domingo, junio 19, 2011

El Regreso de Don Melón: Con Su Reseñuca de Mi "Siete en la Mira."

Esta película está ya un poco vieja, así que no les pude conseguir el cartel original que era bastante llamativo, pero chequen el enlace en el nombre del artículo a ver quién los quiere:



Siete en la Mira de Pedro Galindo III como representación de la frontera.

La impresión inmediata del espectador que se enfrenta por primera vez a la cinta Siete en la Mira (1984), dirigida por Pedro Galindo III y escrita por Gilberto De Anda, es que se trata de un Western sumamente violento y, en cierto modo, malogrado. Seguramente por razones presupuestales, podría parecer que tuvo que rodarse en las precarias condiciones que sin mucha dificultad en ella se pueden apreciar. Estas carencias son evidentes en el uso de locaciones prestadas, una mayoría de actores no profesionales en el reparto y música de fondo genérica o del dominio público, entre otras cosas. Sin embargo, uno de los recursos que resultan más destacables para sortear estos obstáculos de producción es la suerte de “actualización” que se hace de lo que en un primer momento parece tener la intención de ser no otra cosa que una cinta del Oeste. El argumento de dicha cinta se contextualiza entonces en un ámbito marcadamente fronterizo. Los villanos y héroes se caracterizan de modo que haya un evidente contraste entre ellos en virtud de su procedencia. Esto parece tener la intención de establecer una distinción entre el ámbito rural y el urbano en función del bien y del mal, respectivamente. De la visión que el cine del Oeste tradicionalmente proyecta de este espacio geográfico se pueden deducir dos fuerzas impulsoras: el aislamiento y la pugna constante no sólo con las hostiles condiciones del clima y del espacio. También en este género resaltan la lucha de un grupo étnico dominante en pos de imponerse a los demás no sólo en el dominio del territorio espacial sino también en el moral e ideológico. Este trabajo pretende poner de manifiesto la presencia de dichas tensiones en el cine de la frontera y cómo éstas se conciben de una forma similar a las del cine del viejo Oeste.

Norma Iglesias menciona el surgimiento de un subgénero denominado “western fronterizo” en la primera etapa en la que el cine nacional comienza a abordar temas de esta zona, aseverando al respecto: “Los Westerns Fronterizos se cuestionan de alguna manera las diferencias culturales entre México y E.U. (…) Algunos se desarrollan en alguna ciudad fronteriza real o imaginaria (Iglesias, Entre Yerba, Polvo y Plomo, 37).” Algunos títulos tardíos de éste subgénero parecen derivar de aquel con el que se identificó al cine “de vaqueros” producido en Italia en pos de imitar un modelo norteamericano desde mediados de los sesentas. Dicho género se denominó “Spaghetti Western,” de la misma forma que algunos periodistas, con la intención de aludir a la comida típica del lugar donde se rodó El Mariachi (Robert Rodríguez, 1991) dieron una vez que se estrenó en llamarlo “Taco Western (Corliss).” Sin embargo, en virtud de la modernización de los elementos contextuales que a partir de Siete en la Mira se aplican a este género, cuya primera intención fuera tal vez la de recrear esa época, es destacable la relación que se insinúa entre el concepto del Viejo Oeste y la Frontera como lugares incivilizados en donde, como en el caso de esta película, se debe eliminar al “otro” para que se reanuden la paz y el orden. Por otro lado, es pertinente indagar qué tipo de público popularizó y consagró este cine y cómo se concibe a sí mismo. Se debe también tomar en cuenta que los elementos argumentales, estereotipos y contexto geográfico de éste se rescatan aun muy frecuentemente en la cinematografía no sólo de Estados Unidos o México sino de otros países. Hay además de las películas producidas en Estados Unidos que toman como base para su desarrollo este ámbito otras que reflejan la misma visión. Se pueden citar como ejemplos Perdita Durango (1996) de Alex de la Iglesia o Atolladero (1994) de Oscar Áibar, ambas producidas en España: ésta última, curiosamente, con un enfoque futurista en base a los mismos elementos argumentales y estereotipos del “Western Fronterizo.”

Norma Iglesias señala también algunas características básicas del cine fronterizo, que no necesariamente tienen que ver con que el tema de determinada película aborde la problemática propiamente dicha de esta zona. En virtud de éstas, no es difícil insertar esta cinta dentro de dicho canon:

“The most recent kind of border cinema is characterized by a crisis of cultural identity in which the characters confront an encounter of two national cultures. These narratives could happen in Tijuana or Los Angeles as well as Chicago or any other city in México or the United States. In this new kind of film, the border functions as a symbol or cultural barrier rather than as a geopolitical line. Considering all of the above, border cinema may therefore be defined in a broad fashion. A border film must include at least one of the following characteristics:

1. Its plot, or a significant part of it, develops on the U.S. Mexican border;

2. It refers to a character who lives in the border;

3. It deals with the problems of being Mexican in the United States;

4. It´s produced on the border; or

5. A significant part of the plot deals with the problems of confrontation between Mexican and American culture. (Iglesias, “Reconstructing the Border…,” 234)."

Aunque los realizadores de esta cinta tratan en la medida de lo posible de plantear un contexto indeterminado, son evidentes en ella los referentes a la cultura mexicoamericana. También lo son otros detalles que evidencian el lugar donde toma lugar la historia y el público al que está dirigida. El primer enfrentamiento en el que se involucran la pandilla de “punks” es contra otro grupo compuesto por lo que en el argot popular se conoce como “cholos,” una moda y estilo de vida identificado principalmente con la cultura chicana. Los héroes de la película ostentan no sólo nombres que denotan una amalgama entre la cultura mexicana y la norteamericana, sino títulos de autoridad propios de las instancias policiacas estadounidenses. Sin embargo, los pueblerinos observan costumbres y tradiciones que se pueden asociar más fácilmente con la idiosincrasia del norte de México, como los bailes al son de la polka y la moda ranchera: aspectos que los distingue de sus enemigos. Cabe también preguntarse porqué se opta por filmar esta cinta en una ciudad del la frontera texana con México como lo es Brownsville y no más al interior de ninguno de los dos países, además del ahorro que para los productores de esta cinta pudo haber representado el filmarla fuera del sistema cinematográfico mexicano, altamente costoso en virtud de la sindicalización.

