domingo, mayo 18, 2008

The Abandoned (2006), de Nacho Cerdá.


Los Abandonados (2006): “Mi hija estaría buena para las películas.”

Francamente, mejor me hubiera gustado poner, en vez de mi acostumbrada cita graciosa como subtítulo, un fragmento de La Misma, memorable canción de Chente Fernández que dice: “Pa' variar un poco, otra vez la misma, esa que me llega hasta el corazón; El Abandonado, tóquenla de nuevo, tóquenme diez veces la misma canción.” Como se habrán dado cuenta, disfruté la experiencia sobremanera, y quién sabe si hubiera sido lo mismo de otro modo: No sé si sea porque las circunstancias me llevaron a entrar sólo a la sala de cine cuando la pasaban, o fuera tal vez por que iba predispuesto muy positivamente gracias al escueto, pero impresionante currículum de Nacho Cerdá, el hábil y meticuloso artífice de nuestra cinta de hoy. 

Éste es nada menos que el responsable de Aftermath, un multilaureado cortometraje, mejor conocido (y malinterpretado) como uno de los espectáculos cinematográficos más excesivos en lo referente a patologías sexuales, que hurga en las profundidades hasta donde puede llegar el ser humano al dársele oportunidad de profanar los límites sagrados que debe guardar con sus semejantes, cuando estos no pueden hacer nada para evitarlo. En realidad, esta magistral obra, en la que el fotógrafo saca ventaja de cada rincón y haz de luz de los que dispuso en los apretados confines que le dieron para trabajar (las pelonas paredes y oxidadas mesas de disección de un anfiteatro), es la segunda parte de una trilogía con un concepto muy definido: Explorar la experiencia de la muerte desde los más diversos ángulos y claustros igualmente desagradables y encerrados, que es donde parece rondar la parca la mayoría del tiempo. The Awakening, la primera parte y un ejercicio estudiantil todavía, nos la expone desde la perspectiva del individuo en el momento justo que llega (y debe haber sido un trabajo muy personal, ya que toma lugar en un salón de universidad, que me recordó a mi estado los lunes por la mañana que llego a clase). La última, Génesis, nos ubica tras la mirada de los que deben quedarse a sufrir “en este valle de lágrimas” tras la pérdida de un ser querido, y cómo a partir de la irremediable separación comienza también la propia muerte del doliente: Mientras, irónicamente, y según las enseñanzas de la religión, este evento para el difunto representa el inicio la Vida Nueva. 


Para algunos que ya conocen los antecedentes de Cerdá, su obra de hoy les parecerá, como diría mi Chente, la “misma canción.” Tal vez tengan razón, pero para mí resulta esta instancia, por otro lado, una muestra de su interés y cultura respecto al tema, ingredientes fundamentales para el adecuado manejo de cualesquiera que sea el tópico. Con sólo un puñado de locaciones para hacernos partícipes de sus horrendas pesadillas (o más bien, complejos planteamientos), como acostumbra desde un principio, Cerdá nos ubica en el brevísimo umbral que nos separa del Hades, y nos pone a reflexionar, desde el olvido más profundo, así como el lugar y tiempo más remotos, en lo que “habría sido.” Si no me equivoco, es común relacionar ciertos episodios gratos o desagradables de nuestro pasado con los espacios en donde ocurrieron, lo cuál da lugar a la creencia de que al regresar ahí volveremos a vivirlos. En este caso, la decisión es difícil para nuestra protagonista, ya que interviene el poderoso factor de la curiosidad ante el desconocimiento de sus propios orígenes, cuya posible revelación la atrae irresistiblemente. Sin embargo, dicha posibilidad le da ocasión también de reflexionar, una vez que repara en la distancia que media entre sus supuestas raíces y el lugar hasta donde ha logrado llegar a través del sinuoso camino de su existencia, si en realidad vale la pena hurgar en un pretérito que, después de todo, nunca ha tenido ninguna influencia en ella, o si es más conveniente seguir haciendo de cuenta que es una criatura de la Generación Espontánea. De esta manera, Cerdá pone en un segundo plano el común y corriente recuento de una ficción, con sus detalles particulares (nombres, datos, fechas), e intenta, con muchísimo éxito para mí, ilustrar con el método narrativo, una abstracción, remitiéndonos a la extraña dimensión del tiempo subjuntivo; aquella en la que pulula lo que no tiene lugar en la realidad objetiva. Quien no tenga esta impresión, al menos no podrá negar que se nos ofrece a la vista la escalofriante experiencia de testificar, literalmente, los gemidos y lamentaciones, en la vasta eternidad, de los fantasmas de quienes somos en este momento, todavía en vida. 


