
He Who Gets Slapped (1924): “ ¡Adelante, amigo: Dame la última cachetada!”
Antes de empezar, me gustaría extender mi más grande agradecimiento y dedicar la entrada de hoy a Cachi y a El Profe Gafapasta, dos de mis más grandes amigos, por darme la oportunidad de vivir esta maravillosa experiencia, y, en virtud de mis deficientes modales como invitado, -especialmente en el sentido de que soy bastante ruidoso y abusivo-, enseñarme lo que es la genuina hospitalidad, mostrando una paciencia verdaderamente estoica.
Hace mucho que no veía una película de Lon Chaney. Antes del sábado antepasado, lo único que conocía de él era El Fantasma de la Ópera, que no me pareció más que una película de horror efectista, sin pretensiones de otra cosa, y muy rudimentaria respecto al resto del catálogo “clásico” del género. Tuve dicha oportunidad en una clase de cine en la que se nos proporcionaron algunos datos más como preámbulo para una “mejor” apreciación de esta regular obra. Su protagonista era también conocido como “El Hombre de las Mil Caras” en virtud de sus habilidades para caracterizarse, incluso con maquillajes y prótesis diseñadas por sí mismo, que desperdició, a decir del encargado de aquella presentación, en un montón de melodramas entre los cuáles no había ninguno qué destacar, salvo por los acabados disfraces con los que en ellos solía ataviarse. La cinta que en aquella ocasión repasaríamos constituía, tal vez por ser distinta en su tono emocional a las que conforman el resto del legado de Chaney, su “obra maestra,” lo cuál al final, me sorprendió sobremanera y me llevó a lamentarme por el sin embargo formidable actor. Invitado a ver una película de irredimible baja factura, -ya que de otra manera posiblemente no me habría animado-, que esperaba sólo nos sirviera a mis anfitriones y a mí para matar miserablemente el tiempo entre alguna que otra risa de sardónica y ensañada burla, me llevé quizá la sorpresa más grande de mi vida con ésta genial y exquisita joya injustamente olvidada, que, irónicamente, aborda la tendencia del ser humano de nutrirse y cifrar su alegría en el dolor y la miseria ajenas. Comprobé con enorme tristeza, sopesando el pésimo juicio de mis instructores con la flagrante evidencia, que en las clases de cine que opté por tomar aquí en la Unión Americana no hicieron otra cosa que robarme y engañarme inclementemente.
De entrada, nuestra cinta es un “refrito” de una obra rusa anterior, hecha en 1916. Sin embargo, se salva de ser descartada por el espectador prejuicioso cuando éste observa acreditado a Víctor Sjöström (con el apellido adaptado para facilitar su "integración" al infalible canon anglosajón) como director en los títulos. Como la mayoría de ustedes sabrán, el señor es toda una institución en el teatro y en el cine no sólo de su natal Suecia, sino del norteamericano, con todo y que su paso por él haya sido relativamente breve. Cuando menos se le recordará como aquel a quien Ingmar Bergman, -obligado referente cinematográfico y uno de los creadores más importantes y originales de todos los tiempos-, llamara en reiteradas ocasiones su maestro, y por haber protagonizado también Fresas Salvajes, quizá la obra maestra de su aprendiz. Nuestra cinta narra las vicisitudes de un joven científico, cuyos sueños y su carácter se ven irremediablemente arruinados al robársele la paternidad de sus múltiples invenciones, - y hasta la esposa de pasada-. El autor de dicha canallada es nada menos que aquel a quien consideraba su benefactor y amigo. Su tremenda desilusión por la humanidad y, por supuesto, el injusto y total despojo del que ha sido víctima, lo llevan a negar su personalidad y su pasado. Logra dicho objetivo al conseguir empleo en un circo como payaso. Una vez instalado