Por lo tanto, es pertinente también para el propósito de analizar Siete en la Mira dar cuenta de algunos de los principales ejes de su argumento. Este gira en torno a la llegada de un grupo de motociclistas de aspecto “punk” a un pequeño pueblo rural estadounidense poblado por chicanos. Inmediatamente después de esto ocurre un doble asesinato en extrañas circunstancias. Las víctimas son uno de los pandilleros y una muchacha del pueblo de la que éste intenta abusar sexualmente. Cuando corre la noticia del crimen, Vikingo, el líder de la pandilla (Jorge Reynoso), exige la captura del asesino de su compañero. Sin embargo, el Sheriff del pueblo (Mario Almada) les pide que se vayan, argumentando que ya hay un sospechoso y que, al fin y al cabo, él es el encargado de procurar la justicia. En vista de la actitud de la autoridad local, el grupo decide entonces tomar la escuela y la cantina locales, secuestrando a quienes se encuentran ahí para que se les entregue al presunto culpable. El sheriff, ante las presiones de los pandilleros, sostiene que el sospechoso bajo su custodia debe ser juzgado conforme a la ley y que, si acaso tuviera la certeza de que fuera culpable, no se los entregaría a ellos sino a las instancias correspondientes. Uno de los secuestrados en la escuela es el hijo su hermano (Fernando Almada), jubilado de la misma corporación. Éste intenta escapar y es asesinado por uno de los pandilleros. Entonces el sheriff y su hermano emprenden una campaña para recuperar los lugares sitiados a como dé lugar, acabando de paso con el resto de los miembros de la pandilla.

De acuerdo a lo aseverado anteriormente sobre el cine del Oeste como lugar incivilizado, hay varios detalles dignos de tomar en consideración respecto a la representación del contexto en el que se desarrolla la historia, así como los móviles de los personajes en función de las consecuencias de sus actos. Uno de los principales detonantes de la acción parece ser el rechazo que desde un primer momento manifiesta el sheriff hacia la pandilla sin otra razón aparente más que su peculiar manera de vestir y sus costumbres, que representan una amenaza para el orden que como autoridad pretende salvaguardar. El sheriff, con la aparente excusa de que una de las unidades de su corporación le notificó que los pandilleros circulaban a exceso de velocidad por la zona urbana, les advierte que lo más pertinente es que dejen el pueblo lo más pronto posible. El líder de la pandilla, al percibir el rechazo de la que ésta es objeto por parte de la autoridad, decide confrontarla, instigando a sus compañeros a ir a la cantina del pueblo, que a lo largo de esta cinta parece representar el lugar de reunión pública por excelencia. Una vez ahí, uno de los pandilleros, creyendo percibir un gesto de coquetería de parte de una de las concurrentes, la sigue hasta su casa y decide atacarla en virtud de su error de percepción. El ayudante del sheriff, quien en el momento del primer encuentro entre ambos con la pandilla le recrimina no haber tomado medidas más drásticas, encuentra la ocasión perfecta para deshacerse del novio de una chica a la que pretendía, asesinando con el arma de éste al pandillero violador y creando así una situación que a primera vista podría parecer un crimen pasional, del cual fácilmente se podría culpar al novio. Estos primeros detalles ponen en entredicho las percepciones morales de quienes se ostentan como representantes de la justicia, que en función de la singularidad en las costumbres de los individuos que visitan el pueblo presuponen que causarán problemas. Es justamente uno de ellos quien, movido por sus intereses personales y valiéndose de tales suposiciones transgrede realmente el orden.

En virtud de esto, parece que la película proyectara una escala de valores en la que se da prioridad a un determinado conjunto de costumbres y apariencias sobre la justicia propiamente dicha. El hecho de que el sheriff, quien sabía de antemano el punto de reunión de la pandilla, no les notificara del deceso de su compañero y no fuera hasta que éstos salieran a buscarlo por el pueblo que se enteraran de su muerte despierta en ese sentido varias sospechas en el espectador. De la misma forma, a pesar de que en ningún momento pueden justificarse la serie de medidas que los pandilleros toman para reclamar justicia, se puede concebir en principio tal reclamo hacia las autoridades como legítimo. Además, no recurren a la violencia hasta una vez que el sheriff les pide abandonar el pueblo y dejarlo todo en sus manos, negándoles así el derecho a saber los pormenores del proceso de investigación y, tácitamente, de disponer del cadáver de su compañero para sepultarlo. Tampoco durante la auténtica cacería que emprenden los personajes que interpretan los hermanos Almada contra ellos se les detiene para sometérseles a juicio, optándose mejor por matarlos. Esto es sobre todo evidente al final, cuando los líderes de ambas partes del conflicto se enfrentan en un duelo en el que, en primer lugar, Vikingo se encuentra en clara desventaja ante su adversario y es liquidado por el sheriff ante los ojos de los demás habitantes del pueblo. Ésto además insinúa un ánimo revanchista de parte de ellos y del sheriff, que cobra prioridad sobre su obligación de obrar en un marco de legalidad ante ese tipo de situaciones y servir como ejemplo de civilidad. Además de las continuas referencias a este grupo de motociclistas como “buitres,” “desalmados” y “cerdos,” así como su exagerada representación como individuos violentos y ostentosos, se deja de lado que su reclamo por esclarecer el asesinato de su amigo es legítimo. La representación de los habitantes del pueblo resulta, por otro lado, una imagen muy idealizada del ámbito campirano, como para contrastar con la figura de los “punks,” que podrían en este caso concebirse como la encarnación de la decadencia propia del contexto urbano.

