El Nacimiento de un Poseído (Castillo de Mármol o Nueve Reyes).

Aquella mañana la escandalosa alarma del despertador timbró nueve veces en vano, aunque no cesaba de aumentar progresivamente de volumen. Siempre pasaba un buen rato después que terminaba de sonar para que se levantara. Se supone que la luz del día no debería haber salido para cuando ya estuviera camino del trabajo. Siempre le torturaba su presencia las primeras horas del día a causa de la constante presencia de alcohol degradándose cada vez más lentamente en su cuerpo. Esta vez lo sorprendió en la cama, sobre sus propias inmundicias, sin dejar de cumplir el mismo propósito. Su agudo resplandor casi no lo dejó abrir los irritados ojos en todo el trayecto hasta que llegó, casi a ciegas. Se preguntaba cuantas veces se había repetido la misma escena, casi con una similitud fotográfica. La prisa que tenía por evitar aquel nuevo vestigio negro que su vicio dejaría en su tarjeta de marcar entradas y salidas impidió que sus lastimadas pupilas se recuperaran. Sin embargo, un portento similar a una milagrosa aparición mariana lo curó de aquel sufrimiento, infundiéndole un vigor imposible en el acostumbrado estado deplorable y lastimoso que lo embargaba. Entre la dispersa muchedumbre que le reprochaba con la mirada aquella irresponsabilidad repetida nuevamente, había alguien que en su expresión y en su novedosa presencia sólo parecía fijarse en el primer detalle, -aquel de su falta de consideración-. Su mirada, como la de la Madona, acusaba una expresión piadosa.
Se trataba de una joven chaparrita y menuda, con uniforme quirúrgico y bata médica blanca, cuyo aspecto desaliñado parecía obedecer a la falta del más breve respiro para ocuparse demasiado en ello. Tenía el cabello sujeto por una liga común y corriente, que seguramente se había encontrado por ahí y se había puesto para estar un poco más cómoda, impidiendo así que a cada momento el cabello le obstruyera la vista o se le empapara de sudor. Dicha cabellera era de un rubio pajizo y, tal vez por las interminables horas de trabajo constante, muy opaco, con algunos mechones un poco más oscuros que otros, de los cuáles algunas hebras ya habían logrado escapar a la cada vez más débil aprehensión de la cinta elástica. Su cuello, que al parecer había logrado mantener lo suficientemente ventilado a pesar de la rebeldía de los amarillos prisioneros que se le fugaban de la cabeza, era largo y espigadito como el tallo de un fresco tulipán. Su desnudez invitaba a irlo recorriendo a besos pausados, con el peligro de morderlo en un impulsivo descuido, hasta llegar a la barbilla breve y redonda, coronada por sugestivos labios color de granada partida, anhelantes bajo una nariz de antigüedad clásica. Había de estar muy atento quien se le acercara de no despedir olores que perturbaran demasiado su paz y belleza.
Desdeñosa y hasta con cierta prisa cuya causa quiso creer que no era su lastimero aspecto, le quitó la descalificativa mirada de encima, que a pesar del rígido gesto y las anticuadas gafas militares de pasta que la ocultaban, provenía de unos tiernos ojos de ratoncito de caricatura circundados por ojeras que, además, tenían el color de exóticas aceitunas claritas, cortadas después de la prolongada caricia embriagadora del sol mediterráneo. Estaba convencido de que, literalmente, se trataba de una aparición mariana. El último detalle que le alcanzó a robar era el nombre que probaba aquella suposición, pendiente del costado derecho superior de su pecho, alcanzando casi el hombro, cuyo apellido de fría lápida nocturna e invernal no parecía hacer juego con el resto de su persona. El crucifijo en su pecho no dejaba lugar a dudas, ya que impidió que los lascivos demonios que reinaban en él le hicieran poner la mirada más allá de aquel centro donde se posaba invencible. Por primera vez se le escapó, como una cierva segura de encontrarse en la mira telescópica de un cazador que, para qué negarlo, se había propuesto convertirla en su más preciado trofeo.
Ese se había vuelto en verdad su objetivo, y después de verla pasar incesantemente en un agitado ir y venir en el que parecía empeñarse en no dejar vestigios para que la rastreara, finalmente éste decidió, exprimiendo las pocas fuerzas de su evidente flaqueza física, emparejársele al paso. La joven acumulaba los expedientes correspondientes a los pacientes del departamento de cirugía, en el cuál practicaba para poder titularse como médico. Él, quien capturaría como pescados en la red de cómputo del hospital las órdenes que el jefe de ella le dictara, asegurándose más que nunca de que se cumplieran al pie de la letra y a toda costa, al verla alejada de su grupo decidió abordarla sin poder contenerse más tiempo. Sabía que era el momento más inoportuno, pero que si lograba seguirle el paso, podría conocer algo de ella que al menos le sirviera para una posterior conversación más íntima. Tal vez no la volvería a ver sola. Le dio los buenos días, refiriéndose a ella por su título y duro apellido, que todavía no podía comprender cómo una criatura tan delicada podría haber recibido. Su forma de pronunciar la “y,” y aquel “vos” indistinto, que no precisaba de las especificaciones propias del “tú” o el “usted” que comúnmente se utilizaban en la región donde estaban para referirse a la segunda persona, -según lo precisara el respeto que la primera le tuviera-, lo llevaron a preguntarle, más para confirmar lo obvio que para salir de una duda, si acaso era del punto más alejado del sur del continente, donde así era la usanza. Ella, resignada una vez más al cumplimiento de la inevitable condena que su condición, por alguna culpa heredada, prescribía que tendría que sufrir a donde fuera, contestó afirmativamente:
- ¿Es usted católica?- Preguntó él, sin defraudar las pésimas expectativas que la joven tenía respecto al rumbo prescrito de la conversación.
- Se ve que vos ya sabés que no hay mujer católica de donde yo vengo que no se llame así. Tengo una hermana con el mismo nombre, así que es mejor que sepás el otro.- le respondió, dándole también el dato. Su segundo nombre era Natalia.
- Seguro tenemos muchas aficiones en común. A mí me encanta la música y el cine de allá. –le dio una nutrida cantidad de ejemplos, hasta que ella le interrumpió.
- Me da gusto que en el sector salud haya gente privilegiada como vos a la que le quede tiempo de ir al cine y escuchar tanta música.
