
Disculpen que después de tanto tiempo les venga ahora con lo más (o menos) parecido a un cuento. Esto se iba a "tallerear" el lunes, pero debido a las inclementes condiciones del clima, quedó nomás en la intención. A ver si alguien tiene tiempo de leerlo y hacerme un comentario. Dedico esta entrada a la memoria de Paul Naschy (Jacinto Molina), de cuyo deceso me informara El Profe Gafapasta. Éste señorón fue uno de los más grandes cultivadores del cine de horror europeo que tanto me gusta, e intérprete, -como dato de cultura general-, más frecuente del temible "Hombre Lobo." Va con mi recuerdo más cariñoso para esta institución del séptimo arte que desgraciadamente ya nos dejó desamparados...
El Nacimiento de un Licántropo (Mujer del Bosque).
Era un pésimo estudiante, a pesar de sus esporádicos y a veces desesperados intentos por remediar su disipación y holgazanería. El último que hizo, a pesar de que no le faltaba un poderoso motivo, no sólo había resultado en otro estrepitoso fracaso si no que, además, le había hecho enfermar como nunca lo había estado en su ya considerable adultez. Desde la última vez que salió positivo en su examen de orina tenía que tomar esas pastillas delante de su oficial de libertad condicional, y a pesar de las advertencias de éste respecto a su funcionamiento y efectos, después de la primera cerveza que tomó la noche anterior perdió toda credibilidad en ellos, y así siguieron tantas, que perdió por completo la cuenta de ellas y de casi todo lo que había ocurrido. Mientras con enorme dificultad se sostenía en pie, sin poder contener su notable temblor y atacado por inclementes escalofríos y retortijones, intentaba consolarse pensando que lo que él juzgaba su mayor problema estaba ya resuelto. Sólo tenía que esperar sentado, ya que no podría acelerar el proceso, a que se fueran disolviendo muy lentamente los resquicios de acetaldehído que envenenaban su cuerpo, de los que ya no podía deshacerse tan fácil como antes. Sin embargo, un puñado de palabras de cuyo origen no estaba seguro le aquejaban con cada punzada latiente de su cabeza, resonando como si fueran campanadas: “Cuando un demonio sabe que ya ha perdido algo es cuando se aferra a ello con más ganas.”
No le había afectado así ni remotamente la larga explicación que respecto al medicamento le diera el funcionario el día que se tomó la primera de esas pastillas. Tampoco lo perturbó como hoy su consecuente regaño por la gravedad que había alcanzado su adicción, hasta llegar al punto de ser obligado a controlar sus impulsos químicamente. Antes de llegar a la oficina, había cruzado la frontera hacia el vecino país del sur para encontrarse con un joven amigo quien pronto comenzaría la carrera de literatura en la universidad de la cuidad donde él vivía, con el pretexto, - como lo pensó en un principio-, de que le diera el visto bueno de algo que había escrito recientemente. Estaba casi seguro de que éste no sentía ninguna admiración o respeto por él, ¿Quién podría hacerlo con sus mediocres calificaciones y la pésima reputación que se había ganado en los círculos que frecuentaban aquellos avocados a la materia, cada vez peor entre más años había demorado en terminar su carrera, salvándose de milagro cada vez de que por fin dispusieran de él como se debía desde un principio? Al contrario, el muchacho, quien todavía era menor de edad, tenía la garantía de que, gracias a ello, alguien iría a la tiendita en su lugar por algunas cervezas y cigarros. Sin embargo, a pesar de que en un principio se negó a la petición ya que tenía que reportarse en el juzgado, el joven insistió que fuera. “¿Para qué me quiere ahí tan temprano, si de todos modos sabe que no vamos a poder ingerir nada?,” pensó extrañado. No se acababa de convencer qué beneficio le traería ir hasta allá. Sin embargo, a pesar de que no se trataba mas que de un mocoso torpe e inexperto, era de los pocos amigos que le quedaba y, por las dudas, le debía cierta cordialidad. Entonces se levantó temprano para emprender la travesía que supondría cruzar la exageradamente vigilada frontera, recorrer esa distancia y llegar puntualmente a la cita. Eso no le quitó la mala disposición que no pudo ocultar una vez que estuvieron sentados a la mesa del café, poblado de gente leída y sofisticada que él no consideraba mas que engreídos vanidosos por la falta de dicho hábito en él. Sin embargo, mientras poco a poco se olvidaba del café que había ordenado para mitigar su resaca hasta que se enfrió y arrojó una especie de densa nata a la superficie, su atención por el texto que estaba leyendo crecía hasta que quedó completamente absorto. Parte del enorme y apenas secreto gozo que sentía al leerlo era que se había dado cuenta que la solución a todos sus problemas se encontraba en sus manos. El joven rompió para su desencanto el poderoso efecto hipnótico que obraba en él al decirle “Bueno, ¿Qué te parece?” Él respondió bruscamente “necesito llevármelo para revisarlo bien,” no tanto por la que juzgó una inoportuna interrupción; más bien se había dado cuenta de que debía aprovechar en ese momento la oportunidad que se le presentaba. Temeroso de que el joven sospechara sus intenciones, con la excusa de su otra cita se despidió con la misma resequedad e indiferencia que respondió hacía un momento, pagando inusitadamente la cuenta, -ya que nunca antes lo había hecho-, y saliendo a toda prisa de aquel lugar que de cualquier modo le parecía detestable. No alcanzó a escuchar que su convidado le preguntaba “¿Cuándo regresas?”