Respecto a lo anterior, es pertinente citar el siguiente fragmento de una entrevista que Norma Iglesias hiciera a Don Mario Almada respecto a su visión del contexto urbano en oposición al campirano, que en esta cinta juega un papel fundamental. Este actor protagonizaría gran parte del cine fronterizo mexicano perteneciente al canon del “western fronterizo:”

“Yo soy gente del campo, gente que quiere a la tierra, por eso se me hizo la cara dura, arrugada, y es muy diferente. Nosotros tuvimos éxito porque somos verdaderos norteños y conocemos bien la frontera. Todo mundo lo dice. Todo mundo nos identifica por eso: somos norteños, tenemos el modo norteño… Los del norte somos muy firmes, muy hombres, aunque hay de todo. Se trata de gente muy definida en su modo de vestir, como en su modo de hablar, en su sinceridad. Se trata de tipos bien forjados, bien hombrecitos, como es la gente de casi todo México, pero de gente buena. La gente del norte es sufrida, por el clima: calores y fríos extremos. Tierras áridas, aguas no buenas y escasas. Sus hombres, bien hombres y las mujeres, más atrabancadas, más secas en su modo de hablar (Iglesias, 124).”

En este sentido, esta película parece justificar una visión de la frontera como un lugar bárbaro y aislado, pero a la vez independiente de las leyes de lo que se concibe como el mundo civilizado, en el que sus habitantes, acostumbrados a defenderse por sí mismos de las inclemencias y retos propios del ámbito geográfico, tienden a rechazar asimismo las influencias de dicha civilización que, por un lado, les ha negado una auténtica pertenencia y representación en los proyectos nacionales de los dos países que delimita, y por otro, les impone un régimen más estricto como bastión de la identidad y la soberanía. De acuerdo a Manuel Ceballos Ramírez, parece ser que los gobiernos de ambas naciones no han comprendido cabalmente que:

“…si aparentemente la frontera es lugar de paso y de pasajeros hay otra sociedad que no está condicionada por el efímero sentido del paso, sino que ha convertido al hecho mismo de pasar en algo no efímero. Hay quien está fijo en la frontera por propia opción y destino, no solamente con el carácter de pasajeros o porteros de la frontera sino de seres humanos que viven en ésta y la han hecho su hábitat natural y social (4).”

Esto es evidente en el rechazo que desde un primer momento se muestra hacia “el otro,” representado por los “punks.” Como ya se mencionaba, se nota que la población del innominado pueblo es predominantemente chicana en varios detalles. Algunos de estos podrían ser el nombre anglosajón y apellido mexicano que ostentan la mayoría de los personajes, como el del sheriff. Es también digno de tomar en cuenta que este grupo étnico ha sufrido políticas discriminatorias tanto del gobierno estadounidense como mexicano y muestra en esta situación una gran inflexibilidad a pesar de haberla sufrido en carne propia. Este detalle apunta a algunas actitudes de ésta gente que señala Zúñiga, haciendo uso de lo aseverado por Pablo Vila, en su artículo “Fronteras Intraétnicas:”

“Mucha gente asume que los mexicanos y los mexicoamericanos que viven a lo largo de la frontera constituyen una población homogénea. Sin embargo, y a pesar de los orígenes comunes, muchos residentes fronterizos no se ven a sí mismos como perteneciendo a un mismo grupo. Este hecho se hizo evidente cuando en vísperas de la aprobación del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos, la patrulla fronteriza de la ciudad de El Paso (al mando de un nativo de la zona, Silvestre Reyes) practicó una nueva estrategia para detener el flujo de inmigrantes indocumentados. La nueva táctica, denominada Operación bloqueo, concitó un casi unánime apoyo de parte de los paseños… (21).”

Los chicanos son considerados, especialmente por los mexicanos que viven en territorio nacional, más intransigentes y desconfiados respecto al trato con los extranjeros, incluso con la gente de su mismo origen étnico. Zuñiga agrega: “Así pues, para los mexicoamericanos, los mexicanos somos indeseables porque solamente les llevamos pobreza, desorden, machismo, fanatismos, servidumbre y otras cosas lindas por el estilo (22).” Por otro, como ya se apuntaba, se propaga aquí una imagen del territorio propio a la frontera como un lugar del que los gobiernos centrales se han desentendido y en el que sus habitantes deben echar mano de sus propios recursos para afrontar situaciones como las que plantea la película. Esta situación es característica del cine del Viejo Oeste, territorio que ahora corresponde por la mayor parte a la franja fronteriza. Aquí, además del factor del aislamiento que ya se mencionaba, operan códigos respecto a la impartición de la justicia que a veces tienen más que ver con el honor y la capacidad de los hombres para valerse por sí solos ante los embates del destino, que en ese contexto se antojan más viables que la vía de la legalidad. Gabriel Trujillo Muñoz afirma en este sentido lo siguiente:

“La frontera es un espacio geográfico donde el hombre no pasa de ser un huésped de paso, un viajero. Para sus habitantes, el mayor don debe de ser la adaptabilidad a las penosas condiciones que la naturaleza, en la mayoría de los casos, les impone. Aquí la vida social no deja de tener sus jerarquías, pero éstas son menos rígidas que en otras partes. Aquí el trabajo y el esfuerzo personal reciben rápidamente recompensa, le otorgan un sentido de individualidad acentuado y tercamente orgulloso a quien lo practica sin queja ni descanso. Para sobrevivir es necesario olvidar el desánimo, sortear los peligros, vencer los obstáculos, construir la utopía de la libertad responsable, del riesgo compartido (78).”