Él procedió a darle el nombre de su película argentina preferida, 9 Reinas, aludiendo a las razones de su gusto por ella. Afirmaba que la más poderosa era cómo reflejaba la identidad nacional de una forma humorística y auto-crítica, a lo que ella respondió:
- ¿Con que refleja nuestra personalidad? No he tenido oportunidad de verla por que acá tengo turnos de treinta y seis horas, pero entiendo que se trata de falsificadores y estafadores. Yo por mi parte sólo estoy esperando acabar mi residencia para titularme como médico. Decime entonces si esa es la manera en la que tan fielmente, según vos, proyecta nuestra personalidad.
- No quise decir eso. – Respondió, enfocándose ahora en la música y preguntándole cuál era su intérprete nacional favorito. Cuando ella le dijo, él, sorprendido, le hizo notar insensiblemente que suponía que toda la gente de allá escuchaba a Soda Estéreo, un trío de rock que también era muy célebre en la localidad.
- Me imagino que te vas a desencantar de mí, pero allá se cultivan muchos otros tipos de música, y ese no es el más característico. De hecho, muchos intérpretes de tu país cantan piezas populares de nosotros, y seguramente debe darte la impresión de que se trata de cosas de ustedes. La verdad no es muy diferente…
Sintiendo engrosarse la sólida y pétrea barrera que cada vez más lo separaba de ella, le preguntó entonces si tampoco le gustaba el fútbol, que entendía que era el deporte más practicado entre su gente. Cuando apenas dicho obstáculo había cedido un poco, insistió en seguir haciendo lo que a él le parecían comentarios indudablemente agudos y cómicos; no desprovistos, eso sí, de lastimero sarcasmo: “yo sé que el que ahora es entrenador del equipo de ustedes ha sido el jugador más diestro de todos los tiempos, pero eso no garantiza que tenga ninguna habilidad para asumir la responsabilidad de llevarlos a competir por la copa del mundo.” Sin reparar en sus propios antecedentes, preguntó retóricamente “¿Cómo se puede confiar en un drogadicto? Ese ‘padecimiento’ no se cura ni con Pomada de la Campana, y la mentada ‘recuperación’ que dicen lograr no es mas que el tiempo que se calman antes de volver a caer en lo mismo, siempre peor que antes.” Ella trataba de fingir un gesto condescendiente. Se dio cuenta por el afán de su interlocutor de tener siempre la palabra, de que estaba ante una persona desprovista no sólo de la más elemental civilidad, sino también de lógica y sentido común. Justo cuando pensaba que lo único que le faltaba perder era la caballerosidad, él le planteó el último cuestionamiento retórico que ella estaría dispuesta a tolerarle respecto a Diego Armando Maradona, director técnico de su selección, y a cualquier otra cosa: “¿Qué puede esperarse de un tipo que le dice a su público que con ‘perdón de las damas’, ‘la sigan chupando’?” Ya completamente ofendida, le respondió:
- Creo que tenés una idea equivocada de nosotros que de todos modos parece que nadie va a quitarte. No comprendo por que seguís tratando de hablar conmigo si se supone que todos somos iguales y ya sabés todo lo que necesitas de mí. Cuando terminemos de pasar visita más vale que no omitas ninguna de las órdenes que te ponga. Si algo sale mal, ya sé quién va a tener la culpa, y no voy a dudar en reclamárselo a tus superiores. Debería hacerlo ahora mismo. No sé quién deja trabajar a alguien en el estado que tú te presentas. Te recomiendo que al menos te laves la boca antes de acercarte tanto a una persona, y con tu permiso, yo si tengo cosas importantes qué hacer además de estar viendo películas, escuchar música, ver fútbol y burlarme de los demás…
De esa forma, corroboró avergonzado sus sospechas respecto a la infalible sensibilidad de su olfato. Según él, había sacrificado más minutos de los que ya había perdido para llegar al trabajo en tallarse bien la lengua y los dientes, haciendo también prolongadas gárgaras con enjuague bucal para disimular el ocre y putrefacto aliento que, de todos modos, tenía su origen en lo más hondo de sus entrañas. Sin embargo, esa no era la causa de su profunda decepción de sí mismo. Acababa de convencerse de que estaba en el lugar que le correspondía. No sólo era ella superior en jerarquía, sino en varias cualidades que él jamás se había preocupado por cultivar y en las que ni siquiera había reparado antes. Prometiéndose no volver a intentar saltar hacia tales estratos, cayó una vez más en un error al huir para encerrarse en el sanitario a lamentarse por sí mismo. Justo en ese momento se había intensificado más la actividad en la unidad de terapia intensiva, donde trabajaba sin haber aprendido absolutamente nada desde hacía tantos años. Ahora comprendía que el apellido aquel no provenía de la arrogancia de abolengo por la que la gente de aquella parte del mundo era famosa, sino de la disposición de la naturaleza que no le permitiría acceder a donde no lo merecía. Un castillo de lúgubre “Mármol”, -tal era el apellido-, se cernía ante él desplegando sus altas murallas, almenas y torres. “Alto en la torre,” decía la canción del más célebre compositor de aquellas remotas latitudes, también más conocido en aquel lugar por ser un empedernido drogadicto que por sus importantes contribuciones a la música.
