
Aquí un intento de incursión en el escalofriante mundo de la narrativa, que pienso terminar en al menos otra entrega (que no sé porqué me embarga tanto el sentimiento ranchero a últimas fechas, a la vez que una compulsión imparable). O sea, nos encontramos con una segunda instancia de lo que aquí en su casita llamamos “blogonovela,” y quienes ya conocen a qué me refiero, sepan pues que sobre advertencia no hay engaño. Con el sólo propósito de intentar agenciarme algún lector incauto, pues he decidido ornamentar mi entrada del día de hoy con el cromo de una buena cinta de horror de antaño, reciclada sin ningún respeto últimamente. Se trata de The Crazies de George A. Romero, que parece que la hubiera visto ayer, y no sólo eso, sino que la estuviera sufriendo hoy en sangre viva. De veras que no sé cómo, pero me pega con tubo. ¡Ah!, y antes de que se me olvide, cabe aclarar que esto es un producto de mi desordenada y febril fantasía, y que nada tiene que ver con la vida real. No será difícil darse cuenta de esto, dado que hasta yo reconozco que lo que hoy he escrito es sumamente descabellado. Dedico la presente entrada con una admiración y respeto imposibles de expresar verbalmente o por escrito a JCAHO, - cuyo logo se despliega orgullosamente al final de esta entrada-; instancia consagrada a garantizar la ejemplar calidad de nuestros hospitales; indudablemente los mejores del mundo (si no, chequen las ganancias en comparación a otros giros comerciales, que eso pa' que vean es éxito).
La Alfombra Mágica.
Mi nombre es irrelevante. Podría darles mi número de gafete, ya que en el sector donde tengo la fortuna de trabajar es como se prefiere identificar a la clientela para proteger su privacidad. A veces se hacen chistes al respecto y se dice que una vez que alguien ingresa aquí, deja uno de ser una persona para convertirse en número. Sin embargo, como casi nunca es tan importante quién es uno tanto como lo que hace, describiré escuetamente mis funciones laborales. Soy uno de los tantos secretarios en la unidad de terapia intensiva del hospital general local: Es decir, entre otras muchas cosas, capturo electrónicamente las órdenes del médico, -excepto las que van dirigidas al farmacéutico y a los enfermeros-. El fin de ello es llevar registro preciso de ellas en las bases de datos y, sobre todo, mantener una comunicación clara, puntual y pertinente entre los enfermeros y todos aquellos de quienes dependen, -o viceversa-. Por diversos motivos, trabajo sólo los fines de semana, aunque el de mayor peso y el que menos me había atrevido a discutir hasta el momento, es el hecho de que la planta administrativa generalmente se ausenta estos días. Sin embargo, la semana pasada no fue así. Varios factores empeoraron la situación: Principalmente, el hecho de que la noche anterior había ingerido una cantidad poco más que nutrida de bebidas alcohólicas, y no en una sola presentación, como suele ser mi costumbre. La verdad es que tampoco suelo declinar las invitaciones que me hacen mis amistades, y tuve qué hacer el sacrificio.
Entonces, como les decía, ese día recibimos la inusitada visita de nada menos que la nueva jefa de nuestro departamento. Dicha eventualidad me tomó no sólo por sorpresa, sino con una barba que denotaba un evidente descuido personal, y un aliento corrosivo y fulminante que procedía del fondo de mis entrañas; cuyo poder destructivo, por ende, no podían detener ni disimular los dentríficos ni antisépticos más potentes. Lo peor de todo es que la razón de su visita no era solamente con motivo de supervisar la conducta y el orden de sus dominios y súbditos. Esta vez venía armada con una cubeta llena de trapos, estropajos y cepillos, así como diversos detergentes, desinfectantes y aromatizantes. Como es de suponerse por aquello que cargaba en lugar de su ostentoso portafolio, su atavío no consistía en su acostumbrado conjunto ejecutivo, sino en aquel quirúrgico que suelen llevar los empleados del departamento de limpieza. Se dio entonces a la tarea de asear azarosamente los más inusitados rincones de nuestro lugar de trabajo: Aquellos a los cuáles pondrían más objeciones quienes han sido específicamente delegados a la higiene del hospital.