Mario Almada apunta también en su entrevista con Iglesias:

Esta gente se identifica con nuestros personajes porque viven en el cine. Como le decía, siempre tienen un recuerdo, al que vive allá, a la música, los personajes mexicanos, problemáticas muy de la frontera, con gente muy brava y justiciera. Hay películas que verdaderamente no deberían salir porque no se dedican más que a los barrios mugres de México, y yo nunca he hecho nada de eso ni lo haré. En esas películas se dicen malas palabras, albures, doble sentido. Si sale del país no le entiende nadie, sobre todo en Sudamérica (125).”

Nótese aquí también el lugar que el actor da al uso de las armas sobre la aproximación supuestamente “procaz” que hacen las películas contextualizadas en el sur de México desde el punto de vista moral. Esto trae a colación la forma que el público del cine fronterizo concibe a los habitantes del sur del país, especialmente el de las grandes urbes.

Respecto al estereotipo de los chicanos ante los mexicanos y otros extranjeros, tal vez sea más preciso decir que esta cinta refleja la actitud de la cultura anglosajona avecinada a lo largo de la frontera en la cual los héroes están insertos ante el “otro.” A pesar de que la situación pudo haberse resuelto mediante el diálogo y evitado con el respeto, el detonante es la intolerancia y la solución es el exterminio de aquellos quienes representan lo desconocido y, por antonomasia, la antítesis de los valores representativos de la cultura dominante. Al respecto, Norma Klahn se vale de Tzvetan Todorov al estudiar las representaciones literarias del mexicano en la literatura anglosajona:

“Literature as mediated language is positioned, and in the case of most of the stories discussed, that positioning assumes the “other” as object, thus impeding the creation of a space where dialogue is possible. For Todorov, this is possible if “after having spent some time with the Other, the Specialist doesn’t return to the original point of departure; but rather makes an effort to find a space of common understanding, of creating a discourse that not only takes advantage of the outsider position, but that speaks to the others and not only about the others (Todorov, 1988, 30). The asymmetrical positioning in these stories, however, continues to mark the difference as irreconcilable (Klahn, 41).”

En este sentido, cabe hacer hincapié en los pocos espacios donde la vida de los personajes de esta cinta transcurre, que son principalmente la estación de policía, las estrechas carreteras y brechas, las rancherías, la pequeña escuela, pero sobre todo la cantina. Al igual que en el resto de la tradición western, este último cumple la triple función de ser el tal vez el único espacio de entretenimiento en el pueblo donde se desarrolla la acción, a la vez que el principal de encuentro de los miembros de la comunidad y confrontación con los antagonistas. Es aquí donde se reúnen los más prominentes ciudadanos del lugar a discutir sobre sus problemas comunes mientras beben o juegan al billar. Es aquí también donde los forasteros se dan a conocer ante el resto del pueblo. También es aquí donde más tarde se darían los encuentros más decisivos para la resolución del conflicto en el que ambas partes se enfrascan.

En conclusión, quizá en esta cinta pueda no ser tan evidente la problemática fronteriza en los aspectos más discutidos respecto a ella, tales como la inmigración indocumentada, el contrabando y otros aspectos considerados más pertinentes al tema. Sin embargo, ofrece una visión de este espacio en función de los gustos y preferencias sus espectadores. También nos muestra una interesante perspectiva de sus dinámicas de vida a través de los ojos de realizadores mexicanos. Aquí permea una visión muy centralista y prejuiciada que, al mismo tiempo que no refleja una auténtica perspectiva fronteriza, la define, en virtud de su poderosa proyección a través del medio cinematográfico. Al respecto, es pertinente citar nuevamente a Iglesias:

La definición de la realidad fronteriza ha dependido de la propiedad y el control sobre los medios de producción cinematográfica, que no han estado nunca en manos de una población fronteriza… Las distorsiones de la realidad se dan a tal grado, que se convierten en obstáculos para el encuentro con la realidad. Y, al mismo tiempo, paradójicamente, es lo único de que se dispone como escenario cultural para la auto identificación como miembro de una comonidad regional (Iglesias, La Visión de la Frontera, 43).”

De acuerdo lo afirmado por Klahn, Ceballos y Trujillo en las citas anteriores, se puede deducir una percepción de la frontera como un espacio campirano y hasta cierto punto salvaje y retrógrado en el que no opera la civilización propiamente dicha. En él, sus habitantes recelan y pugnan constantemente con quienes invaden su espacio en aras de su defensa, la de su identidad y costumbres. De acuerdo con esto, cabe señalar que hasta el momento en que esta película se realizó, la frontera debía compararse al viejo Oeste, en el que tomaba prioridad la reafirmación de una identidad a través de las constantes luchas contra grupos extraños por el dominio del entorno, sin que los involucrados en tales pugnas se dieran oportunidad para el intercambio, el diálogo y la convivencia. Aquí, los problemas se resolvían siempre a través de la violencia y la eliminación de lo que pareciera extraño. Además, esta cinta puede insertarse fácilmente en el canon fronterizo ya que el hecho de ser una producción mexicana en el lado estadounidense de la frontera, revelan una intención de reflejarlo en sus gustos de alguna manera, así como el público al que estaba dirigida. Además, su argumento difícilmente podría funcionar en otro contexto.



Bibliografía

Ceballos Ramírez, Manuel. “La Condición Fronteriza: de Línea de Paso a Espacio de Identidad.” Diálogo Cultural entre las Fronteras de México.1997. Volumen 2, No. 5: 2-10.