Sin embargo, poco le duró la pena. Después de algún tiempo en el que le fue más sencillo evitar cualquier contacto con quien le prodigara aquella lección que atender a las urgentes causas que se la ocasionaron, de pronto se vio formado en la fila del comedor del hospital con una resaca mucho peor a la que padecía aquel día. La última vez que se había visto en aquella situación había jurado que no volvería a contribuir en engrosarles las arcas por un derecho que sentía que le correspondía gratuitamente. En aquel momento era el último en la fila para ordenar el desayuno. No se percató que al poco tiempo ya estaba alguien esperando detrás de él, hasta que le llamó en un tono entusiasta por su nombre: “Hola, Omar, ¿Cómo estás?” No podía creer de quién se trataba hasta que volteó, recibiendo de ella un fuerte abrazo, como si se tratara de un viejo amigo a quien no viera en mucho tiempo. Él se quedó absorto y confundido, hasta que al fin improvisó una pregunta: “¿En qué piso la tienen trabajando ahora?” Ella respondió con la misma alegría y buena disposición que se tiene con un viejo amigo: “Ahora estoy trabajando en el quinto piso, que aunque alberga pacientes mucho más estables que los de donde vos trabajás, resultan demasiados para mí. La gente ahí es bastante incompetente. No pueden hacer nada por iniciativa propia. Para todo tienen que estarle preguntando a uno qué tienen que hacer.” Él quiso hacerle notar que se veía más demacrada y ojerosa que cuando estaba haciendo su rotación en terapia intensiva, pero se atrevió a ser aun más directo, a pesar de que otra gente los escuchaba: “Yo pensé que no habíamos quedado en buenos términos, doctora. Debo admitir que la única vez que tuvimos oportunidad de conversar fui bastante entrometido e impertinente.” Ella respondió: “Al contrario, creo que la que tenía una impresión equivocada de vos era yo. La verdad es que tenía la cabeza puesta en otra parte cuando intentaste hacerme plática, y creo que me porté grosera contigo. Luego me di cuenta cuando consultaba los resultados de los laboratorios de mis pacientes en las mañanas que aquellas órdenes que vos capturabas siempre estaban puestas a tiempo. Los demás siempre tenían que reordenarme todo porque o no programaban que las pruebas se hicieran cuando yo lo prescribía, o siempre capturaban el examen equivocado. Eres un empleado muy diligente y atento.” Incrédulo, escuchó a la señora que servía los platillos preguntar con un guiño de complicidad dirigido a él: “¿Quién sigue?” Entendiéndolo de inmediato, se apresuró a cederle su lugar a la joven doctora: “Pásele, al cabo yo no tengo tanto apuro,” le dijo.
Una vez que ella ordenó un par de burritos y se alejó en busca de un jugo de naranja, él, sin tomar en cuenta su resaca, olvidó que iba a pedir chilaquiles y en su lugar ordenó lo mismo que ella. La señora que cobraba estaba haciendo la talacha cuando ella se formó en la caja para pagar, y no regresó hasta que le sirvieron a él y estaba también listo para hacerlo. Formado detrás de ella, intercambiaron sonrisas hasta que rompió el silencio y le dijo a la cajera: “Por favor cóbrese también lo que él lleva.” Él no pudo reaccionar lo suficientemente rápido para evitarlo. Una nueva sonrisa se dibujó en el rostro de la joven mientras posaba su mano sobre la suya: “¿Me acompañás o tenés que irte?” Él asintió con la cabeza.
Cuando por fin se sentaron en una de las mesas del comedor, ella rompió nuevamente el silencio: “¿A vos te gusta la literatura?” A él no le sorprendió la pregunta. Estaba seguro que una vez que le dijera que sí, ella le cuestionaría, como todos los demás, ya sea sobre la utilidad de la materia, o el porqué si le interesaban tales cosas se encontraba trabajando ahí. Se apresuró a afirmarlo con el tono desencantado y huraño con el que estaba acostumbrado a responder constantemente a eso. A pesar de que sabía que los rumores se diseminaban con gran rapidez en aquel lugar, no se explicaba qué interés podría tener ella en el dato, y le preguntó cómo lo supo. Después de pedirle disculpas por su ligera aunque notable molestia en ser cuestionado al respecto, ella agregó sin responderle quién o como se había enterado: “sólo preguntaba porque tenía curiosidad de saber si acaso conocías a Jorge Luis Borges. Es uno de mis escritores preferidos.” Él admitió que a pesar de que el nombre le parecía familiar, nunca había leído nada de él. A ella le extrañó la respuesta, ya que dicho autor era uno de los referentes más socorridos de la literatura latinoamericana. “Suponía que habrías leído algo de él. Era un gran amigo de Alfonso Reyes, a quien me supongo que sí conocerás ya que es mexicano, como tú.” A pesar de que era la primera vez que escuchaba aquel nombre, mintió para disimular su ignorancia, diciéndole que conocía su obra completa.
Cuando ella se limpiaba los últimos residuos de las comisuras de los labios, haciendo un ademán de grata sorpresa, sonaron nueve campanadas. Ella extrajo de su bolsillo su beeper, mirando el reloj que marcaba la misma hora sobre la cornisa del recinto, que parecía un auditorio. Él se alegró de la coincidencia. Así sonaba también su reloj despertador: “¡Válgame, hasta parece que adivinaran…!” El se incorporó y le dijo: “Bueno, Natalia, no te quito más tiempo,” extendiéndole la mano para despedirse de ella con un saludo formal. “De una vez saludáme como saludas al resto de las muchachas de la unidad. ¡Me hablaste de tú!” Rodeó la mesa e inusitadamente, el paisaje se trocó en un jardín de fragantes bugambilias y madreselvas al momento que le rodeó el cuello para clavarle directamente sus hermosos ojos vegetales, como con la intención de darle un beso. Él le puso las manos en la cadera, estrechándola contra su cuerpo. Estaban solos en medio de ese jardín de otoño regado de hojas amarillas. Cualquier cosa podría haber pasado. De alguna manera fue así. “¿Quién es Natalia, Alfonso?” Percibiendo el tono recriminatorio de su femenina voz, optó por no responder. “Soy yo, tu mujer, ¿Tanto tiempo ha pasado que ya no te acuerdas de mí?” Creyó ver en la superficie vegetal que se clavaba en sus ojos un reflejo distinto al que reconocía como propio. Sin embargo, no podía estar viendo en ellos a nadie más. “Estás más bonita que nunca. ¡Nunca te había dicho lo mucho que yo te quiero!” Le dijo en un impulso en el que la apretó vehementemente. “Hablando de eso, nunca me mostraste aquello que habías escrito para mí. ¿Qué no querías que le diera el visto bueno?” El único pensamiento que pudo esbozar en ese momento era que nunca le había dedicado ni una sola letra. Justo cuando empezaba a saborear su aliento, -que no era el de los burritos que acababa de desayunar-, las luces artificiales se encendieron nuevamente. El rodeaba su breve y delicado cuerpo sin dejarle mover los brazos con libertad. “Esto es muy terapéutico Omarcito, pero ¿sí sabe lo que las nueve campanadas significan?” Él lo negó con la cabeza. “Hay un paciente de traumatología nivel uno, que es la categoría de riesgo más alta. Se está muriendo. Nos vemos allá arriba.” Se fue corriendo mientras se despedía de él con rigidez y un ademán de vergüenza que coloreó su tez de un vivo e intenso rosa camarón. Parecía que salía huyendo nuevamente, con una excusa que, como todas las sensaciones que había experimentado en ese momento, le pareció vieja y ancestral. “Conseguíme por favor el libro que le escribió a la esposa. Estoy segura que existe.” Fueron las órdenes que realmente dio la doctora, apenas escuchadas por su secretario en medio de aquel aparente ensueño. Se propuso cumplirlas, como era su trabajo.