En lo personal, esta visión me perturbó sobremanera, trayéndome desagradables recuerdos, que se sumaron con el resto de desagradables sensaciones que, a causa de su precario estado de salud, experimentaba mi ser. Nuestra jefa tallaba obsesiva y meticulosamente las superficies, hasta dejarlas “rechinando de limpias,” mientras se quejaba amargamente, en un deliberadamente alto tono que se escuchaba con clareza y amplitud. El principal motivo de dichas lamentaciones era el hecho de que a nadie pareciera preocuparle la limpieza de la unidad más que a ella. En el recuadro de aquel desafortunado espectáculo estaban un montón de otros enfermeros documentando con igual meticulosidad pero mayor detenimiento, reservándose verbalizar sus opiniones tras unos rostros que, con gran esfuerzo, evitaban esbozar burlonas sonrisas. Y por supuesto, estaba también yo, quien tal vez por que entre mis múltiples obligaciones no figura el trato ni la atención directa con los pacientes, era blanco de algunas de sus órdenes improvisadas por la premura, que más se antojaban como caprichos, ya que en ese momento le parecía que “al cabo que no tenía nada importante qué hacer.” Tristemente, veía como se acumulaban alrededor de mi computadora los expedientes con órdenes sin capturar, y especímenes de cualquier tipo de secreción humana que nadie mas que yo sería capaz de retirar de ahí y hacerle llegar a los laboratoristas. Contemplaba dicho cuadro a algunos pies de distancia con mis poco menos de doscientas libras de peso sobre un endeble escritorio, mientras agitaba el plumero personal de mi jefa y restregaba un trapo empapado con desinfectante sobre la parte superior de un gabinete para los documentos. Había subido ahí sin tomar las precauciones pertinentes a causa del apremio de mi jefa, desoyendo las constantes advertencias de mis compañeros de trabajo en pos de acatar las órdenes que había recibido. Les preocupaba la posibilidad de que el mueble que me sostenía sucumbiera y, consecuentemente, cayera yo estrepitosamente al suelo y me lastimara. La situación me recordaba a la similar forma en que la autora de mis días canaliza sus múltiples tensiones. La única diferencia era que cuando ella desgasta inclementemente las superficies que pretende limpiar, y se ofrece uno a ayudar en vista de su evidente molestia, la respuesta común es que no debe uno preguntar si debe hacerlo ni cómo, sino acomedirse sin necesidad de que “tengan que decirle las cosas.” Esa era la densidad de la atmósfera aquel día, empapada del artificial aroma frutal y floral de los afeites domésticos con los que mi jefa la había empapado, que, -cabe reconocer-, no tenían nada de desagradable.
La verdadera razón tras de la descabellada iniciativa de mi jefa fue la anunciación no oficial de que al día siguiente recibiríamos una crucial visita. Se trata de una instancia gubernamental que cada tres años revisa, con similar o mayor detalle supuestamente, que tanto el personal como nuestras instalaciones funcionen óptimamente. ¡Algunos los han visto hurgar, despreocupados de mancharse sus lujosos atuendos, hasta el fondo de los cestos de basura, tan llenos como suelen estar de inmundicias orgánicas, en busca de evidencia que incrimine a los sujetos de sus exámenes de comprometer la identidad y privacidad de su clientela! De su acreditación depende, como todo en el país donde vivo, que el gobierno siga destinando fondos para la operación de este negocio.