Días antes había acudido a otra cita. Mientras esperaba a la puerta de la oficina de su maestro, cuando menos imaginaba se dio cuenta que estaba a la cabeza de una larga línea de otros tantos en su misma situación. “Esto debe ser una buena señal. Parece ser que ésta será la primera vez que llego temprano a alguna parte,” se dijo a sí mismo jubilosamente mientras percutía sobre su mano izquierda el manojo de papeles que llevaba en la otra, como si se tratara de una cachiporra. Sin embargo, parecía que a quien todos estaban esperando no tendría esa misma cortesía, y el tipo que estaba detrás de él comenzó a hacerle preguntas con el propósito, como supuso en un principio, de amenizar la situación. “Oye, ¿en la licenciatura permiten ya tomar clases de postgrado?” Se trataba de un compañero de clase que nunca antes le había dirigido la palabra y comenzaba con el pie izquierdo preguntando aquello que revolvía abyectos fantasmas delatores en su conciencia. “Estoy inscrito en la maestría; igual que tú, me supongo,” respondió disimulando apenas la notable afectación física que le producía recordar todo lo que había pasado para que llegara hasta ahí. Adivinó una velada agresividad en la extrañeza del tono que afectaba la siguiente pregunta de su interlocutor: “¿Pero cómo, si nunca te vi tomar clases de licenciatura cuando nosotros la estábamos cursando?” Una voz perdida e indistinta que salió de entre la multitud que comenzaba a aglomerarse ante aquella puerta musitó, como quien da su apoyo al orador en turno durante una asamblea: “si es cierto”. Respondió, agobiado por la aparente interpelación de más de una persona, que antes cursaba la misma carrera en la ciudad fronteriza del sur, y por verse obligado a cambiar de residencia a donde ahora estaba, se inscribió en la universidad local al enterarse que ofrecía un programa similar al que ya estaba cursando. Entonces, al presentar la relación de estudios que le exigieron como requisito para ingresar en el plantel, una vez que hizo un examen que lo ubicaría en el nivel que le correspondía, el aquel entonces coordinador de la carrera juzgó eximirlo de tomar más clases que las que prescribía para completar el tronco común de la facultad. En otras palabras, nunca tuvo que tomar clases de la carrera a la que estaba inscrito. Voces cuyos emisores no se podían adivinar, como tal vez se lo habían propuesto de primera instancia, comenzaron a murmurar lo que juzgó varias versiones de una misma idea esencial, que consistía en vilipendiar la calidad de su escuela de procedencia por no contar con maestros que hayan cursado más allá del nivel de maestría, el poco rigor que caracterizaba la delineación de las materias, así como muchas otras cosas más con las que de paso, censuraban tácitamente su lugar entre ellos. Habiéndose ya dado cuenta por completo de la disposición de sus compañeros, comentó que el maestro que le había concedido crédito por su carrera académica previa, curiosamente, no era oriundo, como todos los que ahí se congregaban incluyéndose a sí mismo, del lado sur de la frontera. Fingiendo aceptar que tal vez la institución de donde provenía tenía algunas deficiencias respecto de esa donde ahora estaba, improvisó una cita en latín, agregando con ironía que, a diferencia de ellos, allá estudió el idioma obligatoriamente cuando aun no sabía que tendría que terminar ahí: “Mexicani Mexicanibus Lupi Sunt.”
Entonces su interlocutor le preguntó sobre el manojo de papeles con el que seguía jugueteando cada vez más nerviosamente: ¿Cuál es el tema de tu propuesta para el trabajo de investigación? Cuando le respondió, una vez más la asamblea se puso de acuerdo en un disparejo coro de risas, a lo que su compañero de clases agregó: ¿No te parece demasiado arriesgado? A juzgar por tus participaciones en clase, tal vez lo mejor para ti sería escoger algo más sencillo. Alguien más agregó: “¿Y ya tienes listo tu material? Se te está acabando el tiempo.” Después de un largo titubeo por su falta de preparación para responder y la indignación que le produjo la franqueza de aquel comentario, llegó por fin la persona a quien todos estaban esperando, salvándolo de dar la intempestiva réplica que le había nacido más que nada de su instinto de auto-preservación. Completamente desmoralizado y esperando un cotejo más riguroso de su profesor, para su sorpresa, éste se limitó a anotar junto a su nombre, impreso en una lista con los de los demás estudiantes, el tema de su investigación después de preguntárselo, sin dirigirle siquiera en ese momento la mirada. Lleno de sospechas, tal vez por que aquella era una clase sobre literatura policíaca, no podía explicarse que sus compañeros se hayan dirigido a él de aquella manera mas que en el hecho de que alguno de ellos se haya enterado y dicho a los demás, de entre otras muchas cosas, que aprobó una clase para la cuál jamás ni se presentó él ni a las asignaturas a causa de un error de quien las haya capturado, probablemente por la considerable cantidad de estudiantes inscritos en ella. Después de todo, sabía que el recelo de sus compañeros era perfectamente justo. Recordaba asimismo una frase que aplicaba a los anónimos murmullos incriminatorios dirigidos a él, así como a la situación gracias a la cuál, por fin, había logrado graduarse. Entre la bola ni se supo.
Sin embargo, todos parecían estar en un garrafal error al menos respecto a su desempeño en aquella clase. No sólo había logrado la más alta calificación por él. Además, se había hecho acreedor de puntuación extra por la excepcionalmente temprana entrega que ni siquiera podría aprovechar para el curso. Y por si eso fuera poco, lo publicarían en una prestigiada revista en la que ningún estudiante del programa lo había hecho antes. “¡Pensar que apenas hace unos días no hacía mas que ponerme en ridículo cada vez que participaba en clase!,” se dijo a sí mismo recordando que hasta la víspera de recibir su calificación no dejó de invadirlo el deseo de dejarse reprobar en aquella, la más difícil de sus asignaturas. Sólo su secreto le impedía acabar de convencerse de que más le valía el talento que alguna vez le hicieron creer que tenía, que la fútil disciplina en la que el resto de sus compañeros se desgastaba en vano. Sin embargo, era una espinita que no tardaría en disolverse en el corrosivo torrente de su sangre y su cada vez más diminuta memoria. Ahora todos sus problemas estaban resueltos.
Poco antes de aquella experiencia la conoció a ella, y su recuerdo, como una semilla de mostaza, creció en su mente rápida y desproporcionadamente hasta que pronto, en cuestión de unas cuántas horas, se convirtió en una obsesión. Dicha semilla, que parecía más pequeña que las de cualquier otra especie a simple vista, quedó profundamente sembrada una vez que, ocioso, entró en calidad de oyente a las clases en las que no se había inscrito pero se ofrecían ese día. Un profesor de tantos entre todos los de las carreras que había dejado inconclusas le aconsejó que nada era mejor que buscar una mujer con la que tuviera en común la profesión, y ese era su objetivo: Escoger una estrella a quién seguir e irle enseñando cómo quererlo. El sexo femenino tenía una representación más que aceptable en todas las aulas que recorrió. Pero a él, realmente convencido de ser un individuo talentoso, - “con mucho potencial,” como le dijeron al pie de la letra y seguramente malinterpretó-, no le pareció encontrar entre ellas ninguna que le gustara hasta que, casi por agotarse las alternativas, la vio en la última de las clases del día, a la hora en la que se debe encender el alumbrado eléctrico. La enorme luna llena, apreciable aun entre los cerros que circundaban la edificación y las nubes que engordaban constantemente desde que vio las primeras luces del día, eran los más nimios detalles de los muchos que harían tan memorable la noche. Él, acostumbrado al más desafortunado y se podría decir que hasta cruel rechazo de mujeres mucho menos atractivas, fácilmente habría dejado de fincar alguna ilusión en ella. Sin embargo, se empeñaba a creer que en la conducta de la hermosa chica había indicios de una posible correspondencia a la fulminante atracción que él inmediatamente sintió. No se lo podía explicar. Lo que ocurría entonces sólo podía ser un fenómeno que, según sus convicciones, pertenecía más al dominio de la fantasía y la superstición.
