sábado, mayo 03, 2008

Alfredo Gurrola y "La Fuga del Rojo."



La Fuga del Rojo (en una fecha indeterminada de los muy tempranos ochentas): “Si hubiera estado sobrio, no lo hubiera curado…”

Pues ahorita está tranquilo el jale y no hay moros en la costa, por lo cuál, con el único propósito de matar el tiempo, me doy a la tarea de reseñar esta cinta, que no acusa demasiada complejidad, aunque no por eso, en mi opinión, deja de ser un interesante testimonio de su época, y sobre todo, de gustarme por razones que no puedo justificar con argumentos demasiado sólidos al fin y al cabo. Alfredo Gurrola, de quien ya habíamos discutido hace tiempo, fue uno de los directores que se mantuvieron más ocupados durante la década de los ochentas, de cuyas cintas, curiosamente, se pueden conseguir fácilmente ediciones en el mercado, a precios relativamente razonables (eso sí, expedidas por industrias “gansito” y sin nada de características especiales). Con ello, y a excepción, según los más quisquillosos, de Llámenme Mike (1978), no quiero decir que se tratara de obras geniales, que por alguna razón, no dejan de ser sumamente populares, como lo prueban sus continuas proyecciones en la televisión y su situación como artículos de venta. Nuestra cinta de hoy no es la excepción, ya que aquí tenemos un aparato sonoro sustraído de los bancos de ruido, incluyendo la música (que he vuelto a escuchar en cualquier cantidad de otras películas, incluyendo La Noche de los Muertos Vivientes) y los abundantes balazos, obviamente. El defecto más notable para algunos sea quizás Mario Almada, y otro montón de exagerados intérpretes que desmantelan con saña la posible naturalidad que nuestra obra pudo haber tenido, sobre todo en la entonación de los diálogos. Para mí lo es la desangelada dirección del mismo Gurrola, que no supo imprimir siquiera un poco de espectacularidad, ignorando aun el socorrido recurso del montaje, a las pocas escenas de acción, el principal aliciente para el público frecuentador de estas cintas. Tal vez ésta sea la prueba más fehaciente de que se encontraba el señor muy ocupado trabajando para pensar en pequeñeces.


Sin embargo, Gurrola tenía una serie de guionistas frecuentes con ideas muy rescatables, tales como Reyes Bercini o Jorge Patiño (quien aparecía frecuentemente de gracioso en las colaboraciones de ambos). Para empezar, nuestra película de hoy, aunque se centra en las hazañas de un criminal (“ennegreciéndola,” si hablamos de género), no se adscribe a la “narco-cultura,” que se manifestaba en nuestro cine incipientemente, ya entonces con gran virulencia, sobre todo cuando los hermanos Almada eran convocados. El gusto de los artífices por la literatura policiaca de bolsillo, sobre todo la gráfica, destella fugazmente en algunos encuadres, que parecen intentar reproducir sus viñetas más comunes. Esto se manifiesta más acusadamente en las caracterizaciones, que para lograrse no necesitaron más que de colgar cigarrillos en la boca de los personajes, así como algunos espirituosos tragos, mientras cuentan sarcásticos chascarrillos, aderezados con tradicionales muletillas como “pitazo,” “discreto,” o “intuición” en el caso de las damas: claro, sin olvidar al típico médico borracho de la cita en nuestro subtítulo (Amado Zumaya, que comienzo a sospechar que algo así era en la vida real). La escena donde esto se pone de relieve más notablemente es durante la ejecución de un robo, en la cuál lo que no hay de pirotécnia sí lo hay de suspenso, en dosis moderadas y conservadoras, no obstante (de a "poquito porque es bendito," en otras palabras). Aunque no sin las omisiones pertinentes para no ofender a quien le cayera el saco, nuestra película puede presumir de cierta conciencia histórica cuando alude a las relaciones de servidumbre entre las autoridades nacionales y las de nuestro “buen vecino” (o patrón, como en mi caso), así como a los movimientos armados que se gestaban en Centroamérica, tanto revolucionarios como contrarrevolucionarios (que por eso no conviene vivir “en vecindad,” que luego se junta mucha “chusma” como decía doña Florinda). Tampoco vayan a creer que esto sea motivo para entusiasmarse demasiado, ya que las alusiones no pasan de ser poco más que someras. Lo más subversivo que alcanzamos a apreciar es a Guadalupe Pineda cantar y tocar la guitarra, interpretando una canción folklórica como para arengar "sublevados," de esas por las que casi todos la recordamos, en la que no se especifican nombres ni fechas. Creo que después de todo, tengo que retractarme respecto a la habilidad y los bríos de Gurrola en esta particular ocasión, por que además de estos elementos, que dan al conjunto cierta variedad, se mantiene una congruencia y cierto ritmo en el recuento de la historia medular, durante la cuál testificamos cómo se transforma a un vulgar ladrón en un convencido guerrillero, tomando sobre todo en cuenta las limitaciones presupuestales (característica del cine ochentero nacional en la que nadie se fija, como sucede con todos los “aciertos”), y el hecho de que se filmó en dos países, tratando de recrear un tercero, innominado y, presumiblemente, ficticio. En los 3 había, sin embargo, problemáticas muy reales.

Les pongo también un póster de la obligada secuela a nuestra película, concebida a consecuencia de su inusitado éxito. En esa instancia, sí se procuró poner al centro de la pista la fanfarria y las explosiones, logradas con sólo un poco más de suerte que en su antecesora, aunque a diferencia de ella, estuviera desprovista de cualquier vestigio que permitiera al espectador imaginársela como una obra mejor de lo que es en realidad. Sin embargo, se nota que para el autor cobraron un interés personal algunas escenas, en las que tuvo oportunidad de exponer lo que parecen sus propias aficiones, como la Fiesta Brava. Me lo supongo, por que no sería la última vez en su catálogo que incorporara elementos visuales de esta tradición, logrando una de las secuencias más acabadas en toda su carrera. Hay algunas otras que no están desprovistas completamente de originalidad, como la del duelo en lanchas sobre una laguna enrojecida por el atardecer, entre nuestro nunca bien ponderado protagonista y su archienemigo, el "polizonte" Noe Murayama (lo más destacable del plantel histriónico en ambas partes de la saga). ¡Y lo mejor, Mario Almada dejándose de andar sacudiendo las matas con su revólver y disparando, en repetidas ocasiones, una bazuca sobre los que vigilan el órden de "el país más próspero del mundo"!

2 comentarios:

Ivonne R dijo...

Qué ondas, Omar, acá visitando your blog, muy bueno!! Bien por las reseñas críticas. Seguiremos por aqui.
Saludos!!

Don Melón de la Huerta dijo...

Con estas cosas que reseño, me extraña que goce de alguna compañía, menos tan grata. Estoy pendiente del espacio de ustedes, que me habla mucho como inmaduro queriendo madurar, pero por lo pronto, calladito, más bonito...

Gracias por la visita!