- ¡A mí también me gusta mucho Nueve Reinas! ¡Sí que la ví!
Se convenció de que no había soñado nada de eso al escuchar esa voz distante que ya no tenía cuerpo, a pesar de lo abrupto.
II.

Había empezado el mes de octubre. Hacía exactamente un mes que habían perdido contacto. Entonces, tratando de escribir la historia de lo que le habría gustado que sucediera entre los dos, leyó la parte del argumento que correspondía a ese momento de su vida real. Se había precavido de hacer uno qué usar como punto de partida. De otra manera, se olvidaría de los momentos decisivos y se desviaría del tema de lo que sería su narración por la casi nula concentración que su lastimada conciencia le permitía lograr. Se disponía a agregarle los detalles específicos cuando leyó por segunda vez este breve fragmento que tomaría como base:
“Al poco tiempo, la chica es asignada para su rotación a otra área del nosocomio, lo que ocasiona que, a causa de su ausencia y por el carácter holgazán del protagonista, el encargo quede en el olvido. Más tarde alguien le comunica que la joven está a punto de terminar su residencia y que tiene planes de mudarse en cuestión de unos pocos días a otra ciudad para continuar con su especialización.”
Exhalando un profundo suspiro de añoranza, se dispuso a escribir, en base a lo anterior, lo que serían las primeras líneas en cuento, el formato que se había propuesto:

“No estaba acostumbrado a escribir con esa vertiginosa premura, que lo llenaba de angustia y ahuyentaba despavoridas las ideas de su cabeza. Un enorme cúmulo de miedos llenaba aquel enorme vacío en su lugar. El que se le manifestaba con más claridad entre todas aquellas sombras que miraba reflejarse en la pared, -apareciendo y desapareciendo para confundirlo cada vez más-, era que tenía menos de cuarenta y ocho horas para terminar lo que se había propuesto escribir desde hacía tantos meses de imparable jerga y excusas para evitarlo. Aquel plazo que casi se había cumplido sin que escribiera una sola línea no sólo le aterraba tanto por el hecho de que, a su fin, ella se marcharía muy lejos y para siempre, sin darle otra oportunidad de manifestarle sus sentimientos, la única que concebía para redimirse. Bastaría para que cualquiera se volviera loco sufrir conscientemente el haber arrojado por el retrete esa única oportunidad, útil para probar de paso que, después de todo, no estaba completamente perdido, y que todavía era capaz de merecer el interés y tal vez el amor de una mujer que valiera la pena.”
Decepcionado por los mediocres resultados de su angustia y falta de enfoque, guardó en otro documento lo que acababa de escribir por si acaso lo pudiera aprovechar después. Alguna vez le recomendaron que no adelantara elementos de la línea cronológica de la historia a menos que quisiera confundir a sus lectores. Era mejor guardar el orden y contarla de principio a fin. Para consolarse, extrajo el volumen de la Antología de Alfonso Reyes, uno de los únicos libros del autor que quedaban en la biblioteca cuando por fin se decidió ir a buscar algo. Éste tampoco tenía siquiera el menor indicio que le ayudara a conseguir lo que estaba buscando. Leyó nuevamente, frotándose los ojos por si algo en ellos le había impedido leer correctamente lo que decían los siguientes fragmentos. No lo podía creer. Al hablar en su Apolo de la materia que se ocupa la literatura, Reyes afirmaba:
“…de un suceder imaginario, aunque integrado, -claro es-, por los elementos de la realidad, único material de que disponemos para nuestras creaciones.”
Continuó leyendo hasta llegar a la página cuarenta y tres:
“La literatura en pureza se dirige al hombre en general, al hombre en su carácter humano.” No podía entender, hasta que este nuevo fragmento pareció aclarar sus dudas: “El contenido de la literatura es, pues, la pura experiencia, no la experiencia de determinado orden de conocimientos.”
Cada vez se convencía más que debía desechar la idea inicial que se había propuesto. Ahora hablaría de la realidad tal como la entendía el autor, -cuya voz le parecía escuchar a través de todos los obstáculos espacio-temporales, de una manera providencial y extraordinaria-. “El suceso viaja por el tiempo, parece alejarse y ser pasado, pero hay algún sitio del ánimo donde sigue siendo presente,” aseveraba también Reyes a propósito, como quien escribe ahora lo supuso, de sus afirmaciones antes citadas sobre la teoría literaria. Dejaría de empeñarse en un texto que no existía. Imaginando cómo podría haber llegado ese volumen a sus manos de una manera más convincente, procedió entonces a escribir el tercer apartado de su historia.
Posiblemente así quedaría satisfecho el verdadero destinatario de su trabajo.
III.