No se fijó en la concurrencia de primer momento, ya que entró cuando la clase había comenzado. En aquel momento el profesor verificaba asistencia, e inmediatamente le arrebató la atención su exquisita voz de sereno y educado tono respondiendo “presente” al escuchar su nombre. Afuera comenzaba a escucharse el estruendo de las nubes cargadas de estática al chocar. Las lámparas del recinto parecían acompañarlo en un amenazante titilar, atenuándose casi al unísono de los fulminantes relámpagos, que fulguraban más a través de las salpicadas ventanas con cada disminución de intensidad en la luz artificial. Especulaba sobre el nombre de la chica, que el maestro acababa de pronunciar con una claridad que parecía estar dirigida a él exclusivamente. Sus rubios y largos cabellos, cuyas puntas estaban coronadas de un exquisito color pastel que brillaba en los repentinos accesos de oscuridad, semejaban el irresistible fuego de un infierno en el que valdría la pena sacrificar toda virtud, con sus inefables recompensas. Entre aquellas doradas llamaradas parpadeaban unos preciosos ojos de color ámbar que ofrecían la paz definitiva, y unos labios pequeños, de intenso color aun sin el ornato de un artificial carmín, que se remojaban constantemente. Parecían ambas joyas el tesoro más valioso que se pudiera concebir, aquel en pos del cuál quien los viera abandonaría todo cuidado por su integridad y su misma existencia. Tenía un rostro y un cuerpo de delicadas proporciones, sólo un poco más voluptuoso en aquellas partes que a él le hubiera gustado apretar mientras le clavara las uñas pintadas de púrpura oscuro, rendido completamente aunque esa fuera su dolorosa muerte, inminente entre las garras y fauces del feroz mamífero que se apresuraría en dársela, cuya ansiedad se antojaba insaciable y milenaria. Entre la contemplación de sus feroces garras moradas, a la cabeza de unos dedos delgaditos y presumiblemente dulces como el néctar, adivinó sin darse cuenta el significado de su nombre: “mujer del bosque,” imaginándose perdido en esa lluviosa noche entre los fragantes árboles, la tupida maleza y los ensordecedores lamentos de las bestias nocturnas en aquel paisaje que todavía a su edad no conocía mas que a través de las escotillas de algún camión foráneo.
Un sonido distinto a los que provenían de afuera y ya se había habituado desgarró su ensueño. Una hoja de papel se desprendía bruscamente del espiral metálico donde estaba sujeta a su derecha. No lo podía creer. La linda muchacha se la extendía para ofrecérsela incondicionalmente, y tal vez asimismo un pedacito de lápiz, de esos que dan en las bibliotecas con qué anotar los números en que se clasifican los libros para su localización. Sin darse cuenta, como bajo los efectos de un conjuro, ya se hallaba sentado a su diestra, preguntándose qué tanto sería capaz de disimular que no podría quitarle la deslumbrada mirada de encima. Su sonrisa, a través de la que se adivinaban unos dientes nacarados surgidos de la profundidad del océano donde nació la Venus de Boticelli, así como el silencio total, le convencieron de aceptar inmediatamente la invitación. Entonces, mientras el maestro recitaba los primeros versos de la Divina Comedia, él invocaba su propia inspiración para captar ese momento en unas líneas que no sabía si conservar o entregarle a su musa. El maestro a su vez parecía estar provocando desconocidas e indómitas fuerzas mientras los rayos iluminaban torvamente sus afectadas expresiones hasta que, como víctimas de lo que parecía un hechizo, se sobresaltaron todos al mismo tiempo, como si se tratara de la manifestación de dichos espíritus. Ahora se trataba del sonoro timbre de una alarma contra incendios. Hubo gritos en medio de la densa oscuridad, más prolongada que las anteriores, que sobrevino mientras el maestro les pedía que conservaran la calma. Cuando el recinto volvió a iluminarse, anunció que daba por concluida la clase, ordenándoles que desalojaran el lugar cautelosamente. Entonces él esperó que la muchacha se pusiera delante en la improvisada fila que se formó sin razón evidente. Justo cuando trataba lentamente de sacarle la vuelta a un pupitre mal colocado en medio del aula, un ensordecedor y fulminante relámpago anunció nuevamente la caída de la oscuridad. El sonido inconcluso de la chica tropezando contra el artefacto lo hizo reaccionar ágilmente, atrapándola entre sus brazos en un apretón. Sus libros y demás pertenencias, desperdigándose ampliamente en el suelo, también hicieron eco entre los obligados gritos. Buscando quizá instintivamente de dónde sujetarse para no caer en la abismal oscuridad, la chica le rasguñó levemente el puño de la mano derecha. La luz volvió en ese momento y él, disculpándose por su torpeza, se puso inmediatamente de cuclillas para recoger el desorden que había causado. Parecieron brotarle un par de gordos lunares escarlatas a la blanca superficie posterior de un manojo de hojas grapadas que iba a recoger. Se percató entonces de que la breve herida alcanzó a abarcarle lo que de primer momento parecía un capilar, que sangraría con cierta profusión. La chica, como antes de que observara el manojo con mayor detenimiento, tomó inmediatamente el objeto del suelo y sacó un pedazo de papel higiénico, ofreciéndoselo para que detuviera el flujo. Él se disculpó, obteniendo como respuesta una probadita del néctar que impregnaba sus dedos, como no se equivocaba en suponer. Siguió a este incomprensible gesto un coqueto guiño de su ojo. El pasillo por el que siguió apresuradamente su camino sin despedirse estaba lo suficientemente despejado para que no volviera a tropezar si las luces se apagaban otra vez. Esto no tardo en ocurrir nuevamente y de la misma forma, era tan densa la penumbra, que si decidiera darle alcance probablemente lo único que conseguiría sería tropezar con la pared.