en esa faceta, le toca desempeñar la faena más denigrante, pero a la vez, la más popular e imprescindible en todas las rutinas del grupo del cuál forma parte: La del que aguanta los cachetadones, que cada vez que se le aplican deben observar la cualidad del “realismo,” a riesgo de no complacer a la audiencia si acaso se nota demasiada "trampa y cartón" en ello. Para exacerbar la estupidez del personaje que interpreta constantemente, y de cuál el público parece no tener llene, adopta el mote de “He” (pronombre en inglés equivalente a “él”), subrayando de esta manera la falta de amor y respeto propio que, paradójicamente, le granjean su mayor protagonismo y ser considerado el clímax del espectáculo del que forma parte. Sin embargo, dicho modo de vida no merma el refinadísimo gusto de nuestro personaje, quien se enamora de Consuelo (Norma Shearer), encargada de las acrobacias ecuestres de las que en cada función disfruta el público. A partir de este momento se desarrollan un par de argumentos más. Uno de ellos involucra al mismísimo Chaney interpretando al nuevo compañero de acrobacias de Carmen, quien va compenetrándose cada vez más íntimamente con su compañera de aventuras. Al mismo tiempo, He se entera que el dueño del circo ha negociado en secreto matrimoniar a la huérfana Consuelo con un acaudalado empresario (a quien nuestro personaje principal reconoce como el autor de su ominosa ruina). Se apresura entonces a confesar el secreto e incondicional amor que siempre le ha profesado, y a impedir a toda cosa que la negociación (que no es otra cosa al fin y al cabo), cuyos detalles ella desconoce por completo, llegue a concretarse. Aprovechando la ocasión, el payasito planea vengarse de las constantes humillaciones a través de un cruel y sanguinario plan, que al espectador (como fue mi caso) se le antojará, ni más ni menos, que a la pura medida de la terrible agonía que soportó durante tanto tiempo en silencio, al igual que el apasionado amor que profesa por la hermosa acróbata.
Va a ser para mí sumamente difícil hacer un juicio sobre esta maravillosa cinta sin que parezca que el verdadero afán es quedar bien con alguien. Tal vez tendría objeciones respecto a algunos de los actores secundarios. Sin embargo, éstas puedan parecer ridículas una vez que tomamos en cuenta que, al menos aquí, se expresan claramente con instancias inimaginables para el actor y el espectador contemporáneos, que no conciben como cine nada que no tenga color, sonido, y, -recalco-, un diálogo que nos ayude a asociar los “bisajes y musarañas” de los actores con nuestra propia experiencia; hazaña que, sin embargo, un puñado de obras como ésta han podido lograr, gracias por mucho a que ha habido directores con las suficientes herramientas y bastante qué desayunar para hacer del cine no sólo el vehículo de entretenimiento popular, sino el “Séptimo Arte,” cada vez más según el consenso, a pesar del abismo en el que parece irse sumiendo irremediablemente. Nuestra cinta no sólo resulta eficiente a todos niveles, empezando por su magnífico argumento, sino que, a mi juicio, insinúa novedosos conceptos de gramática cinematográfica que posteriormente otros, al denominarlos tal como los conocemos y cifrar su estilo en ellos, se han atribuido tradicionalmente. Desconozco tanto la adaptación anterior y la que en los cuarentas hiciera el español Alejandro Casona de ésta, que fue al parecer originalmente una pieza teatral. Se nos ubica aquí en el mundo del circo, lo cuál nos sirve, entre otras cosas, para reflexionar en la vida como representación, y hacer énfasis en el desgraciado hecho de que tanto en él como en nuestras relaciones con los demás y nuestro medio, parece ser mejor para nosotros cuanto más cruel sea el espectáculo.