Aprovechando que tenía acceso a la biblioteca universitaria local, se apresuró a emprender la búsqueda del texto. Al hacer su indagatoria en el catálogo de la biblioteca se percató de que la mayoría de los textos del autor estaban prestados, y de los que quedaban ninguno parecía serle útil. Un estudiante que utilizaba también el catálogo en la computadora de enseguida se fijó en el tema de su búsqueda. “¿A poco el seminario de investigación sobre Alfonso Reyes se ofrece en dos secciones? Yo pensé que el profesor nomás impartía una clase por semestre.” Sin saber a lo que el estudiante se refería en un principio, le explicó que no estaba inscrito en la universidad, y que su investigación obedecía sólo a la curiosidad. El estudiante esbozó una sonrisa, dándole unas palmadas al hombro. “¡Menos mal! El maestro que da esta clase es bastante difícil. Ya le he llevado varios borradores y no parece que le dé gusto con nada. Te envidio. Debe ser más agradable indagar por mera afición y sin presiones sobre este tipo. ¡Escribía de todo! ¡Hallar un tema entre todos los que dominaba es bastante difícil!” Le explicó entonces que ese semestre se ofrecía en la maestría de literatura un seminario sobre el autor, -en la que casualmente estaba inscrito- y que seguramente todos los materiales estaban en posesión de sus demás compañeros. “Yo venía a lo mismo que tú, pero parece que todos los demás nos madrugaron, viejo. ¿Buscas algo en particular?” El empleado del hospital le respondió afirmativamente con la cabeza. “¿Sabes si acaso le escribió algo a la esposa?” El estudiante, quien había considerado en un principio lo mismo como tema de investigación y ya había indagado al respecto, le contestó que lo único que pudo encontrar son ciertos textos humorísticos que, no obstante, sólo estaban dedicados, mas no dirigidos a ella. “¿No sabes de casualidad de otra biblioteca o librería donde pueda encontrar lo que estoy buscando?” Estudiante respondió con una irónica carcajada: “¿Tú crees que andaría tan apurado si supiera de algún lugar donde hubiera algo?,” Agregó que, seguramente, correría con la misma suerte al menos en el resto de la ciudad. “Ya busqué por todos lados. Incluso mandé pedir algunos textos a través del sistema de préstamo inter-bibliotecario que no me sirvieron para nada. También le pregunté a mis otros compañeros si no había nada referente a eso en los materiales que ellos tienen, y parece ser que el tipo no tenía el menor interés en escribirle nada a su mujer. Seguramente era bastante fea. Se puede adivinar porque él tampoco era un Adonis griego. Creo que no estaba muy enamorado. Más bien sólo estaba conforme con lo que le había tocado, y le dedicó las estampas humorísticas por puro compromiso.”
Desilusionado, empleado le extendió la mano en gesto de agradecimiento. “Te dejo que sigas buscando. Creo que a ti te urge más hallar algo que a mí.” Miró por segunda vez su pantalla, y notó que había al parecer tres textos que nadie había tomado prestados, pero que sin embargo seguramente no le servirían. Se dirigió nuevamente al estudiante para confirmar su sospecha, quien ya guardaba sus útiles en su mochila y se aprestaba a irse. “¿De casualidad a ti no te sirven estos libros?,” dijo mientras señalaba los títulos en la pantalla. El estudiante ya en marcha por las escaleras que conducían a la salida le dijo: “Yo los acabo de entregar.” Uno de ellos se llamaba Oración del Nueve de Febrero, y por el título parecía ser que era el que menos le ayudaría en su propósito. Sin embargo, una vez que leyó una cita que se ofrecía como muestra en la ficha del libro, recapacitó su decisión: “Aquí morí yo y volví a nacer, y el que quiera saber quién soy que le pregunte a los hados de Febrero. Todo lo que salga de mí, en bien o mal, será imputable a ese amargo día.” Un presentimiento le hizo voltear a la parte inferior izquierda de su pantalla. Eran las nueve de la noche. Mientras recordaba que Natalia le había preguntado la última vez que se vieron qué significaban las nueve campanadas, recordó sus propios pensamientos al momento que le hizo el encargo en el que se hallaba empeñado en aquel momento: “Aquí morí yo y volví a nacer.” Tenía los ojos cerrados. Estaban a punto de darse un beso, y de pronto el jardín desapareció…, aunque juraría que eso no era un sueño.
IV.

Después de escribir el apartado anterior, juzgó pertinente agregar el momento que sucedía a la historia tal como lo había escrito en su fase argumental. Además de que ya se estaba cansando, quizá no tendría ninguna verosimilitud si lo integrara a la narración en el mismo tono y la misma secuencia. Era mejor que se notara el cambio de discurso y así, su intención de dejar aquella parte fuera de la anécdota:
“ Entusiasmado por que la Oración… acusa un tono autobiográfico, se da cuenta después de leerla, con gran desilusión, que tiene como tema exclusivo la muerte del padre del autor, cuyas cualidades no pierde oportunidad en exaltar, pero no tienen nada que ver con su pesquisa. Sin embargo, las circunstancias del acontecimiento tal como Reyes lo describe, le parecen bastante similares a las de la crucifixión de Cristo en los Evangelios y a ciertas imágenes descritas en el Apocalipsis.”
El fragmento que pretendía incorporar a su texto para darle sustento a dicha impresión que se forjó en el ánimo de su protagonista, sustraído del estudio de Rogelio Arenas Monreal titulado Alfonso Reyes y los Hados de Febrero, versaba de la siguiente manera: “…En el recuento de Reyes son siete las heridas y en ese imaginario vislumbra a su padre como un ‘Cristo Militar,’ imagen nada despreciable en la trayectoria de quien por meterse de redentor sale crucificado.” La idea se refuerza en la conciencia del protagonista cuando Reyes afirma en la Oración que “Por las heridas de su cuerpo, parece que empezó a desangrarse para muchos años, toda la patria.” Posteriormente, el protagonista encontraría un poema del autor en el que aludía nuevamente a esta circunstancia, llamado propiamente Varón de las Siete Llagas:
“¿En qué rincón del tiempo nos aguardas,
desde qué pliegue de la luz nos miras?
¿Adónde estás varón de siete llagas
sangre manando en la mitad del día?”
Luego, Reyes se refiere al “vino de siete cónsules que tanto tiempo concentró sus azúcares y sus espíritus, y que una mano aventurera llegó de repente a volcar.” Convencido de que la muerte de su padre obedeció a un sacrificio, Reyes propone que “sea una libación eficaz para la tierra que lo ha recibido.” El protagonista inmediatamente asocia la imagen al versículo del Apocalipsis donde se describe al Dragón de las Siete Cabezas (12:3), sin dejar de pensar que, de alguna manera, aquello era el comienzo del fin para el autor y la nación misma. Tenía conocimiento de que el autor del libro muy posiblemente se refería al imperio romano, de la misma manera que la suma de las letras del nombre del emperador Nerón daba como resultado el “Número de la Bestia.”
El siguiente fragmento de su argumento ahora que lo revisaba le produjo una risa de incredulidad. “¿A poco yo puse esto?” Se pregunto al leer un caso de su propia inspiración en el que hubiera sido más pertinente consultar a un sacerdote que aquello a lo que su personaje había decidido acudir:
“Dado su carácter supersticioso, nuestro protagonista concibe entonces la idea de pedir el consejo de una espiritista, con la esperanza de que le dé un indicio que le ayude a encontrar el preciado texto. Se da cuenta que tiene copias al carbón de las órdenes que la joven doctora ha escrito, y, suponiendo que una prenda pudiera facilitar la tarea de la parapsicóloga, una vez que se las da, para su sorpresa, las rechaza. En cambio le exige dejar el libro entre el que las ha puesto, que es nada menos que la misma Oración.”