El día anterior a la terrible resaca que ahora sufría, multiplicada exponencialmente por su desobediencia respecto a los químicos que le habían sentenciado a ingerir, el mismo compañero que antes lo había interrogado con tanta meticulosidad se le aproximó. Él, desconcertado, inmediatamente se puso a la defensiva. “No creo que te pueda ayudar en nada,” le dijo antes de que el otro pudiera abrir la conversación. “Desde hace un momento noté que estabas de mal humor, y para no quitarte mucho tiempo, voy a ir al grano”, replicó tratando de sembrar en él la expectativa. Él sólo miró en silencio el reloj, -que sobresalía de la parte superior del muro del pasillo-, esbozando un ademán de premura. “Sólo quería felicitarte por tu trabajo. Para serte honesto, creo que te juzgué mal, y te ofrezco una disculpa.” Estaba a punto de encaminarse a toda velocidad hacia ninguna parte cuando su compañero lo sujetó del hombro, extendiéndole con la mano libre un volante de llamativo color. “El convivio es de traje, pero no te preocupes por llevar nada. La mayoría vamos a ser puros de nosotros. Tal vez lo que hace falta es que empieces a acoplarte más. Ahí te esperamos”. Después de escuchar las gracias, que le dio sin poder disimular ningún entusiasmo, quien decidió inmediatamente desvanecerse en la distancia fue su compañero, dejándole como de tarea una disyuntiva en la mente.
Recapacitó sobre su actitud, reconociendo que en el fondo sentía un gran consuelo de ser aceptado en el círculo donde días antes lo habían rechazado con tanta determinación. No podía dejar pasar aquella oportunidad de estrechar lazos con quienes creía sus peores enemigos, y aceptaría hacer en prueba de su buena voluntad lo que fuera conveniente, a riesgo de enfermar tan gravemente como estaba hoy. Aunque todavía desconfiaba del repentino cambio de intenciones de los que ahora se le presentaban como colegas, manejó hacia el lugar de la cita, que estaba más apartado de lo que suponía en un principio. Los intensificados lamentos de las fieras agazapadas en la oscuridad le anunciaron que, ahora que menos lo esperaba, estaba internado en las entrañas de la hasta ahora desconocida foresta. Quién sabe cuánto tiempo había pasado tratando de dar con ese sitio. La quietud que reinaba fuera de las paredes de aquella extraña edificación sin ventanas en la fachada, posiblemente diseñadas a prueba de sonido, lo hicieron pensar que se había equivocado de sitio. Cuando ya había recorrido algunos pasos de regreso a su carro a través de la vereda que conducía a aquel lugar, una voz que jamás había escuchado, pero que conocía de lo que parecían vidas antes y a la que por alguna misteriosa razón debía toda su obediencia, le ordenó suavemente: “ven”. Volteó sin sorprenderse hacia la creciente ranura que dejaba escapar la música cada vez más alta, y a contraluz pudo distinguir su inconfundible silueta. Se trataba de ella, a quien ahora conocería en su elemento.
Una vez que atendió a su llamado, comparable al de un animal hambriento o en celo buscando cómo saciarse, sus recuerdos se perdieron entre el sonido del broche de la puerta al atrancarse con el ojal de la cerradura y el momento en el que abrió los ojos al espantoso tormento que todavía lo aquejaba. Parecía haber pasado sólo el instante que toma que algo se cierre y se abra repentinamente. Ahora se encontraba tirado entre abrojos, lejos de cualquier vestigio de la civilización. Por suerte pudo encontrar su auto, mas no así el lugar al que había llegado la noche anterior, que no debía estar demasiado lejos respecto a éste. Después de manejar entre árboles y obstáculos que no cesaban de salirle al paso, por fin encontró el camino que lo llevaría hacia la carretera, y después de pasar un tanto más de tiempo tratando de orientarse a través de ella, pudo encaminarse rumbo a la ciudad, apenas a tiempo para llegar a la clase en la que ahora se le consideraba el alumno más destacado. Por ello no podía faltar.
A pesar de que ya era tiempo que iniciara la sesión, juzgó imperativo entrar en el baño para sacudirse la ropa, lavarse la cara y enjugarse la boca lo mejor que pudiera. Cuando se lavó las manos, sintió un intenso ardor en aquel rasguño, que ya había tardado en sanar y del que, sin embargo, se enorgullecía como si se tratara de una reliquia. Buscó desesperadamente una máquina expendedora de bebidas para comprarse la que tuviera más cafeína y azúcar. Cuando se agachó a la altura de la ranura por la que el producto saldría arrojado, al ir recuperando su postura normal, pudo apreciar todavía desde abajo su divina silueta, que se aproximaba lentamente hacia donde estaba. Sin embargo, ella pasó de largo agachando la mirada y volteando el rostro, ignorándolo deliberadamente. Desde ese momento en el que la miraba alejarse, como decidida a llevarse el secreto a la tumba, no dejaría de preguntarse qué había pasado la noche anterior. Tal parecía que entre ellos sólo quedaría aquella prenda que llevaba en la mano, que quiso pensar que le dejaría sentirla constantemente de todos modos.
Cuando entró al salón de clase, ya todos los demás tenían abiertos sus libros en la página correspondiente al cuento asignado para ese día. No tuvo dificultad en ubicarla dentro del texto, ya que justo en ella había un separador que no recordaba haber puesto ahí. Era imposible porque, como era su costumbre, no había cumplido con la lectura correspondiente ni abierto el libro por ninguna razón. Se trataba de una hoja arrancada de una libreta de taquigrafía, ancha a lo largo y angosta a lo ancho. Estaba doblada en cuatro partes, con tinta roja que había escurrido de la superficie rayada para escribir hacia la parte exterior. Aprovechando la respuesta de alguno de sus compañeros a una pregunta del maestro que no se molestó en atender, desdobló el papel, acusando su tremendo espanto ante lo que, después de todo, siempre supo que ocurriría tarde o temprano. El maestro le preguntó entonces, notando la descompuesta expresión que le causaba la lectura de aquella nota: “¿Y usted qué piensa de esto?” Creyendo de primer momento que aquello se trataba de una confabulación, replicó mientras de una mirada recorrió los rostros expectantes de su auditorio: “Muy gracioso, ¿no?” La concurrencia rompió en sonoras carcajadas. En efecto, aquella narración resultaba sumamente cómica sin proponérselo, y la mayoría estuvo de acuerdo en que por fin alguien lo admitiera. Se alegró de la coincidencia, ya que nadie se había dado cuenta que su intempestiva respuesta no tenía nada qué ver con el tema de la conversación. Se fue entonces tranquilizando poco a poco.