Corliss, Richard. “Topo 10 Sundance Hits.” Time in Partnership with CNN. 20 January 2011. 13 June 2011. http://www.time.com/time/specials/packages/article/0,28804,1871821_1871830_1871816,00.html

Girven, Tim. “Hollywood heterotopia: U.S. Cinema, theMexicanBorder and theMaking of Tijuana.” Journal of Latin American Cultural Studies (Travesía), 1994. Vol. 3. No. 1-3. 93-133.

Iglesias, Norma. Entre Yerba, Polvo y Plomo: Lo Fronterizo Visto por El Cine Mexicano. Vol. 1. Tijuana, Baja California: El Colegio de la Frontera Norte, 1991.

_______. La Visión de la Frontera a Través del Cine Mexicano. Tijuana, Baja California: Centro de Estudios Fronterizos del Norte de México, 1985.

_______. “Reconstructing the Border: Mexican Border Cinema and its Relationship to its Audience.”Mexico’s Cinema. A century of Film and Filmakers.Ed. Joanne Hershfield and David R. Maciel. Wilmingnton, Delaware: SR Books, 1999. 233-248.

Klahn, Norma. “WritingtheBorder: TheLanguages and Limits of Representation.” Journal of Latin American Cultural Studies (Travesía). 1994. Vol. 3. No. 1-3. 29-54.

Trujillo Muñoz, Gabriel, “La Frontera: Visiones Vagabundas.” The Line/ Essayson Mexican/American BorderLiterature, 1998. Vol. 1. 137-152.

Zúñiga, Víctor. “Fronteras Intraétnicas.” Revista de Diálogo Cultural Entre las Fronteras.1998. Vol. 3. No. 9. 20-27.

domingo, agosto 22, 2010

"Palimpsest", un relato, 1ra. pte.


Palimpsest

“…si amanece no se miran las estrellas…”

Los Invasores de Nuevo León.

Finalmente estoy solo. Nadie me está cuidando. Hay qué celebrarlo. No me acuerdo de otro lugar mejor para hacerlo que éste. Aquí siempre me sentí como en casa. No recordaba nada que me pusiera tan contento como hacer lo que estoy haciendo ahora. A lo mejor lo que quería realmente era olvidar si alguna vez lo hubo, por su ausencia de la que sólo me queda el presentimiento. Me doy cuenta de que todavía me pasa lo mismo. Sin embargo, el cantinero me cobra en dólares cuando debiera hacerlo en pesos. Era el mismo con quien antes platicaba a falta de otra compañía para no estar mirándome a cada rato en el espejo, que hace que este lugar parezca más amplio y simétrico. Tampoco me daban, como antes, ganas de entrometerme y hacer lo mismo con los demás, a riesgo de llevarme un buen golpe en la cara por lo menos. El tipo habla en un idioma completamente desconocido para mí. Intenté llamarlo. Le pregunté, por ejemplo, si estábamos en el mismo lugar que yo creía, pero no reaccionó como alguien a quien un semejante interpela, sino con la indiferencia de quien escucha un ruido ligeramente más alto que los demás y, al darse cuenta que no tiene importancia, regresa en busca de algo qué seguir haciendo. No me comprendía y si acaso me respondió, yo tampoco le entendí. Además, ¿quién pregunta esas cosas?

Sin embargo, la única comunicación que tengo con él parece más natural que antes, cuando de todos modos ni me hacía caso. Terminábamos hablando puras tonterías, como para que ninguno de los dos se acordara al día siguiente. Además, es inútil que lo llame. Debe saber muy bien cómo se oye cuando estrella uno el envase vacío sobre la barra y orientarse hacia su origen a pesar de la saturación de ruidos. Se planta frente a mí cada vez en ese justo momento. Sólo saco el importe en términos de la única denominación aceptada, pago y recibo el cambio. Cuento también cada vez, y es impecablemente exacto. Después de todo el tiempo que he pasado aquí sentado, cada vez con menos ganas de levantarme, no me extrañaría que quisiera sacar ventaja. Tengo suficiente, a pesar que no recuerdo a qué horas fui a la casa de cambio, y que no gano en el tipo de moneda que aquí se cobra. No sé cuánto traigo, pero me gana el impulso de pedir más antes de contar si llevo lo suficiente para pagar. No he fallado. No creo que lo vaya a hacer después. Me resulta menos doloroso concentrarme en la música que tener una razón para exclamar, una vez que vea un rostro familiar o que me lo parezca en el espejo, o cuando voltee hacia alguna parte, “¡Te conozco!” Por fin me doy cuenta que no hay ninguna necesidad.

Sabía que estaba a salvo de muchas cosas porque no se escuchaban “Soy lo Prohibido”, o “A Pesar de Todo” con el Pirulí y Vicente Fernández, respectivamente. Antes, alguna de ellas comenzaba a tocar justo cuando cruzaba el umbral de la puerta o encontraba asiento, como por mandato. Parecía que algún parroquiano la pusiera siempre en la rockola con la intención de molestarme. La música para conmiserarse de uno mismo es muy mala; dice el refrán que nunca debe mezclarse el placer con el arrepentimiento. En su lugar, tocaba un piano de agridulce melancolía, con un “hiss” de tocadiscos que abigarraba todavía más la paleta sonora. ¿Por qué se oye si se supone que es un aparato reproductor de discos compactos? Tal vez porque la grabación es muy vieja, supongo. Me vanaglorio, sin poder participárselo a nadie, de saber quién era el artista. Se trata de Lennie Tristano, un pianista cieguito, quien se abre paso entre el viento corrosivo de otros tiempos y la misma muerte con “Palimpsest”. Creo que ningún experto que se encontrara con ella por primera vez aquí pudiera haber adivinado el título tan pronto como yo, como luego compruebo cuando, camino del baño, leo el rótulo luminoso del aparato. Todas sus composiciones tienen nombres muy sofisticados. No soy tan inculto como me concebía, pero daba igual porque no creo que el dato le interese a nadie. Tampoco hago caso de los demás ni de la extrañeza de todos estos detalles, cuyo motivo ya conozco. En todo caso me gustaría más oír “Mi Amigo el Borracho” de Miguel y Miguel, aunque de aquí a que me hartara de hacerlo todas las veces que me hubiera gustado sonaría como si fuera “La Misma”. Además, sería un detalle demasiado familiar tomando en cuenta que nada lo ha sido hasta ahora. Tampoco sé si es de día o de noche. No hay ventanas.

