese entonces tendrán demasiados agujeros. Entonces caminarás más aprisa para mitigar el frío. Antes que llegue el camión que te llevará al centro de la ciudad, verás venir en sentido contrario a la dirección que sigues para llegar al borde de la carretera a los jóvenes que van a recoger su cartilla militar. Como es domingo, desde ahí podrás notar que algunos están crudos. Otros manifestarán la dificultad que tuvieron para levantarse en su falta de precaución en ir más abrigados. Todos esperarán por largo tiempo a la puerta del cuartel mientras exhalan opacas volutas de vaho, frotándose los muslos y las manos. Tal vez será el único momento en el que te darán ganas de sonreír. Cuando fuiste al sorteo, te tocó bola negra. No tuviste que marchar. Además, los rayos del sol que saldrá entre los cerros iluminarán, al igual que hoy, de llamativos colores el horizonte. Parecerá que está tan cerca que poco faltará para que estires la mano queriéndolo tocar, tal como ahora.
La risa se te borrará del rostro una vez que abordes la rutera y pagues el pasaje. Como de seguro van a subirlo, no te darán nada de cambio para comprar un cigarro suelto con los dulceros que se ponen en la terminal. No querrás la cajetilla completa. Hasta los asientos del fondo estarán ocupados, y tendrás que aguantarte las ganas de escuchar sentado “Voy a Pintar Mi Raya.” No comprendes la empatía que despierta en ti. Sonará a todo volumen en el estéreo del chofer, cuando vayas agarrado del tubo tratando con dificultad de mantener el equilibrio. Mientras tanto, el vehículo parecerá hundirse adrede en cada bache y tropezar abruptamente con cada tope a lo largo del camino. La canción de los Mier que tocará enseguida, “Nota de Sociedad”, también trata de lo mismo. A pesar de que el camino es largo y rebuscado, no podrás distinguir nada entre el amontonamiento de gente cuando trates de asomarte por las ventanillas. Por lo pronto, te quedarás con ganas de ver el resto de la ciudad. La música, que no tendrás otra alternativa que seguir escuchando, habrá despertado un presentimiento que te llenará de agitación. Respirarás con dificultad. Estarás enojado sin razón aparente.
Una indita diferente seguirá al pie de la misma parada del camión vendiendo dulces. Sin embargo, no traes ya para tu cigarro y tendrás que caminar hasta el Rapiditos de la Francisco Villa que se alcanza a ver desde donde te habrás bajado. Cuando te metieron a la cárcel todavía no lo habrán puesto ahí. Te alegrará que no tengas qué caminar más lejos. Pasarás frente al “Buen Tiempo” y te darán ganas de tomarte una caguama bien fría. Todavía será muy temprano. Podrás llamar a muchas otras personas para celebrarlo o por la simple cortesía de avisar, pero tu cabeza sólo será capaz de visualizar sus hermosos ojos de gitana, negrotes, abismales. Sentirás fluir la sangre caudalosamente hacia el centro de tu cuerpo al recordar su largo cabello hasta las anchas caderas que tanto te gustaba apretarle cuando se abrazaban. Ella será la única persona de la que querrás saber en ese momento.
Cuando pagues por la tarjeta de 30 pesos para llamar por teléfono público te darás cuenta de que venden la cajetilla con 14 cigarros a 21. Así le calculas. Querrás comprar una pero te faltará un peso para acabalarla. Como te regresaron un billete de 20 y los vendedores ambulantes nunca traen cambio, optarás por aguantarte las ganas. Te acordarás que le cae gordo que fumes delante de ella, aunque nunca te lo ha dicho. Mientras busques una caseta telefónica soplará un viento áspero que irritará tu cara a través de la atmósfera polvorienta y ahumada. Sólo se escucharán sus soplidos en la solitaria avenida. Se acercará el momento, y te sensibilizarás más al frío con cada paso. Como “El Recreo” todavía estará cerrado, te meterás a lo que fuera la antesala del cine Victoria, cuidándote de no pisar lo que dejaron aquellos que le dieron el mismo uso que te dispondrás a darle. Crees que para ese entonces alguien habrá corrido a la fuerza la cortina metálica que la cubre. Te divertirá el vaho que se eleva con el polvo refinado de los viejos mosaicos. El agua se enturbiará. A pesar de que te encontrarás más relajado, sentirás que todavía no es el momento. No podrás describir el presentimiento que te impide seguir buscando una caseta. Optarás mejor por ir a comprar un burrito de deshebrada, lamentando que no se te haya ocurrido antes y que sea lo único que haya a esas horas. Así no habrías hecho tus necesidades en aquellas tapias. Tampoco tendrás hambre, solamente ganas de esperar un poco. “Como es domingo, a lo mejor todavía no se levanta, o apenas habrá ido por el menudo”, supondrás.