- Creo que lo que tú buscas realmente está en lo que aquí hay escrito. Esos pedazos de papel no son otra cosa que basura. Aunque llevan su firma, recuerda que no te los escribió a ti.- Esas habrían sido las palabras en las la médium se dirigiera al protagonista de la historia de haberlas incorporado al relato.
“Al día siguiente, la mujer le da la desafortunada noticia de que dicho texto si acaso existe, debe ser inédito. Sin embargo, también le da otra inesperada novedad. Le dice a empleado que él es nada menos que una encarnación de Alfonso Reyes. Molesto en un principio por que la mujer ha subrayado el texto y hecho notas en él, ella lo insta a que lea muy atentamente, asegurándole que todo eso ya lo había hecho antes, y que para encontrar la solución a su problema lo único que tendría que hacer sería ‘caminar sobre sus propios pasos.’”
¿Quién no podría dejar de considerar como un gesto arrogante pretender que en un texto parcialmente autobiográfico, el protagonista-autor fuera la reencarnación de tan ponderado personaje? El hombre del retrato en la sala del cuento de La Cena, aquel en el que Alfonso creyó verse a sí mismo, no podría ser él. Asumiendo dicha realidad, ahora sí le parecía ver su propio reflejo en las líneas que había escrito.
V.

El empleado procedió a leer lo que la madame le había subrayado en el texto: “Hasta había aprendido a recorrerlo de lejos como se hojea con la mente un libro que se conoce de memoria.” Comprendió entonces a lo que se refería cuando le dijo que sólo andando sobre sus propios pasos encontraría la solución al enigma que se había propuesto resolver. Como si estuviera leyendo un desordenado conjuro, que sólo él tenía la facultad de reconstruir del modo que se hace con un rompecabezas, siguió leyendo:
Discurrí que estaba ausente mi padre –situación ya tan familiar para mí- y de lejos, me puse a hojearlo como solía. Más aun: con más claridad y con más éxito que nunca. Logré traerlo junto a mí a modo de atmósfera, de aura. Aprendí a preguntarle y a recibir sus respuestas. A consultarle todo […] Al fin llegamos los dos a una compenetración suficiente. Yo no me arriesgo a creer que esta compenetración sea ya perfecta. […] y presiento que de esta comunión absoluta sólo he de alcanzar el sabor a la hora de mi muerte. Yo siento que, desde el día de su partida, mi padre ha empezado a entrar en mi alma y a hospedarse en ella a sus anchas. Ahora creo haber logrado ya la absorción completa y –si la palabra no fuera tan odiosa- la digestión completa. Y véase aquí por dónde, sin tener en cuenta el camino hecho de las religiones, mi experiencia personal me conduce a la noción de la supervivencia de las almas –puente único por donde se puede ir y venir entre los vivos y los muertos, sin más aduana ni peaje que el adoptar esa actitud del ánimo que, para abreviar, llamamos plegaria.
Con las siguientes líneas, terminó de convencerse de que aquello no era una obra de ficción literaria, sino una invocación dirigida a las fuerzas más recónditas del universo: “No lloro por la falta de su compañía terrestre, porque yo me la he sustituido con un sortilegio o si preferís, con un milagro.” El miedo a las insospechables consecuencias de su osadía casi le impidió continuar. Cerró estrepitosamente el horrendo libro, solo para que, cuando menos se diera cuenta, se encontrara para su enorme espanto leyendo la continuación del mismo pasaje, como si el tiempo no hubiera transcurrido. Una vez que desconocidas fuerzas lo empujaron a seguir, se sintió observado por las criaturas cósmicas a las que parecía estarse dirigiendo, como si se hubieran percatado de ello y le respondieran directamente, apuntándolo al pronunciar su fatídica sentencia: “Dos grandes almas se enfrentaban, y acaso se atraían a través de no sé qué estelares distancias […] Cada cual cumplía su triste gravitación, y quién sabe con qué dolor secreto sentían que se iban alejando.”
Cerró entonces el libro creyendo que lo haría de forma definitiva, y al percatarse de que estaba solo en casa, en medio de un silencio sepulcral insoportable, abrió el programa de su computadora que utilizaba para reproducir archivos sonoros, principalmente música. Hacía algunos días que, tratando de evitar la lectura, -ya que su afición por la literatura era sólo una pose y no un verdadero hábito-, había bajado dos audio-libros de Reyes que no había escuchado aun, narrados en la mismísima voz del autor. Para su desagradable sorpresa, el aparato reproducía dicha voz, que recitaba en el mismo tono sentencioso con el que se imaginaba a las monstruosas entidades durante su lectura: “Algún día tendremos revelaciones. Algún día sabremos de ofertas que llegaron a destiempo.” Contemplando en su pantalla la foto del aborrecible fantasma que parecía comunicarle las fatales consecuencias de haber traspasado aquellas vedadas fronteras, se fijó fugazmente antes de cerrarla en el título del archivo que tocaba la máquina. Se trataba de la Ifigenia Cruel. El otro que estaba almacenado en ella, como luego se dio cuenta, era la Visión de Anáhuac. La sospecha lo llevó a armarse de valor y abrir nuevamente el libro que se encontraba leyendo. Los portentos estremecieron la tierra e iluminaron el cielo una vez que se dio cuenta que la recitación no correspondía a ninguna de las dos obras de Reyes almacenadas en su computadora, sino al fragmento que le faltaba leer de la Oración.

Se había jurado que nunca recurriría otra vez a la religión que sus padres le habían inculcado. Sin embargo, no pudo pensar en otro refugio que la Biblia, de la que hacía mucho tiempo creía haberse deshecho. El libro yacía justo delante de él, en el sitio menos oculto de la habitación. Podría jurar que hubiera aparecido ante él para remediar todos sus males por obra de un milagro, o si lo preferís, un sortilegio. Se apresuró a abrirla, convencido de que ahí encontraría la palabra de Dios, ante la que los malignos entes que flotaban en la atmósfera se doblegarían para desaparecer. La abrió sin reparar dónde y comenzó a leer. El pasaje en el que arbitrariamente decidió ubicarse correspondía al Juan 14: 6-7. “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Solamente por mí se puede llegar al padre. Si ustedes me conocen a mí, también conocerán a mi padre, y ya lo conocen desde ahora, pues lo están viendo.” Sobre la alfombra yacía el ejemplar de la oración que había arrojado hacía un momento, presa del horror. Cuando lo recogió, reparó minuciosamente en las facciones del rostro que lo contemplaba desde la portada del ejemplar. En las propias palabras que Reyes utilizara en La Cena, “sus hermosos ojos, bajo las alas perfectas de las cejas, tenían un imperio singular.” Se trataba nada menos que del general Bernardo Reyes, su padre.