El maestro anunció entonces que saldría de la ciudad esa noche. Dijo sin embargo que esperaba para entonces que todos los trabajos finales estuvieran sin falta en su bandeja de correo. Se escuchó un generalizado y uniforme respiro de alivio a través del recinto. El maestro repitió la frase final justo como decía en la nota, salvo por la persona en la que ahí estaba conjugado el verbo: “Como no podré tener listas sus calificaciones para cuando lo tenía previsto, tienen 3 días más del plazo señalado.” Se dirigió entonces a él, diciéndole: “De haber sabido, no nos habríamos apurado tanto, ¿Verdad?” A no ser por que no encontraba un motivo congruente para acusarlo de haber escrito eso anónimo, creía haber hallado ya al culpable. El maestro prosiguió: “Lo malo es que no remití el suyo a los editores de la revista a tiempo. Como no podré hacerlo hasta mi regreso, me temo que no saldrá publicado cuando lo anticipamos, sino en la edición del próximo mes.” Eso parecía lo más cercano a una clara y sincera declaración de culpabilidad. Sin embargo, así como el sospechoso carecía de un móvil discernible, no había una buena razón para encararlo y reprocharle su crimen, que no había sido otra cosa que descubrir el suyo después de todo. Tomando en cuenta que lo que había hecho era mucho más grave, se preguntó: “¿Y luego a quién voy a decirle que, sabiendo mi delito, no dio aviso al decano ni a nadie que pudiera reprocharme por mi falta de honestidad académica?” Se rió de sí mismo. Sabía que el autor de aquella amenaza lo tenía en sus manos. Lo mejor sería guardar silencio y seguir sus instrucciones lo mejor que pudiera.

Sin embargo, sabía que la duda le robaría hasta el alma, y sin importar las consecuencias, se arriesgó con la pregunta más sutil que había logrado formular para el caso. Cuidándose de que todos se fueran por un rumbo distinto al que seguía, tocó a la puerta de la oficina de su maestro. Éste, quien ya se preparaba para irse, esbozando un gesto de extrañeza al parecer bastante franco, le abrió la puerta. “¿Tienes alguna duda?” Cuando él respondió afirmativamente, el instructor le dijo: “La verdad, no puedo pensar en qué podrías preguntarme, si todos tus problemas están resueltos.” Sin saber cómo pudo dejar de tartamudear y aguantando las ganas de orinarse en los pantalones, se dio valor: “¿Quién revisó mi trabajo?” Desde la afirmación respecto a sus problemas, parecía haberlo admitido todo, y sólo faltaba que le repitiera lo que había escrito en la nota completo y al pie de la letra. Estaba a punto de pedírselo. Entonces el maestro soltó una leve carcajada. “¿Así que te diste cuenta?” La respuesta a eso era obvia y él sentía que más bien era él a quien le tocaba hacerlas. Por eso prefirió guardar silencio para que su interrogado terminara de decírselo todo. “Cuando tú me lo entregaste yo estaba ocupado en otras cosas. La revisó mi asistente. Es la mejor alumna que he tenido, y a pesar que se trataba de ti, goza de mi entera confianza.” Se preguntaba entonces porqué había decidido publicarlo. Como si adivinara su pensamiento, el profesor agregó: “Ella fue la de la idea. Se entusiasmó bastante. Como es medio arrogante, la verdad me sorprendió su actitud. Le pregunté si no era tu novia o algo así, ¿No es entonces nada tuyo?” Sorprendido por el dato de que el profesor tuviera una asistente, lo negó con la cabeza. “Le iba a hacer caso, pero lo pensé bien. A pesar de que ha sido mi mejor estudiante, no puedo opinar lo mismo de ti. Mejor le doy una checadita yo mismo cuando regrese, por si las dudas. Si hay algo malo, no se preguntarán quién lo hizo sino quién permitió que se publicara. Ahora con tu permiso, pero tengo que irme. Ya casi es hora que sale mi vuelo.” El maestro cerró entonces la puerta con llave y candado, alejándose sin despedirse. Él no sabía si quedarse más tranquilo. Aunque aun era factible que el autor de aquel anónimo fuera él, no sólo empezaba a pensar en otros posibles culpables, sino en que corría el tiempo para hacer algo al respecto, ya fuera seguir las instrucciones que el recado indicaba, o encontrar a quien lo haya escrito para disuadirlo de cumplir su objetivo como diera lugar.
“Tienes 72 horas a partir de este momento para hacer tu propio trabajo. De lo contrario, todos sabrán qué clase de estudiante eres.” Se trataba de una nota bastante breve, que seguramente alguien le había plantado la noche anterior, planeando meticulosamente que la abriera en el momento que el maestro diera el aviso de su partida. El autor sin duda tenía conocimiento previo de los planes del instructor. Cayó también en la cuenta de aquello que le habían enseñado en las múltiples clases sobre alcoholismo a las que lo habían obligado a asistir. Recordó que un caso grave de dependencia alcohólica podía diagnosticarse precisamente en ese plazo. En este tiempo, el paciente comenzaría a sufrir espasmos musculares, ataques epilépticos y alucinaciones, entre otras cosas. A pesar de que antes de la noche anterior ya había pasado un periodo considerablemente más largo sin beber desde que comenzó su tratamiento de rehabilitación con la pastilla, podía inferir que su extorsionador tenía conocimiento de aquella información y quería usarla para causarle daño. Imaginaba su gozo de verlo trabajando a marchas forzadas, absteniéndose contra su voluntad de tomar para intentar concentrarse en vano y evitar que prescribiera ese plazo, so pena de experimentar los terribles y a veces fatales síntomas del síndrome de abstinencia. A pesar de que ya había pasado una considerable parte de la noche esperando en vano alguna idea para cumplir con lo que se le ordenaba en la nota, decidió no darle gusto al autor ni dejarse manipular para su diversión. Mejor se arriesgaría y dedicaría su tiempo a desenmascararlo. Después de todo, el culpable no debía estar más allá de los apretados confines del alumnado y facultad del programa que cursaba. “¿Quién más podría tener interés en arruinarme de esta manera?” Se preguntó. “¡Voy a demostrarte mis habilidades detectivescas en la práctica…!” Una nutrida cantidad de groseros adjetivos siguieron aquel emotivo apóstrofe mental.