No me di cuenta cuándo se sentó a mi lado. Estaba concentrado en cómo se descompone la luz a través de mi botella mientras escucho la música. Sus haces cambian de color entre más vacía va quedando, hasta que vuelve a repetirse la operación con una distinta, llena casi al tope. La música, además de hacerme evocar tantas sensaciones agradables, invita al escrutinio concienzudo y me distrae. Sin embargo, el aroma de jazmines sobre los que recién ha llovido, que en un principio pareciera traído por aquellas notas, se impone sobre los fuertes e inmundos de este lugar. No se trata de un perfume artificial. Tampoco es lo único que percibo, sino también una brisa que me refresca y despierta, disipando al contacto con mi piel la modorra y el aturdimiento. Volteo de reojo, a pesar que me había propuesto no involucrarme con nadie. Lo que menos quiero es dar ni rendir cuentas. Sin embargo, soy muy malo para disimular. Ella debe percatarse fácilmente cuando alguien la mira con el deseo que trato inútilmente de apagar. No podía ser de otra manera. Tenían que ser precisamente éstas las circunstancias en que la conociera. Es la mujer más hermosa que he visto. Por lo mismo, sé de antemano que jamás será para mí.

Lleva un vestido color plomizo que parecía haber sido negro hace tiempo. Se levanta un momento del banquillo para reacomodarse la falda, lo que, al apretar por la parte trasera su vestido, me permite apreciar sus anchas caderas. De perfil, la inclinada pendiente bajo los paréntesis invertidos de su cintura, perfectamente simétricos, remata en una cerrada y abrupta curvatura, casi angular, dándoles la forma ideal de una suculenta pera. A pesar de que la prenda es larga, la forma en la que, gracias a su postura, se adhiere a sus piernas, me permite apreciar la delineación y firmeza de sus muslos y pantorrillas. No tienen ningún relieve. Me imagino la sensación de frotar mis manos sobre ellos a través de su ropa, haciendo saltar chispitas de estática. Un breve instante en el que se inclina hacia adelante me permite descubrir que no le gusta usar sostén. Sus largos y sedosos cabellos, sobre los que se refleja la luz roja del neón azulándose en su espesa negrura, le cubren casi por completo los hombros y el pecho. Al hacerse una cola, la línea de los tirantes, dibujada en su piel por el sol y un poco más clara que la de sus márgenes color natilla, se ensancha hasta rematar en sus pezones perfectamente redondos y fruncidos, coronados por puntas achatadas, anchas, perfectamente erguidas, de un carmín avivado intensamente por la constante transpiración. Siempre me ha parecido muy molesta la consistencia acaramelada que adquiere el sudor al entrar, después de asolearme o hacer algún esfuerzo, a donde haya una máquina de aire acondicionado o refrigeración funcionando a toda su capacidad. Ahora quería comprobar en su piel si el sabor era tan desagradable como aquella sensación, utilizando lo más que pudiera de la superficie de mi lengua, que salivaba profusamente, pero sobre todo, de la de su cuerpo. Después de colocarse aquella liga alrededor del cabello, permanece cabizbaja sin ordenar nada. El mesero tampoco le pregunta si quiere hacerlo. El ángulo hacia el que dirige sus ojos no alcanza el marco inferior del espejo. No creo que se haya dado cuenta de lo que ahora no puedo parar de hacer. Bajo la sombra de sus gruesas y enormes pestañas, tiene unos ojos infinitamente tristes, que insinúan los poderes premonitorios de una gitana. Esto es tan notable, que acabo preguntándome, ¿acaso me hará a conocer mi suerte?

Temiendo encontrar una respuesta, tomo mi envase y abandono mi lugar para buscar otro en dirección opuesta a donde está sentada. Pero en cuanto pongo los pies en el suelo, escucho que me llaman a mis espaldas. En el fondo lo deseo y pudiera tratarse de cualquier otro de los tantos ruidos que se combinan, casi siempre para sonar como otra cosa. Además, mi nombre es demasiado común. No quiero delatarme. La suela de mi zapato se encorva, pero escucho de nuevo lo mismo, más de cerca, mientras me oprimen el hombro, calentándolo suavemente. Sin embargo, siento que voy a derretirme. Me imagino desparramado en el suelo, burbujeante, revolviéndome con las colillas de cigarro y las cáscaras de semilla de girasol y de pistacho. Volteo, y descubro sus ojos. Al igual que el cielo, acumulan agua y relámpagos para desatar una tormenta. Parece que mi suerte se vislumbra. Pronunciando mi nombre por tercera vez, asevera: “Tú me prometiste que ya no volverías aquí.” Antes de encontrarla, tenía la agradable sensación de que un gas similar al helio inflamaba una parte de mí que no estaba en mi cuerpo y la hacía flotar. Una improvisación de Cecil Taylor marca el inicio de su transformación en una mar picada por la indignación y la angustia. Empiezo a desinflarme. “No la conozco”, respondí.