Como en todo melodrama, los personajes son bastante chatos y desprovistos de cualquier matiz o profundidad. Esta aparente desventaja sirve a los artífices y adaptadores, sin embargo, para concentrarse fijamente en uno sólo, haciendo de él un minucioso estudio donde se analizan a un profundo nivel las características del arquetipo más socorrido de todos los tiempos, -y a últimas fechas uno de los más pervertidos, con el advenimiento del cine de “acción” y otras “expresiones” dedicadas a glorificar la violencia y la “hombría”- . Por supuesto, una vez visto el producto final, resulta imposible pensar en otro que hubiera podido sacar una asignatura de este tamaño adelante además de Lon Chaney, que apenas me doy cuenta por qué es considerado como el mejor actor de carácter de todos los tiempos, a pesar de salir en puros “melodramas” de estos (y eso que ni fue a la escuela, como mi Gael). Interpretando en varias ocasiones hasta en una misma escena dos papeles, que bien podrían considerarse tres por la radical transformación, casi a nivel orgánico, que uno de ellos sufre, el inmortal Hombre de las Mil Caras cubre las igualmente numerosas bases que aquellos de quienes en esta ocasión recibe órdenes le plantean, ilustrándonos los a su vez inusitados mil bemoles y claroscuros que el rostro del héroe, personaje tradicionalmente considerado como “fácil” por el histrión, puede llegar a tener.
De acuerdo a la antigua épica, los precedentes obligados como el Hamlet, e incluso los textos bíblicos, un verdadero héroe, antes de alcanzar ese estatus o, como en el caso de Jesús o Heracles, convertirse en deidad, debe sobrellevar devastadoras pérdidas y ser sumido en la más profunda desgracia. De la misma forma, se puntualiza en ellos, tal como en el mítico ejemplo de la caverna que Platón nos da en su República, el obligado descrédito del que son objeto por parte de la mayoría, que a consecuencia les acarrea el vilipendio, la burla y las más crueles humillaciones, a pesar de ser los únicos en decir la verdad y dar un ejemplo virtuoso con su conducta. Más de una vez hemos visto al héroe en este tipo de literatura juzgado de loco o vestido de payaso, -u cualquier otra clase de mamarracho-, y desapercibido por todos; incluso al mismo David bíblico, como mi gran amigo Marlon me lo ilustró alguna vez. A pesar de que cabe la sospecha que una de las fuerzas motivadoras de nuestro payaso haya sido la revancha, y que hubiera un ingrediente decididamente cruel, nuestro protagonista, como en la mayoría de los casos citados, procede de acuerdo a la ética aristotélica, que prescribe, más o menos de la misma forma que en algún pasaje del Mahabharata, que "más vale dejar ir el mundo entero en pos del alma." Dicho cometido se cumple aquí en la forma ideal, ya que el protagonista antepone la alternativa más moral y conveniente para la mayoría, -representado en la “virginal pureza” y nobleza de espíritu de su amor platónico-, a su propia vida y sus anhelos. Tanto así, que de esa forma deja el camino libre al recién contratado y apuesto jinete que acompañara a su idolatrada Consuelo en su espectáculo (¡interpretado por el mismo Chaney, por si fuera poco!) para que ambos “vivan su romance en paz,” como diría Amanda Miguel, logrando así su propia redención y “que a nosotros no nos olvide Dios.”
