martes, mayo 13, 2008

The Trip (1967), de Roger Corman.



The Trip (1967): “Pensaré en ello mañana.”

Corren tiempos, mis estimados lectores, de espantosas anagnórisis, como jamás las había experimentado en mi ya no tan breve existencia. Tanto, que me encuentro movido a suplicarle a los cielos que, si acaso fueron tan graves las ofensas recibidas de parte de un servidor y ellos son tan amables, mejor todo se acabe de una buena vez. Y sí, con esto me refiero a un arma atómica, un cataclismo o cualquier otra circunstancia que logre desaparecerme del mapa, con un poco de compañía si acaso es lícito dar especificaciones (y pedir el cumplimiento de mis caprichos). Estos trances resultan tan agotadores, que se le va a uno por el resumidero hasta el instinto de supervivencia. Lo peor del asunto es que está uno como decía la línea promocional de Alien: El Octavo Pasajero: “En el espacio exterior nadie puede oír tus gritos,” o, como se denominaría a cierta práctica sexual aquí, en el país que produce y exporta más pornografía: “Doggystyle.” Sin embargo, pospondré mi urgente ansiedad de tomar “soma” en esta ocasión, en virtud de que en la mayoría de los casos consigue uno lo que se busca y no soy tampoco ninguna monedita de oro. Seguramente todos ustedes tienen sus propios problemas, con una dimensión más realista que aquellos de los que presumo, como para ponerme a contárselos y aburrirlos hasta que también quieran morirse.

Bueno, después de todo creo que la anterior pataleta no fue tan vana, ya que en virtud de haber hecho mención del producto de mayor consumo en el “Mundo Feliz” (y también en algunos tan infelices como éste, donde seguro se puede conseguir en versiones genéricas), pues he aquí una anécdota sobre el uso de una sustancia que se utiliza con propósitos más o menos afines: el LSD. Nuestra cinta tiene varios frentes posibles desde dónde vulnerar sensiblemente al espectador. En primer lugar, se trata de un intento por describir con realismo la experiencia de encontrarse bajo la influencia de esta sustancia, desde un ángulo introspectivo (aunque parezca que esto sea una contradicción). En segundo lugar, podemos estar seguros que al menos hasta cierto punto habrá de cumplirse el propósito, ya que el responsable del guión, nada menos que nuestro buen Jack Nicholson (tercer no potencial, sino seguro atractivo de nuestra cinta), como parece constar, era un experto más que certificado en el tema (y tal vez hubiera conseguido más fortuna trabajando en el correo que de intérprete oscarista, por su devoción a estar lambiendo estampitas). Como la enumeración seguiría no sé hasta que punto, pues trataré de ser más escueto (y ya saben ustedes cuánto me cuesta hacerlo): Nuestra cinta en su momento fue, en mi opinión, un experimento único en su género. Independientemente de la fortuna con que se llevó a cabo en cada fase, no obstante ha servido como modelo para casi todos los productos subsecuentes con similares intenciones. Es también una especie de cápsula del tiempo, que nos permite apreciar las tendencias estéticas, moda, novedades y preferencias (en el crucial año del 67, durante el cuál se dio el famoso “verano del amor”), así como el nacimiento profesional, por una parte, de algunos célebres intérpretes y técnicos del cine industrial, y por la otra, irónicamente, de algunos eficientes métodos, aun en práctica, aplicables al cine hecho fuera del sistema corporativo (aunque se pueda confundir fácilmente a la “American International,” particularmente prolífica, con este tipo de entidades, enormes en comparación). Cuesta trabajo creer que fuera Roger Corman quien se rodeara de tan prominentes personalidades (como Dennis Hopper, Bruce Dern, etc…) para hacer una cinta de tal seriedad y pretensiones sobre el consumo de sustancias expansoras de la percepción (a lo cuál el autor añadiría “nocivas para la salud” después de que se lo sugirieran las autoridades, con la dulzura que los caracteriza).

El argumento nos cuenta la historia de un director de comerciales televisivos (Peter Fonda) en vías de divorciarse (de la, para mi gusto, nada deleznable Susan Strasberg), quien siente, tal vez a causa de los decisivos eventos que apenas parece percibir en su dimensión adecuada (los cuales sugieren una crisis), la inquietud de explorar su propio interior con la ayuda de la sustancia aludida y de un guía (Bruce Dern), quien lo encauzará durante esa intensa experiencia. Después de esa suerte de introducción, el resto se podría dividir en un par de tercios más, en el primero de los cuáles somos testigos de las alucinaciones de nuestro protagonista, relativas siempre a lo que se nos insinúa como los pensamientos que más le obsesionan; visiones que en tal virtud, sin embargo, a fuerza de repeticiones se tornan algo tediosas. Sin embargo, llega un momento en el que el cúmulo de angustias de nuestro personaje es tal, que opta por escapársele a su “conductor,” divagando por la ciudad sin que sepamos a ciencia cierta, a causa de sus distorsionados sentidos, cuál será su destino final, que a cada paso que da se antoja que será el peor imaginable.