Las señales eran inequívocas. No había remedio. Los portentos seguían manifestándose sin descanso en el cielo y la tierra. Una cucaracha voló sobre su librero, posándose en su ejemplar de Las Metamorfosis de Ovidio, que casualmente no se encontraba intercalado. Alguien abrió una ventana cuya repentina luz iluminó la suya abierta de par en par, dando directamente sobre la ilustración que adornaba la portada. Se trataba de Apolo, “con la expresión de piedad grabada hasta la dureza en sus rasgos,” como decía Reyes en su cuento. Ésta, que parecía la de un farol, se apagó una vez que lo recorrió de arriba a abajo. Sabía que aunque no tuviera el menor interés en la teoría literaria, su lectura de aquella antología no concluiría con La Cena. El texto continuaba en Apolo o de la Literatura, no por obra del criterio arbitrario de quien organizara aquella antología, si no como por sucesión natural, tal vez la de un cauce caudaloso imposible de invertir. La luz que se volvió a encender resplandeció por segunda vez en su ejemplar de la antología, apresurándolo, como en señal de que ya no había por qué dilatar más el destino. Febo, el Resplandeciente, era la deidad de la profecía y a él estaba consagrado el oráculo de Delfos, como en alguna clase había aprendido. Reyes citaba a Quintiliano en su libro De La Antigua Retórica. El orador afirmaba, seguramente no por obra de la casualidad, que “gracias al arte de la palabra, Pericles pudo, como dice Aristófanes, lanzar rayos y truenos, convertido en verdadero Dios.”
Sin poder seguir una lectura secuencial, se topó con lo que fácilmente podría confundirse con el comienzo del Kibalión u otro libro de la misma naturaleza: “…se desea por lo menos comunicarse con los iniciados y, generalmente, iniciar a los más posibles. Es cosa de parapsicología el componer poemas para entenderse solo y ocultarlos de los demás.” En los hallazgos subsecuentes de su lectura, que seguía un intrincado y zigzagueante patrón condenado a deformar lo que de primera instancia parecía su sentido, creyó reconstruir la verdadera clave que el texto encerraba. Tomó entonces una hoja de papel en la que anotó las oraciones en el orden que a él le pareció que cobraban verdadero significado: “Al llegar a la operación literaria, muda el régimen de conciencia como si nos acercáramos a algún oficio religioso […] Y reivindicaremos el noble significado de la “poiesis” o creación pura de la mente (sobre por qué mejor llamar al literato “poeta” que otra cosa) […] De aquí su procedimiento esencial, la catacresis, que es un mentar con las palabras lo que no tiene palabras ya hechas para ser mentado […] El poema mismo, la poesía, se mantiene entre el padre y el Hijo, igual que el Espíritu Santo, y está, como él, hecho de Logos, de verbo, de palabras […] De aquí que cada ente literario esté condenado a una vida eterna, siempre nueva y siempre naciente, mientras viva la humanidad.” Todo aquello que había subrayado de la Oración así como en el Apolo apuntaba a un par de citas semejantes que había visto en el evangelio en el que, por lo que parecía obra del azar, había abierto la Biblia. Una de ellas eran sus tres primeros 3 versículos. “En el principio ya existía la palabra; y aquel que es la palabra estaba con Dios y era Dios. Él estaba en el principio con Dios. Por medio de él, Dios hizo todas las cosas; nada de lo que existe fue hecho sin él.” Convencido de que su voluntad ya no le pertenecía, buscó el siguiente pasaje, que parecía escrito en el mismo estilo de Reyes: “Créanme que yo estoy en el padre y el padre está en mí; si no, crean al menos por lo que hago. Les aseguro que el que cree en mí hará también las obras que yo hago; y hará otras todavía más grandes, porque yo voy a donde está el padre.” Antes de dejarlo cumplir su último pendiente en el mundo, recordó la opinión del nuevo morador de su ser respecto al formato en el que se escribían los textos sagrados, cuyas palabras se parecían tanto a las suyas: “En esa frontera indecisa está el versículo, acaso la primera forma literaria, la fórmula mágica […]; establece […] el misterioso vínculo del contrato.” Ese último pensamiento cedió a la nueva alianza.
Entonces, posesionado de aquel cuerpo, procedió a escribirle a aquella contraparte suya de la que la muerte lo había separado tal vez más cruelmente que de su padre. Dejaría de reprocharse no haber tenido una respuesta satisfactoria cada vez que le hacía ese reproche secreto y recurrente cuando se quedaban solos: “Nunca me mostraste aquello que habías escrito para mí.”
Dándose valor para hacer de lo que nunca se había atrevido a decirle otra Oración en la que ahora comulgaran ella y él, sin leer su propio Apolo y en aquel cuerpo ajeno enunció de memoria su propia proposición filosófica, como quien recita de memoria los primeros versículos del Génesis: “el mundo es voluntad y representación.” El otro espíritu agazapado que moraba ahí sabía que las palabras del autor no habían sido pronunciadas en vano.
V y 1/2.

Una vez libre de aquel delirio, despertó antes de las nueve campanadas, apagando sus tañidos restantes de un aplastante golpe, como si estuviera asido de una aldaba. Sabía que tenía una buena razón para no morirse aquel día. Esta vez evitaría que se cumpliera el funesto presagio. Se metió a la ducha, cantando sin parar mientras se tallaba con la barra de jabón “Amor Eterno” de Juan Gabriel, bajo el amor del agua calientita que parecía prepararlo para el que seguramente le esperaba en el hospital. Tomó de la mesa las páginas que había escrito, vanagloriándose de haber hecho una versión en PDF del documento, con el propósito de mentirle a su destinataria diciéndole que las había impreso de una página de internet. Entonces, a pesar de que sería la primera vez que llegara temprano a trabajar, corrió apresurado, sorteando los faros aun encendidos de la angosta calle que lo conduciría hacia ella, mientras, tal como decía Reyes, “recordaba haber corrido a igual hora por aquel sitio y con un anhelo semejante.” Parecía por ello que no fuera aquella la última vez que se verían. Conocía su escondite cuando no atendía a sus pacientes o integraba la ajena manada a la que pertenecía. Entre las proyecciones de esqueletos rotos, averiados atrozmente de cualquier forma concebible, la encontró sola en la sala de radiografías. Escribía sentada en una computadora, y se sonrió inmediatamente al verlo.