No le habrás dado una mordida a tu burrito y un sorbo al café, servido sin leche ni azúcar en un vaso de hule espuma, cuando te distraigas y los olvides por completo. Ambos se enfriarán después. Cuando los vuelvas a recordar se te antojarán menos que antes. Te darás cuenta que nomás estás perdiendo el tiempo. Afuera se habrá entibiado. Vas a echarle al perro sarnoso que acecha a la entrada lo que habría sido tu almuerzo. Tu corazón latirá rápidamente. Sin embargo, no será por entusiasmo ni alegría. Sabes desde un principio que ella no contestará el teléfono, y así es como va a ocurrir. No tiene porqué ser de otra forma. Igual que otras veces, tampoco reconocerás a tu interlocutor:
- Ya se casó. Búsquela con su esposo.
Sin que preguntes, te darán una buena idea de cómo llegar a donde se va a ir a vivir. Como si todo ese tiempo que pasaste encerrado hubiera sido sólo una pesadilla de la que apenas despiertas, negarás lo que acabas de escuchar. Colgarás sin dar las gracias ni despedirte. La ansiedad de hacer algo que no debes te invadirá. Dejará de importarte que apenas hace unas horas salieras de la cárcel y te habías jurado que jamás regresarías. Pensarás que no tiene caso que hayas salido. No tendrás a dónde más ir. Sin embargo, caminarás hasta el Monumento a Benito Juárez para agarrar el camión, abriéndote paso entre la densa parvada de palomas, tan "libres" según todo mundo, a las que querrás patalear y pisotear. Como los fines de semana casi no hay pasaje hasta allá donde vive, el camión tardará en llegar mucho más de lo que en días hábiles. Cuando por fin le hagas la parada, el chofer te preguntará si no traes cambio. Lo más chico que llevarás será el billete de 20 pesos. Molesto, te dará morralla de la denominación más pequeña. Tú contarás cada moneda para asegurarte que no te dio menos de lo que te debe. Fingirás no escucharlo cuando te pida que te hagas a un lado para cobrarle al pasajero que estará detrás de ti. Esta vez te asegurarás de sentarte en el lado de la ventana del asiento. La travesía será más larga que la del Cereso al centro. No pedirás tu bajada hasta que llegues a la Glorieta; lo primero que se ve cuando llega uno a la ciudad por carretera. Ahí verás nuevamente a Benito Juárez, petrificado, hasta quién sabe qué horas. El FOVISSSTE ya no otorga casas a los derechohabientes más hacia el interior de la ciudad. Ahí ya no cabe nadie. La calle comenzará a inundarse de carros. El camión no irá más rápido a pesar de tu desesperación. Pasada casi una hora, optarás mejor por concentrarte en la música grupera que trae el chofer, igual que la de la última vez que te habrás subido, sorprendido de encontrar tantas edificaciones nuevas a tu paso y no volver a ver aquellas que había antes de que te encerraran. En su lugar, por suerte y según tus cálculos, habrá depósitos de cerveza de la misma cadena casi en cada esquina. Al menos te darás cuenta, supones, que no eres el único al que dan esas ansias.
Caminarás por la calle más ancha de la pequeña unidad habitacional, último dato preciso que habrás logrado captar cuando llames a donde supondrías que ella te estaba esperando. Una vez que llegues a la sección de las casas de dos pisos, un sudor frío y picante salpicará tu cuerpo de repente al ver su auto estacionado frente a una de ellas. La fachada de duros barandales de hierro, como ahora supones, estará flanqueada por bardas. En sus bordes brillarán fragmentos de botellas rotas. La puerta será similar a una que tenían como muestra a la entrada de un negocio de “herrería artesanal” que viste y verás nuevamente, según le tanteas, sobre la Carretera Casas Grandes cuando vengas en camino; maciza y decorada con caprichosos acabados. Estás casi seguro también que enseguida de su carro estará una blazer café que alguna vez habías visto. Querrás rayarla, romperle los vidrios polarizados, pero verás a través de ellos un pequeño foco rojo titilando. Quizá se trate de una alarma. Te acordarás que dice el dicho que por los zapatos se conoce a la persona, y te arrimarás un poco a inspeccionarla. Se tratará de un modelo reciente. Llevará una moldura de agencia. La pintura brillará refulgentemente con la intensa luz del mediodía invernal, que de todos modos no calentará el aire gélido y rasposo que todavía estará soplando. Tendrá también placas nacionales; un buen mueble para viajes frecuentes en carretera.