Me preguntaba ante el afán de mi patrona, de no ser el asunto reductible a otra cosa que la ganancia o pérdida de dinero, si en verdad era posible que esta “institución” llegara a cerrarse a consecuencia de no pasar la revisión “aleatoria” y “repentina” que se había anticipado. Este hospital es el único que hay a varios cientos de millas a la redonda especializado en traumatología, lo cuál tenga quizá cierta relevancia en una cultura caracterizada por no poder prescindir de los vehículos motorizados, y las vías más rápidas donde estos puedan desplazarse. Respecto a este factor es también destacable que, prácticamente, sólo nos separan unos pasos de la ciudad más violenta en nuestro vecino país del sur. Además, éste es el único afiliado a la escuela de medicina estatal. Es decir, aquí es donde los futuros médicos, -bajo la supervisión de uno ya certificado y muy experimentado, claro está-, hacen sus prácticas clínicas. Aunque es tan común aquí en esta cultura eso de comprometerse y preocuparse por cómo cumplir después, -tanto que podría decirse que es la base que le da cimiento-, dicha sociedad es tan estrecha, que ya se tiene la intención de actualizar este establecimiento para ser no sólo un ambiente idóneo para la práctica clínica, sino toda una escuela de medicina. Por último, ya enumerando los detalles de menor importancia, recordemos lo que desde un principio denota el título de “general” en este tipo de instituciones. Si no me equivoco, - lo cuál es posible, ya que no estoy involucrado directamente en el cuidado de los pacientes-, se presta aquí, en comparación con la mayoría de los otros hospitales privados de la localidad, menos atención a las garantías del pago de servicios que los prospectos pacientes puedan brindar. En otras palabras, se les debe atender de inmediato, mientras se averiguan los medios con los que van a retribuir económicamente su tratamiento, cuando en otros lugares éste no se presta hasta que no se queda de acuerdo en una forma de pago segura; o como dicen en mi rancho, “primero los matamos, y lo’ veriguamos.” Ultimadamente, el personal aquí tiene una carga de trabajo considerablemente mayor a la de alguien que trabaja en un hospital privado, y, dada la menor liquidez que como negocio tiene, es donde se perciben los salarios más bajos. Me figuro que aquellos que sí estén involucrados en el cuidado directo de pacientes, cuyas licencias son tan buenas para trabajar en el sector público como en el privado, no tardarán en encontrar quién los ocupe en otra parte de ser despedidos. Después de todo, por muy “general” que mi lugar de trabajo pregone ser, tarde o temprano termina por cobrar los servicios que presta, y la mayoría de los demás negocios del mismo giro son al menos más honestos al respecto. El mundo seguirá girando, al igual que la gente enfermándose, y por lo tanto, alguien cobrando.
Mi jefa me ordenó entonces no alejarme mucho de donde ella estaba. Sin embargo, el cúmulo de desechos orgánicos que debían ser enviados al laboratorio empezaba ya a invadir el espacio correspondiente a mi teclado. Algunos de los contenedores donde los habían envasado no estaban cerrados propiamente dado el perenne apuro que parece caracterizar a las enfermeras en mi unidad. Desistí al no poder seguirle el paso a mi patrona por falta de costumbre, y darme cuenta que lo que ambos pretendíamos erradicar eran al cabo desperdicios, tanto los del escritorio como los de las diminutas rendijitas donde hurgaba sin prestarles atención a estos. El ejemplo del resto de mis compañeros, indiferente a su notable agitación cuya causa no pude discernir entre la cólera y el jaleo al que se había sometido a sí misma, me recordó que mucho ayuda el que no estorba. La soledad que la embargaba en su tarea me dio la respuesta más factible a las interrogantes que me había planteado respecto al posible cierre del hospital por no “seguir la norma.” El propósito inicial de dicha norma no era satisfacer los individuales caprichos y criterios de tal o cuál “autoridad,” sino evitar la diseminación de patógenos, salvaguardando no sólo a la clientela de infecciones sino la seguridad de los compañeros de trabajo y la propia. Esto cobra especial significado tratándose de la unidad donde se atiende a los pacientes más graves, muchos de los cuáles están ahí por el devastador avance de enfermedades contagiosas. Considerando este factor, me pregunté entonces, mientras caminaba sonriente sobre nuestra vieja alfombra mágica, si acaso la higiene no es en virtud de ello un principio que debe aplicarse diariamente, no sólo cuando se van a recibir “visitas.”
Pasé entonces por el cuarto de una de las pacientes cuyos fluidos corporales yacían esperándome en un enorme cúmulo de los de otras tantas gentes. Después me di cuenta que la chica, quien lleva con nosotros varios meses, se infectó de una bacteria conocida por sus siglas como VRE (Enterococo Resistente a la Vancomicina). Dicha bacteria se desarrolla en pacientes inmuno comprometidos (o que han sido sometidos a tratamiento de otras enfermedades contagiosas con antibióticos fuertes), por lo cuál se le conoce como “oportunista.” Éstas suelen resistir al principio este tipo de medicamentos, a los cuáles desarrollan resistencia con el paso del tiempo. Además, suelen pasar con facilidad al torrente sanguíneo, ocasionándole al portador una infección generalizada o “sepsis” difícilmente tratable más que con un puñado de sustancias que fallan frecuentemente. Los exámenes que se le habían ordenado eran para confirmar que el malestar había cedido, y así, transportarla a través de la alfombra mágica hacia otro piso, con la suposición de que se encontraba más estable.
Continuará...


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