Una vez que se abrazaron sintió la familiar lluvia de hojas de otoño sobre sus hombros al apretarla contra su cuerpo. Sin poder esperar, le ofreció el manojo que llevaba en la mano: “Tengo una sorpresita.” Separándose de él, procedió a extraer de la antigua y oxidada imprenta las hojas que por su parte había escrito: “Yo también tengo algo para ti, pero no puedo dártelo hasta que no me des lo que traes ahí.” Parecía por su tono que hubiera una poderosa razón para que no pusiera el manojo de papeles en sus manos, pero sin poder adivinarla, se las dio. Después de repasarlas y, sin fuerzas para terminar de leerlas, procedió a romperlas frenéticamente. Tratando de detenerla ya demasiado tarde, le preguntó: “¿Por qué haces esto, Natalia, qué no era lo que me habías pedido?” Ella volteó a verlo asombrada, preguntándole a su vez: “¿Quién es Natalia?” Ella sabía que era un hombre casado, y que no se atrevía a llamarla por su verdadero nombre, tal vez temiendo que fueran escuchados. El verdadero motor de aquella pregunta eran los celos, que la hicieron romper en pedazos lo que le había escrito. Él guardó silencio, dándole a entender que ese era el nombre que había elegido para llamarla en aquella ocasión, de todos los muchos que ya había gastado durante la eternidad. Ahora “cada cual cumplía su triste gravitación, y quién sabe con qué dolor secreto sentían que se iban alejando.” Sollozando, ella le preguntó: “No sé porqué tenés que mostrármelo ahora, que ha pasado tanto tiempo para que nos volvamos a ver.” “¡Tú me lo pediste, ¿Ya se te olvidó?, todo lo hice por ti!” Agachando la cabeza para ocultar su llanto, le dijo: “Sabía que no podrías sortear esta última prueba. Ahora ya nada es posible entre nosotros. Ésta será la última vez, Alfonso.” El hombre tomó el sombrero de la rama del árbol donde lo había puesto, tirando al suelo la flor modesta y marchita de su ojal, que sin embargo, nunca había cortado. “¡Espera!” lo detuvo el cada vez más borroso espectro de la mujer que había amado tanto. “Que ésta sea la prenda de que alguna vez hubo algo entre nosotros.”
La lluvia de hojas secas había cesado, y se encontraban rodeados nuevamente de esqueletos. Cerrándole el ojo en un gesto de complicidad, la chica le dijo: “Agradezco tu intención, pero todo mundo sabe que Reyes nunca le escribió nada a su esposa, ¡menos así tan… emotivo como lo que vos me diste!” Recordó que desconocía el contenido de aquel escrito que yacía destrozado y perdido para la posteridad. “Sos muy lindo conmigo, pero si llevás algo así para tu clase te pondrías en ridículo, ¿Comprendés?” Le extendió entonces las hojas impresas, y él aprovechó para tomarla del talle, acercándole el rostro. Cerró los ojos en espera de un beso.
VI.
Dejó de esperar aquel beso en vano y abrió los ojos. Aunque no estaba satisfecho con el resultado, pensó que las cosas siempre pueden quedar peor de lo que se calcula en un principio. Le alegró que su protagonista no le hubiera preguntado al objeto de sus intereses su verdadero nombre. Como era argentina, lo más seguro era que se hubiera llamado “Victoria.” Sin embargo, a decir de las personas que conocieron a Alfonso Reyes, una relación más allá de la entrañable amistad que sostuvieron no sólo habría sido poco probable. Era también algo demasiado aberrante para ser concebido. Sin embargo, quién sabe cómo se configuraría la danza de almas en aquellas regiones a las que no se puede acceder. Quién sabe qué alcance tuviera el sufragio de las almas al que se refería el autor. Tal vez algo habría de cierto. Aunque no le desagradaba la idea de la inmortalidad, se rehusaba a creer en la reencarnación. A lo mejor no se trataba de la misma Victoria, si no de otro Alfonso. Al ver que se acercaba al fin de su calvario, se conformó con saber que tal vez hubiera sido un mejor título para su cuento el nombre que decidió omitir en su argumento: Victoria. Sus exhalaciones de alivio parecían cantarla aunque, por más que se preguntara, no sabía de qué. ¿Acaso lo que aquí se manifiesta exige tener nombre de mujer?
Sin querer recordar ya nada de lo que había escrito se preguntó: ¿Qué habrá sido de aquel tipo vestido de enfermero que buscaba obras de Alfonso Reyes en la biblioteca? Ese día decidió presentar mejor un cuento que un trabajo de investigación. Le agradeció la idea y a partir de entonces hizo de cuenta que indagaba sobre el autor por pura curiosidad, tal vez para agradar a una dama… Ojalá no le haya pasado nada de lo que le pasó en el cuento.
Prefirió entonces aceptar este regalo en lugar del beso que nunca llegaría. Ya no estaba en sus manos. Como las hojas acababan de salir de la impresora, aun estaban tibias. Sin embargo, era evidente que ese no era calor humano. Tal vez tardó mucho en aceptarlas. Parecía habérselas dado en prenda y agradecimiento de no revelar sus secretos, con la excusa de que todo era obra de la imaginación. Le quedaba sin embargo la sensación de que algo faltaba, de que no había acabado de decirle lo que tenía a la persona indicada. Fue entonces con el verdadero destinatario de lo que había escrito a entregárselo. Tal vez la inmortalidad se manifestaría cuando recordara haber corrido a igual hora por aquel sitio y con un anhelo semejante.



1 comentarios:
Confieso que solamente vi los dibujitos -ya sabes que la piedra de la locura me fascina- y pues ya te sabes mi comentario: concisión, concisión, editar, depurar. Y más si lo pones en un blog, donde a algunos de nosotros se nos dificulta leer por periodos largos frente a la compu.
M.G.
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