Hago un esfuerzo que no me habría atrevido a hacer si no fuera porque estoy convencido de estar frente a un espejismo. Dándole la espalda, pido otra botella, seguro de que el helio volverá a inflamarme y me hará recobrar mi estado de enajenación y, sobre todo, la tranquilidad. Al apurar mi primer trago, dejo de sentir su presencia y escuchar sus objeciones. Creo que por fin desapareció, como supuse que lo haría. Sé muy bien de lo que soy capaz, y también de lo que me merezco. No soportaría que cuando todo termine ya no esté a mi lado. Una vez que el sol me ilumine, la buscaría por todas partes hasta que la encontrara, aunque esté seguro que nunca aparecerá. Prefiero olvidarla.

Sin embargo, una vez que levanto la mirada al espejo, compruebo con espanto que sigue ahí, abriendo los brazos para envolverme en ellos mientras acerca sus labios a mi oído. “¿Me sientes?” Pregunta, y hubiera entendido perfectamente por el suave vaivén de su aliento aun si no hubiera escuchado nada. Prefiero pensar que todo lo que siento es que me están untando mermelada, pero no puede tratarse de eso. La adhesividad de su piel sobre la mía me gusta demasiado. Estoy a punto de creerle, pero el helio me sigue elevando con cada trago, más generoso que los anteriores. Respondo desde esa parte de mí que no sé dónde está y desde allá la mira ahora tan pequeña, envalentonado también por mi cultura musical; mi único atributo. “Entonces abra la puerta, dígame la hora, o quién está tocando eso”. Apunto al aparato de monedas. Aquí no se ven las estrellas, ni el sol ni nada hasta que amanece”. Estoy seguro que con esto se esfumará, pero apretándome más fuerte, como si yo fuera quien va a desaparecer, me responde: “Lo sé tan bien como tú. Ven. Salgamos juntos por esa puerta para que no vuelvas.” Yo también la estrecho, sintiendo sus lágrimas quemar la piel irritada de mi rostro, encendido e hinchado. No tengo valor para decirle que mi mayor anhelo es hacerle caso, pero sé que es imposible. La sujeto más fuerte para hacer que lo entienda. “Vas a irte, y yo no puedo estar aquí a menos que sea de esta forma. Sé que el sol te va a llevar con él.” Nuestras lágrimas se mezclan y van a dar a mi boca abierta por la dificultad para respirar. No puedo decir que me gusta su sabor como a papas a la francesa remojadas en malteada de vainilla. Me gusta más sentirme embarrado de dulce cuando transpira sobre mi piel, pero no puedo hacer otra cosa que seguir llorando.

Esta despedida se está alargando más de lo que hubiera querido. Sin embargo, no he reparado bien en su costado izquierdo. Lleva un morral, del cual saca un revólver que pone sobre la barra. El aterrizaje se oye claramente entre el bullicio, pero no parece decirle nada a nadie. Estoy desconsolado, lo cual tampoco me deja sorprenderme por el detalle. Lo que sí me sobresalta es el repentino fulgor en su rostro, y la hermosa sonrisa que se dibuja en sus pequeños labios. Sus ojos, vivos e iluminados, que apuñalan los míos con incertidumbre, ya no parecen tener los poderes divinatorios de gitana que tenían antes. “Sé que no me crees”, dice mientras pone el objeto en mis manos, arropándolas entre las suyas. “Dispara donde tú quieras,” me ofrece mientras corre ligeramente el tirante izquierdo de su vestido y desliza el dedo índice de la otra mano entre sus senos. Siempre creí que sería casi imposible que en ese lugar ocurriera algo así. Sin embargo, tengo el mismo miedo a la muerte que tendría en cualquier otra parte. El centro de su falda se hunde entre sus piernas, dibujando un triángulo; un molde donde siento la ansiedad incontrolable de encajar, pero no se me quita el miedo. Ahora, justo como había tratado de evitarlo, miro directamente al espejo, recorriéndolo con calma de lado a lado, deteniéndome en cada rostro. Aunque ellos ya no lo son para mí, parece que nosotros fuéramos invisibles, inaudibles. En cualquier caso, aunque es posible que tenga que resignarme a perderla para siempre, estoy seguro que no va a pasar nada. Antes de abrir paso a otro pensamiento que me desanime, levanto rápidamente el arma, me la pongo en la sien, tomo de golpe el contenido de la botella y jalo con fuerza del gatillo.

jueves, agosto 19, 2010

"La Modelo", un relato.


La Modelo

El plazo se cumplirá dentro de algunos meses. Será una mañana solitaria en las afueras del “Cereso” municipal. Podrás inferirlo por que hace mucho que “Ya no Viene”, como dice la canción de Bronco. Caminarás solo por la brecha que conduce a la calle que separa la que fue tu casa por tanto tiempo de la colonia Toribio Ortega. Te acordarás cuando sea demasiado tarde que la grava que la tapiza es pequeña y filosa. Además, tu camino estará lleno de enormes charcos congelados que tendrás que rodear de alguna manera. Desearás haberte puesto otro par de calcetines y unos zapatos con la suela más gruesa cuando tus pies se hundan de vez en cuando en el soquete, donde pensabas que había suelo firme. Te empeñas en ponerte tus Converse, que además de ser porosos, para ese entonces tendrán demasiados agujeros. Entonces caminarás más aprisa para mitigar el frío. Antes que llegue el camión que te llevará al centro de la ciudad, verás venir en sentido contrario a la dirección que sigues para llegar al borde de la carretera a los jóvenes que van a recoger su cartilla militar. Como es domingo, desde ahí podrás notar que algunos están crudos. Otros manifestarán la dificultad que tuvieron para levantarse en su falta de precaución en ir más abrigados. Todos esperarán por largo tiempo a la puerta del cuartel mientras exhalan opacas volutas de vaho, frotándose los muslos y las manos. Tal vez será el único momento en el que te darán ganas de sonreír. Cuando fuiste al sorteo, te tocó bola negra. No tuviste que marchar. Además, los rayos del sol que saldrá entre los cerros iluminarán, al igual que hoy, de llamativos colores el horizonte. Parecerá que está tan cerca que poco faltará para que estires la mano queriéndolo tocar, tal como ahora.