A la mañana siguiente, a pesar de que el sueño lo arrebataba repentinamente en los momentos más inoportunos, aprovechó la circunstancia de que casi en todas las clases se les hacía formar un círculo para observar detenidamente a sus compañeros tomar notas. No tardó en encontrar a alguien cuya letra le pareció la más similar a la del recado. No le sorprendió en lo más mínimo darse cuenta de quién se trataba, y apenas podía contener las ansias que desde el momento que creyó descubrirlo tenía de confrontarlo. A juzgar por las veces que habían cruzado palabra, no podría tratarse de otro. Era nada menos que el mismo compañero que ayer le había dado la invitación y días antes cuestionara su lugar entre ellos. Una vez que la clase concluyó, alcanzó a tomar por el hombro al sospechoso, quien le pareció que temiera haber sido descubierto por la prisa con la que emprendía la marcha de aquel lugar. “¿En serio me crees tan imbécil para no haberme dado cuenta de que eras tú?” El interpelado lo miró extrañado, preguntándole a su vez cuál era su problema. Él tomo la nota de su bolsillo, acercándosela agresivamente al rostro a una distancia mucho más cercana de la pertinente para que pudiera leer, casi restregándosela. Su compañero se relajó, perdiendo toda postura de alerta y sorpresa: “¡Ah! ¿Te refieres a que lo que presentaste como tu propio trabajo ya se publicó desde hace varios días? ¡Por favor, si eso es nomás cuestión de tiempo para que todo mundo lo sepa!” Entonces, descolgándose la mochila que llevaba a la espalda y poniéndola en el suelo, se inclinó para abrirla y extraer de ella un ejemplar del periódico amarillista de la vecina ciudad del sur. Dijo entonces entre risas burlonas y forzadas con las que marcaba las pausas entre una oración y otra: “Lo bueno es que esto salió allá y no aquí, y hasta el momento creo que soy el único que lo ha visto, aunque no te garantizo nada. Y por mí no te preocupes, no se lo he enseñado a nadie ni pienso hacerlo. A pesar de que sé perfectamente la clase de estudiante que eres, ¿Qué ganaría yo con echarte de cabeza más de lo que tú mismo te pones en ridículo? Todos sabíamos que era sólo cuestión de tiempo para que tú mismo te enredaras en tus errores y te hicieras expulsar del programa. No tienes lo que se necesita para estar entre nosotros.” Presa del pánico, le arrebató entonces el periódico para salir a toda prisa rumbo a su auto. “El que te escribió esa nota seguramente es tan imbécil como tú. ¿Cuánto tiempo más crees que pase para que el maestro se entere? ¡El daño ya está hecho! ¡Pinche borracho!” Le gritó a sus espaldas. Mientras caminaba a toda velocidad hacia el estacionamiento, tropezando con cualquier cantidad de gente que al quedar atrás le señalaba su falta de cuidado y cortesía con insultos, se aferraba a la esperanza de que todavía tenía tiempo de hacer callar a su chantajista antes de que el maestro remitiera su calificación al decano. Una vez que lo hubiera hecho, poco le importaba que alguien supiera las circunstancias en las que había logrado esa nota. Cuando llegó a su auto, revisó inmediatamente la guantera y al percatarse de que llevaba su pasaporte, arrancó dirigiéndose a toda velocidad hacia el país sureño. Aunque no sabía todavía quién era, tenía claro cómo se había enterado su extorsionador del fraude, y sólo podía haber un responsable de dicha indiscreción.
Al llegar a la puerta de la casa del joven estudiante quien le diera aquello que había presentado como propio para que lo revisara, se preguntó “¿De qué me va a servir reclamarle si ya consta en lo que está publicado que él es el autor? ¿Qué posibilidad hay de que sepa quién escribió esa nota para amenazarme? ¿Para qué voy a ponerlo al tanto de cómo use el texto que me dio si todavía no lo sabe?” Sin embargo, tomando en cuenta el largo camino que había tenido qué recorrer para llegar hasta ahí, decidió no dar marcha atrás y le tocó la puerta. Cuando salió, no necesitó mayores explicaciones para adivinar sus intenciones una vez que le vio el ejemplar del periódico, que golpeaba nerviosamente contra su pierna, y la navaja con la que abría cajas en su trabajo entrar y salir de su vaina con aquel sonido áspero. “Es que no me dijiste cuándo regresabas, y decidí publicarlo. Estaba seguro que ni siquiera ibas a leerlo.” Conforme el joven se alejaba del umbral de la puerta, él ocupaba su lugar con la intención de bloquearle el acceso al interior de su casa. “¿Porqué habrías de estar molesto de que no te esperara? ¿Tú crees que no me doy cuenta que no revisas nada de lo que te doy? Cuando te pregunto qué te parecen mis textos, siempre cambias de tema, o me dices cosas que no tienen nada que ver con ellos. Para lo único que me sirves es para las birrias y los cigarros.” Él le preguntó entonces, metiendo y sacando cada vez con más rapidez la hoja de su navaja: “¿Sí sabías que por tu culpa me van a correr de la maestría?” La razón de aquella inesperada visita ya no era un secreto para ninguno de los dos. Se había puesto estúpidamente en evidencia sin que hubiera la menor necesidad. El joven, caminando hacia atrás y preparándose para salir corriendo, le respondió: “Ya me las olía por tu actitud. Se me había hecho muy raro que ya no hubieras regresado. ¡Me voy a encargar de que todos lo sepan!” Él se le abalanzó y el joven, logrando esquivarlo, emprendió la huída a toda velocidad, hasta que al poco tiempo lo perdió de vista por su deplorable condición física, agravada por el hábito de fumar tanto y la diferencia de edades. Haciendo esfuerzos para recuperar el ritmo normal de su respiración y resignado a su destino, se dio la vuelta para regresar por donde había venido cuando de repente escuchó el ruido de un auto que arrancaba a toda velocidad, haciendo rechinar sus llantas sobre el asfalto. El lugar de donde procedía no debía estar muy lejos de ahí, ya que el aroma de plástico quemado lo alcanzó hasta donde estaba. Unos instantes después, vio venir doblando por la esquina donde había perdido a su presa a una señora caminando apresuradamente y dando sonoras voces de auxilio. Al verlo, inmediatamente se le engarruñó a las mangas de la sudadera. Tenía el rostro completamente manchado de maquillaje, corrido a causa de sus profusas lágrimas, lo suficientemente calientes para fundirlo: “¡Por favor, tenemos que llamar a la alguien!” Sacudiéndola como si se tratara de un guiñapo y pidiéndole sin ninguna consideración que se calmara, le preguntó qué había pasado: “¡Acaban de atropellar a un muchacho que venía huyendo de alguien! ¡Estaba voltee y voltee para atrás cuando el carro lo aventó! ¡Se dio la reversa y le pasó por encima! ¡Creo que está muerto!” Notando que todavía tenía la navaja en su mano, arrojó a la mujer al suelo. Se escuchó como si una sandía se estrellara en el piso sin lograr reventar. Sin poder creer lo que había hecho, se quedó paralizado mientras desde el suelo ella, reflejando en su rostro la sorpresa de haber descubierto algo, no le quitaba los casi desorbitados ojos de encima. Por fin, cuando transcurrió el tiempo suficiente para grabar indeleblemente en la memoria sus señas particulares y ya no tenía caso que lo hiciera, aventó la navaja lo más lejos que pudo. Sin dar tiempo a que la mujer se recuperara, llegó a su auto exhalando lo que le pareció sulfuroso fuego ardiente. Éste hizo un sonido similar al que atropelló al joven cuando arrancó a toda velocidad de ahí en dirección del puente internacional que lo llevaría a su casita, dejando una nutrida estela de polvo a su breve paso.