Para los que, fastidiados, estén exclamando que ya voy a empezar con mis rollos otra vez, y en vista de que nuestra obra no carece del todo de un argumento, se los contaré, afirmando nuevamente que éste sólo sirve como punto de partida a nuestro autor para intentar trascender en la novedad. Nuestra protagonista, una señora ya madura dedicada a la producción cinematográfica, el día menos pensado recibe la noticia de que acaba de heredar una propiedad, que supuestamente perteneció a sus padres biológicos, de los que no sabía nada hasta el momento. El único detalle es que la finca que se propone reclamar está hasta Rusia (para los que se quejan de que el programa del Infiernavit las da cada vez más lejos de la Glorieta), lo cuál pasa por alto, ya que no puede resistir la curiosidad de saber quienes fueron sus progenitores. Una vez allá, se encuentra, para su sorpresa, con un hermano de sangre, con quien se interna en el apartado sector del bosque, aislado por las corrientes de un caudaloso río, donde se ubica su nuevo patrimonio para ver en qué estado se encuentra. Una vez ahí, se rompe el puente que une a ese lugar con el resto del mundo, y ambos personajes se pierden asimismo el rastro, encontrándose en su lugar, como lo mencionaba, con sus propios espectros. Se dan entonces cuenta del porqué la gente que se ve en la necesidad de salir huyendo va casi siempre a parar tan lejos, y de que cometieron un error muy grave al haber regresado a su “tierra.” Entonces la señora decide que, primero Dios, si logra salir con vida de esa, ha de ahogar su pasado y seguir adelante, como si nada hubiera ocurrido. Para decepción o júbilo del espectador (nada en medio), la mujer ve contestadas de buen grado sus plegarias por los cielos, y le toca al espectador prospecto averiguar de qué forma. 

Y pues ya que nuestro autor se empeña tanto en reiterar sus intereses, pos seguiré su ejemplo. Como sucede con Holocausto Caníbal, El Fotógrafo del Miedo, y un buen porcentaje de mis películas predilectas, creo haber percibido en nuestra cinta una poderosa reflexión respecto al medio cinematográfico mismo, por lo cuál la pongo en la categoría de las anteriores. En realidad, es muy significativo el hecho de que la protagonista, confrontada con tal disyuntiva, separada por uno sólo de sus propios pasos de la muerte, se dedique al cine. ¿Acaso no es una película un considerable despliegue de recursos y energía invertidos en algo que no sucede realmente? 

2 comentarios:

Ivonne R dijo...

Vi la película de Cerdá, ésta que comentas. No fue, como bien dices, lo mejor del mundo; está entretenida, buen suspenso, dominguera en fin. Precisamente lo que me gustó es esto que comentas: si se piensa, uno trae su propio monstruo consigo..o fantasma (como se quiera ver).
Saludos!!

Don Melón de la Huerta dijo...

Yvón:

Pues es buen comienzo el hecho de que hayas sabido apreciar ese detalle de los "dobles." Yo la he visto muchas veces, y la verdad, de alguna manera apoyo mucho lo que hace este cuate, y si la puedes ver de nuevo, creo que te gustará un poco más. A las películas de horror muchas veces se les presta menos atención de la que merecen...

Gracias por la vuelta!