Aun cuando, a causa de las inesperadas situaciones en las que se involucra nuestro protagonista, la tensión en esta parte de la cinta se vuelve insoportable, las incoherentes visiones que tiene en un principio casi siempre están bastante bien logradas, ya que la mayor parte del vasto currículum de Corman se forjó en el género del horror de época, adaptando las Narraciones Extraordinarias de Edgar Allan Poe a la pantalla grande. Otra aptitud que parece haber ganado en esas correrías es la de saber cómo lograr una dirección artística llena de color e imaginación con utilería que otros habrían considerado desperdicios y cascajo. A pesar de que, como ya lo mencionaba, algunas de las secuencias son algo largas y demasiado reiterativas, no dejan de ser sugestivas, como la constante persecución de la que Fonda es objeto por parte de dos misteriosos jinetes (cuya identidad nos sorprenderá gratamente), o testificar su propio funeral (que a veces se da a través de la sepultura, y otras de la cremación). La mejor escena de esta parte es aquella en donde Dennis Hopper, fingiéndose magistrado, levanta juicio a Fonda sobre un colorido carrusel en el que montan enanos vestidos de bufón. Ahí, adquiere sentido su profesión, que lo definiría como artífice de falsedades, y se juzga sutilmente la inercia e indiferencia del individuo norteamericano, que condona y posibilita las tiranía de su propio gobierno con su apatía (un enano susurra “Bahía de Cochinos” mientras da vueltas sobre su caballito).

Una vez que sale a las calles, completamente drogado y desorientado, la vertiginosa edición de escenas callejeras casuales, y la insaciable manipulación del negativo, en pos sobre todo de modificar la velocidad en que se mueven los monos, la brillantez y el espectro cromático, nos recuerdan a la métodos más característicos de dos grandes contribuyentes al cine experimental, que en ese entonces ya se encontraban haciendo de las suyas, y cuyas aportaciones da gusto ver aplicadas aquí: Jonas Mekas, con sus testimoniales en 8mm, en donde cuenta sus experiencias de una forma subjetiva y no lineal, que lo escinden del modelo documental precedente, y Stan Brakhage, quien se iba interesando cada vez más en el tratamiento del medio que en la fotografía, que hasta ese entonces había sido lo más fundamental al cine. En ambas partes destaca el uso de la iluminación, casi siempre utilizando la técnica estroboscópica tan en boga durante la “vida nocturna” de la época, para crear intrincadas figuras y patrones de color.

Sin embargo, no es ésta una obra perfecta ni mucho menos. Me hubiera gustado que las transiciones entre la alterada perspectiva de Fonda y el plano real, -como cuando alucina su cremación, cuidadosamente ataviado, mientras nada desnudo en una piscina-, hubieran sido un poco menos bruscas, ya que los creativos escenarios que crea Corman durante los trances de nuestro héroe son lo suficientemente absorbentes como para no resentir el cambio de sintonía. De la misma forma, se nos hace creer que esta obra será la experiencia desde el punto de vista introspectivo del consumidor de alucinógenos, y durante la divagación participamos, más que nada, del desconcierto de quienes interactúan con el personaje, cuyas acciones deben seguir un patrón lógico dentro de su mente, aunque muy peculiar, a su vez transcrito en imágenes.

Me inclino a responsabilizar a Jack Nicholson por la originalidad de la idea, que con el tiempo pasó a transformarse en un testimonio de la incipiente contracultura, ya que el conjunto es consistente con una crítica que el autor pretende hacer de un aspecto ideológico del hombre civilizado, tan notable entonces como ahora. Fonda, un individuo aparentemente absorbido por el trabajo, pero sumamente egoísta en realidad, tiende a enajenarse de sus compromisos y de aquellos con los que ha establecido relaciones en vez de afrontarlos, posponiendo esa eventualidad en todos los casos para un mañana que ni él mismo sabe cuando llegará. Tal es su miedo a la realidad, que incluso la indeterminada cantidad de conocimiento que pudo haber ganado sobre sí mismo para afrontarla mejor, será algo en lo que reflexionará hasta ese día.

No me queda más que desearles que no se casen ni se embarquen... A ver si no queda maldita esta entrada o algo así...

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