Una vez que llegó a su casa, un presentimiento le hizo buscar la nota que llevaba en el bolsillo de su pantalón. Se dio entonces cuenta que la había tirado, tal vez en el momento en que, convencido de que su compañero de clase la había escrito, le arrebatara el periódico y saliera corriendo por los pasillos de la escuela, totalmente fuera de quicio. Con la nueva preocupación de que alguien la encontrara e, intrigado, se pusiera a averiguar los detalles al respecto e irremediablemente diera con él, revolvió las páginas de sus textos tratando de encontrar providencialmente una idea que lo ayudara a cumplir con las condiciones que su extorsionador le había impuesto. Finalmente se dio por vencido, y como si lo hubieran arrojado sin paracaídas a miles de metros de altura desde un avión, se echó completamente desesperado en el suelo a llorar su desgracia, pegando agónicos gritos a todo pulmón y revolcándose en la suciedad que cubría al parejo aquella superficie. En el momento en que, como si estuviera ahogándose, daba de patadas en todas direcciones, un objeto macizo y cuadrado le cayó como del cielo desde uno de los muebles golpeados, haciéndole brotar un chichón. Se trataba del texto que utilizaba en la clase de literatura policial, que al rebotar con su cabeza cayó completamente abierto en el suelo, dejando escapar de su interior un pedazo de papel semejante a aquel donde estaba escrita la nota. Con la esperanza que, de alguna inverosímil manera, la que buscaba hubiera dado nuevamente ahí, la leyó, percatándose con indecible horror de que, a pesar de estar escrita con la misma letra, se trataba de una diferente. “Te hice el favor de recoger lo que tiraste ahora en la tarde en el pasillo de la escuela. También me di cuenta cómo mataste al muchacho que te hizo el trabajo. Eres mucho más estúpido de lo que imaginaba, y para evitar que sigas cometiendo errores, decidí que es hora de que nos conozcamos en persona.” Cada vez más desconcertado respecto a la identidad del autor de los anónimos, que no se explicaba cómo había logrado acceso al más íntimo de sus espacios, anotó las instrucciones para llegar al lugar de la cita. Una idea que tal vez había llegado demasiado tarde lo iluminó. Sin poder explicarse todavía cómo su victimario había conseguido entrar a su cuarto, accedió a la página de internet de la universidad. Una vez en ella tecleó en el directorio de empleados un nombre que tenía grabado a fuego en su memoria y que, a pesar de todo, le hacía evocar imágenes que consideraba las más bellas que había tenido el privilegio de atestiguar en su vida. Los datos proporcionados en la nota coincidían con los que aparecían en pantalla. Mirándose la mano derecha en la que, a pesar de que ya había empezado a infectarse, palpitaba su reliquia más preciada, se jactó de haber hallado la resolución al misterio que lo agobiaba tanto, aunque nuevamente el móvil quedaba irresoluto.

A la hora que el sol ya se había metido, su silueta proyectándose a contraluz en la puerta entreabierta de aquella oficina era inconfundible. Olvidándose por la estultificación que aquel hermoso espectáculo le producía de todos los reproches y preguntas que le haría en voz alta, se quedó paralizado ante ella hasta que le dio, como hacía horas antes lo había hecho, la orden en lo que parecía la única palabra que podía pronunciar: “ven.” Entró detrás de ella, que encendió la luz de la habitación iluminada apenas por una tenue lámpara con un sonoro chasquido. La sorpresa lo hizo abrir desmesuradamente la boca y cubriéndosela, contuvo con un enfermizo ruido gutural el grito que estaba a punto de dejar escapar. Sentado detrás del escritorio estaba su instructor, a quien hacía bastante lejos de ahí en ese momento. Frente a él yacía un ejemplar del periódico amarillista de la vecina ciudad del sur, cuyo encabezado versaba en enormes letras rojas, entre signos exclamativos “¡Atropellado salvajemente!” Enseguida de él yacía el manojo de papeles manchados de su propia sangre que cuando conoció a la hermosa chica intentó recoger del suelo. El maestro inició la conversación: “Le presento a mi asistente, aunque parece que ya se conocían,” dijo repitiendo su nombre, que significaba “mujer del bosque.” Ella le hizo una reverencia y se sonrió; gestos ambos en los que adivinaba cierta perversidad e ironía. “Me imagino por lo que tiene ahí enfrente de usted que ella le habrá dicho ya todo, además de traerle la evidencia ¿No es cierto?” El profesor lo negó con la cabeza, accionando el botón para reproducir una grabación en su máquina contestadora. Después de escuchar recitadas en inglés la fecha y hora en la que había recibido el mensaje, que coincidía con la del día del convivio, procedió a escuchar su propia voz, completamente afectada por los efectos combinados de la pastilla y la considerable cantidad y variedad de bebidas embriagantes que ingirió aquella noche. Horrorizado, quería saltar sobre el escritorio y pisotear aquel aparato a medida que se escuchaba a sí mismo describir, con todo lujo de detalles, no sólo del crimen que había cometido, sino de toda su fraudulenta y deplorable carrera como estudiante.