Además de los payasitos dándole vuelta al globo terráqueo entre cada secuencia, -detalle que recuerda a la Madre de los Tiempos tejiendo chambritas (o no sé qué cosa) en la Intolerancia de D.W. Griffith (entiéndase por su película, no vayan a andar pensando)-, Sjöström aprovecha bastante bien la alegoría del circo como representación de la vida y viceversa. El ejemplo, -y valga la rebuznancia-, más ilustrativo a mi juicio, es aquella conmovedora escena donde el payaso, después de pasar una humillación más de las tantas con las que alegra a su implacable público cotidianamente, les reciproca su satisfacción desde el suelo, -o pa’ los que no entiendan, se las regresa-, imaginándoselos pintados como él. La escena que más difícilmente podré olvidar de tantas que hay para escoger, es aquella donde Consuelo enmienda, literalmente, el roto corazón del payasito, la cuál corresponde a una toma de conciencia y, por lo tanto, un momento trascendente en el desarrollo del protagonista, que hasta ese momento, en mi opinión, había permanecido inactivo y resignado a su miseria. La aportación de Sergei Eisenstein, al identificar y aplicar las propiedades del “montaje” en el cine, constituye un legado de vital importancia para su integral comprensión. Sin embargo, me parece en cierta medida equivocado atribuir la introducción de dicho artificio a este autor una vez que observamos que la concatenación de imágenes en nuestra obra de hoy, a diferencia de otras "obras maestras" de la época, observa muchas de las funciones descritas por él. Además de que el criterio de intercalamiento en la escena donde el protagonista se ve “reflejado” en su público logra en el espectador asociaciones “figurativas” similares a las que Eisenstein evoca en su Octubre, el cadencioso ritmo que éste describe, sobre todo en las secuencias finales que alternan vertiginosamente un par de subtramas, no sólo le proporciona excepcional dinamismo a nuestra obra, sino una creciente expectativa que, al menos en mi caso, sería difícil equiparar mas que con contadísimas instancias (sobre todo del cine anterior a algunas décadas). Cabe acotar que esta película la vi sin la ayuda de los adelantos modernos que tan cómodas hacen nuestras vidas. Por ejemplo, después de cierto momento mis anfitriones decidieron prescindir de la banda sonora, -que en estos casos siempre resultan estar “sobrepuestas-,” dejándome sin qué me “ayudara” a "comprender" el argumento ni a “permanecer atento” a él. Bueno, ya que les confesé ese detalle, retiro pues lo dicho sobre la tecnología: Mis anfitriones sí le tuvieron que poner pausa en una ocasión por que, a causa de la generosa cantidad de “vitamínicos” que hasta ese momento me había recetado, ya me estaba haciendo chi.
Pues aquí está mi breve explicación para aquellos que no entendían aquella expresión de “tirar” algo o a alguien “al león.” Después de leer el sexto capítulo del libro de Daniel en la Biblia, pues ya hasta me están dando ganas de empezar a hacer caso de aquello que dice en el cerro más característico de Juárez. Y les repito; no por quedar bien con nadie , sino nada más que el puro gusto de hacerlo, -y claro, también por lo que desayuné ahora en la mañana-, ahorita mismo voy a actualizar mi perfil, a ver si en mis listas de favoritos notan alguna diferencia. Tal vez el único “pero” que le pondría a esta película es que la primera vez que se interpretó la pieza teatral original aquí en el país más ejemplar que pueda concebirse, con la excepción del personaje de Consuelo (tal vez por lo significativo de su nombre, incluso para nosotros los mexicanos que en este caso creo que utilizamos el apócope de "Concha"), se optó mejor por identificarlos según su oficio, condición o características más prominentes. En virtud de la impecable factura y emotividad que engalanan nuestra obra, me pregunto por qué habría de agregársele ese innecesario detalle a los personajes. Me despido con unos versos que me parecen muy a propósito del tema de hoy, y sobre todo, muy certeros y de una belleza extraordinaria. A ver si me adivinan el título y el autor:
"¡Cuántos hay que, cansados de la vida, enfermos de pesar, muertos de tedio, hacen reir como el actor suicida, sin encontrar para su mal remedio! ¡Ay! ¡ Cuántas veces al reir se llora! ¡ Nadie en lo alegre de la risa fíe, Porque en los seres que el dolor devora el alma llora cuando el rostro ríe! Si se muere la fe, si huye la calma, si sólo abrojos nuestra planta pisa, lanza a la faz la tempestad del alma un relámpago triste: la sonrisa. El carnaval del mundo engaña tanto, que las vidas son breves mascaradas; aquí aprendemos a reír con llanto, y también a llorar con carcajadas."