Te preguntarás cuánto gasta el dueño en gasolina, mensualidades, de impuesto por tenencia y renovación de placas. Mientras, te acercarás un poco más. Mirarás un par de engomados que responderán tus preguntas sin necesidad de grandes esfuerzos deductivos. Uno de ellos probablemente será de la universidad local y, por si fuera poco, el otro de una de los Estados Unidos. Ambos garantizan un lugar privilegiado en los estacionamientos de ambos lugares. En los dos, además de la fecha de vencimiento de entonces a un año, se podrá leer, como casi estás seguro, la palabra “docente” en inglés y español respectivamente. Te acercarás aun más para alcanzar a distinguir la foto en el gafete que cuelga del retrovisor. Por lo poco que alcanzaste a ver alguna vez, te figuras que le canta tangos al oído cuando están juntos. A ella le gustaban mucho pero tú les tenías una inmensa aversión. Tal vez ya desde entonces sabías que esto iba a pasar. Sin embargo, nomás alcanzarás a ver de lejos su rostro, muy apenas, por que los vidrios están ahumados.
Una vez que revises tus bolsillos y tu cartera, te darás cuenta que no tienes nada qué hacer ahí. Además, los perros sueltos empezarán a ladrar, y tendrás qué hacer como que coges una piedra del suelo para que se alejen de ti. También desistirás de llegar a tomarte tu caguama fría al “Buen Tiempo” o al “Recreo” al terminar de contar tu dinero y acordarte de todo lo que te llevó hasta ahí, hasta los límites de la ciudad que todavía no conoces. Antes de subirte al camión que va de regreso al centro llegarás a la tiendita de abarrotes a comprar el PM, con la esperanza de encontrar alguna vacante que no requiera carta de no antecedentes penales. Cuando llegues al centro habrás terminado de leerlo sin reírte una sola vez de las majaderías que los editores usan con tanta liberalidad, ni tampoco de nada de lo que está pasando. Por fin te darás cuenta que ninguna de las dos cosas tiene ninguna gracia. La noche anterior casi no habrás dormido pensando que la tocarías. En cambio ese día, cuando mires las enormes fotos de modelos semidesnudas, sentirás que pensar en mujeres es un lujo que no te puedes dar. Darás vuelta a la página y te pondrás mejor a leer las editoriales. Ya habrá sido hora que empezaras.
Tendrás sueño. Lo único que querrás será echar una siesta y la verdad es que no habrá a dónde ir. Pasas por una conocida tienda de enseres domésticos. Te acuerdas que antes era un centro cristiano de rehabilitación para drogadictos y alcohólicos. A lo mejor te habrían dado chanza. Sin embargo, el recuerdo más entrañable que tienes del inmueble era cuando funcionaba como sala de cine, el “Variedades”. Además de que ahí llegaste a ver varias películas que parecían americanas y al último resultaron italianas, alguna vez también viste en función doble la primera y segunda parte de “Bestias Juveniles”. Éstas a su vez eran producciones españolas que tal vez por lo buen consumidor que es el público nacional hicieron pasar como mexicanas. En una hasta salían Grace Renat y Fernando Almada. Sin embargo, te diste cuenta del embuste por que cuando las viste nunca habías escuchado la palabra “comisaría”, y tu indagatoria te llevó a darte cuenta del detalle. Su verdadero nombre era “Perros Callejeros”. Tendrías doce años más o menos aquella vez que te mandaron pagar un abono y te metiste a verlas. La segunda parte acaba con el protagonista saliendo de “La Modelo”, una famosa prisión de por allá. Afuera lo está esperando la mujer de su primo, quien en realidad está enamorada de él. Pasa mucho tiempo. Se queda después de que todos se han ido hasta que, después de otro rato, cae rendida en el portal de algún edificio frente a la penitenciaría. En cuanto el héroe la ve, corre hacia ella, pero es embestido intencionalmente por un auto. Ella está tan cansada, que sigue profundamente dormida. Él hace un esfuerzo por arrastrarse hacia ella hasta que queda inconsciente. Recuerdas que aquel final no te gustó. Exhalas un profundo suspiro al pensar cómo te habría gustado verlo ahora.


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