Completamente laxo, se dejó entonces caer en la silla frente a su profesor, hundiendo el rostro en la coyuntura del brazo y el antebrazo y repitiéndole entre sollozos lo que ya había dicho tantas veces cuando grabó ese mensaje: “¡Soy culpable, soy culpable...! Indignado, el maestro se levantó de su lugar para sacudirlo en un intento de que entrara en razón: “¡Le suplico por favor que deje de ponerse en ridículo delante de mí y guarde compostura! ¡De nada va a valerle ahora que venga con sus lágrimas de cocodrilo a hacerme sus papelitos! ¡Ya está usted grande! ¡Además, todavía no termino de hablar!” Una vez que su interpelado se puso en una postura más adecuada, el profesor extrajo de un cajón la nota que tanto le había hecho sufrir, volteando a su vez el manojo ensangrentado de papeles, que sólo conocía de espaldas. Se trataba de un manuscrito que, para su sorpresa, tenía exactamente el mismo tipo de letra que el de la nota. Lo tomó en su mano, agitándolo vigorosamente en el aire mientras le preguntaba: “¿Usted de veras cree que haciendo pasar esta porquería como una historia verídica va a suplir las carencias abismales que tiene como texto literario? Además, ¿Cuántas veces le he dicho que los trabajos se entregan mecanografiados? ¡No sé quién pueda descifrar esta cochinada de letra!” Una vez que el maestro lo puso sobre la repisa, él se lo acercó a la cara para verlo mejor, comparándolo con la nota. No sólo podía corroborar claramente el parecido de la letra con la de la nota, sino que reconocía plenamente la forma en la que iniciaba: “Era un pésimo estudiante, a pesar de sus esporádicos y a veces desesperados intentos por remediar su disipación y holgazanería…” “Este mugrero está lleno de incongruencias argumentales. Para empezar, ¿ya se fijó en la extensión?” Ante sus ojos tenía veinte páginas de texto. “¿Usted cree que los cuentos son así de largos? Y luego, ¿Cómo está eso de que su personaje había plagiado este trabajo?” ¡Ahí están sus propias manchas de sangre, usted ya se lo había entregado a mi asistente días antes! ¡Lo dice ahí mismo en el texto! ‘Poco antes de aquella experiencia la conoció a ella.’” Una de aquellas manchas había logrado posarse en la arista superior izquierda de aquel rectángulo de papel, atravesándolo hasta la cara opuesta, justo en el espacio donde había escrito su nombre y todos los demás datos que lo identificaban como alumno, sin posibilidad de que se les pudiera alterar posteriormente. Debajo de ellos la fecha del documento, que también había logrado impregnarse, no obstante era claramente visible. Era mucho anterior que la de la versión mecanografiada que usted está leyendo ahora. Esos no serían los únicos errores respecto a las incongruencias argumentales que el maestro le señalaría. “Además de que no me parece adecuado que un pelagatos como tú se ponga a hacer referencias de mí en sus porquerías, dejándome encima como el principal ‘sospechoso,’ me parece sumamente artificial eso de los tres días más para entregar el trabajo, y que dijera igualito en el recado. ¿Con que ese es el tiempo que toma para que les empiece a pegar la malilla a los borrachos? ¡Hazme el chingado favor, carajo!” Siguió una malévola carcajada, durante la que le deslizó el periódico para ofrecérselo; no tan amarillista como amarillento. “¡Fíjate muy bien!”, le ordenó. Buscó en el interior la nota que tan escandalosamente anunciaba el encabezado, y una vez que la leyó detenidamente, se percató de que la información, aunque correspondía fielmente a las circunstancias en las que ocurrió todo, se refería a otra persona y no al que hasta ayer era su joven amigo, que ahora suponía finado. “¡No estás poniendo atención a los detalles más importantes!” Le dijo mientras atenazaba la parte superior de la página con el dedo índice y el pulgar. “¿De cuándo es esto?” Le preguntó mientras él caía en la cuenta que para entonces todavía no cumplía la mayoría de edad. Hacía algunos días respecto a esa fecha que había sacado su ficha para hacer el examen de admisión en aquella ciudad. “¿Tú crees que la gente se escandalizaría ahora tanto como en ese entonces por un pinche güey atropellado?, mejor sigue buscando,” le ordenó por último. Se encontró casi al final de la publicación con la segunda de tres partes de lo que parecía ser un extenso relato, difícil de clasificar entre cuento y novela corta por un lado, ya que era demasiado extenso, y por el otro, ya que carecía de divisiones que facilitaran su lectura en partes. “Era un pésimo estudiante, a pesar de sus esporádicos y a veces desesperados intentos por remediar su disipación y holgazanería…” Así versaban las primeras oraciones.
“Yo sé que querías concluir tu cuento haciendo creer al lector que el muertito era el mismo protagonista unos años antes para que, con el truquito de su pésima memoria de alcohólico, sus delirios y su alterada percepción de la realidad, se creyera culpable de haber asesinado a un ser imaginario.” Sorprendido de que adivinara sus intenciones, asintió con la cabeza, seguro de la opinión que dicho artilugio merecía de su interlocutor. Sus expectativas no fueron defraudadas: “Honestamente esas payasadas no se las cree nadie. Ahí está para la próxima que se le figure que hacer un mal cuento está más peladas que planear un trabajo de investigación con anticipación.” Arrojó hacia el lado del escritorio que le correspondía las veinte páginas, cuyas manchas de sangre habían desaparecido providencialmente y estaban asimismo mecanografiadas debidamente; detalles que no sorprendieron a ninguno de los dos. “Su compañero de clases, el del cuento, tenía toda la razón al preguntarle que si no le parecía que estaba siendo demasiado ambicioso respecto a su proyecto semestral. ¿Porqué no le hizo caso?” Sin poderse contener, cerró los ojos y se tapó las orejas al tiempo que le gritó con todas sus fuerzas: “¡Déjeme en paz!” Se había olvidado que no estaban solos. Sin atreverse a abrir los ojos, sintió el calor de su aliento cada vez más cerca en el oído, degustando el irresistible aroma a madreselvas que despedía al decirle: “No te preocupes. Aquí estoy contigo.” No pudo dar crédito a aquellas palabras. Ella no sabía decir otra cosa que “ven.” Decidió abrir los ojos una vez que sintió sus labios deliciosos posarse en su mejilla, convencido de que nada de aquello estaba ocurriendo. Creyó sentir la punta de su lengua insaciable una vez que la luz inundó el espacio donde se encontraba, completamente distinto al que había llegado. Mirándose la cada vez más tenue cicatriz de aquel leve rasguño, única cosa que realmente había pasado entre los dos, tomó de su propio escritorio, como si su maestro en verdad se lo hubiera dejado ahí, un nuevo borrador de este cuento para que nuevamente lo rechazara. Se había hecho ya a la idea de que repetiría la operación eternamente.



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