La risa se te borrará del rostro una vez que abordes la rutera y pagues el pasaje. Como de seguro van a subirlo, no te darán nada de cambio para comprar un cigarro suelto con los dulceros que se ponen en la terminal. No querrás la cajetilla completa. Hasta los asientos del fondo estarán ocupados, y tendrás que aguantarte las ganas de escuchar sentado “Voy a Pintar Mi Raya.” No comprendes la empatía que despierta en ti. Sonará a todo volumen en el estéreo del chofer, cuando vayas agarrado del tubo tratando con dificultad de mantener el equilibrio. Mientras tanto, el vehículo parecerá hundirse adrede en cada bache y tropezar abruptamente con cada tope a lo largo del camino. La canción de los Mier que tocará enseguida, “Nota de Sociedad”, también trata de lo mismo. A pesar de que el camino es largo y rebuscado, no podrás distinguir nada entre el amontonamiento de gente cuando trates de asomarte por las ventanillas. Por lo pronto, te quedarás con ganas de ver el resto de la ciudad. La música, que no tendrás otra alternativa que seguir escuchando, habrá despertado un presentimiento que te llenará de agitación. Respirarás con dificultad. Estarás enojado sin razón aparente.

Una indita diferente seguirá al pie de la misma parada del camión vendiendo dulces. Sin embargo, no traes ya para tu cigarro y tendrás que caminar hasta el Rapiditos de la Francisco Villa que se alcanza a ver desde donde te habrás bajado. Cuando te metieron a la cárcel todavía no lo habrán puesto ahí. Te alegrará que no tengas qué caminar más lejos. Pasarás frente al “Buen Tiempo” y te darán ganas de tomarte una caguama bien fría. Todavía será muy temprano. Podrás llamar a muchas otras personas para celebrarlo o por la simple cortesía de avisar, pero tu cabeza sólo será capaz de visualizar sus hermosos ojos de gitana, negrotes, abismales. Sentirás fluir la sangre caudalosamente hacia el centro de tu cuerpo al recordar su largo cabello hasta las anchas caderas que tanto te gustaba apretarle cuando se abrazaban. Ella será la única persona de la que querrás saber en ese momento.

Cuando pagues por la tarjeta de 30 pesos para llamar por teléfono público te darás cuenta de que venden la cajetilla con 14 cigarros a 21. Así le calculas. Querrás comprar una pero te faltará un peso para acabalarla. Como te regresaron un billete de 20 y los vendedores ambulantes nunca traen cambio, optarás por aguantarte las ganas. Te acordarás que le cae gordo que fumes delante de ella, aunque nunca te lo ha dicho. Mientras busques una caseta telefónica soplará un viento áspero que irritará tu cara a través de la atmósfera polvorienta y ahumada. Sólo se escucharán sus soplidos en la solitaria avenida. Se acercará el momento, y te sensibilizarás más al frío con cada paso. Como “El Recreo” todavía estará cerrado, te meterás a lo que fuera la antesala del cine Victoria, cuidándote de no pisar lo que dejaron aquellos que le dieron el mismo uso que te dispondrás a darle. Crees que para ese entonces alguien habrá corrido a la fuerza la cortina metálica que la cubre. Te divertirá el vaho que se eleva con el polvo refinado de los viejos mosaicos. El agua se enturbiará. A pesar de que te encontrarás más relajado, sentirás que todavía no es el momento. No podrás describir el presentimiento que te impide seguir buscando una caseta. Optarás mejor por ir a comprar un burrito de deshebrada, lamentando que no se te haya ocurrido antes y que sea lo único que haya a esas horas. Así no habrías hecho tus necesidades en aquellas tapias. Tampoco tendrás hambre, solamente ganas de esperar un poco. “Como es domingo, a lo mejor todavía no se levanta, o apenas habrá ido por el menudo”, supondrás.

No le habrás dado una mordida a tu burrito y un sorbo al café, servido sin leche ni azúcar en un vaso de hule espuma, cuando te distraigas y los olvides por completo. Ambos se enfriarán después. Cuando los vuelvas a recordar se te antojarán menos que antes. Te darás cuenta que nomás estás perdiendo el tiempo. Afuera se habrá entibiado. Vas a echarle al perro sarnoso que acecha a la entrada lo que habría sido tu almuerzo. Tu corazón latirá rápidamente. Sin embargo, no será por entusiasmo ni alegría. Sabes desde un principio que ella no contestará el teléfono, y así es como va a ocurrir. No tiene porqué ser de otra forma. Igual que otras veces, tampoco reconocerás a tu interlocutor:

- Ya se casó. Búsquela con su esposo.

Sin que preguntes, te darán una buena idea de cómo llegar a donde se va a ir a vivir. Como si todo ese tiempo que pasaste encerrado hubiera sido sólo una pesadilla de la que apenas despiertas, negarás lo que acabas de escuchar. Colgarás sin dar las gracias ni despedirte. La ansiedad de hacer algo que no debes te invadirá. Dejará de importarte que apenas hace unas horas salieras de la cárcel y te habías jurado que jamás regresarías. Pensarás que no tiene caso que hayas salido. No tendrás a dónde más ir. Sin embargo, caminarás hasta el Monumento a Benito Juárez para agarrar el camión, abriéndote paso entre la densa parvada de palomas, tan "libres" según todo mundo, a las que querrás patalear y pisotear. Como los fines de semana casi no hay pasaje hasta allá donde vive, el camión tardará en llegar mucho más de lo que en días hábiles. Cuando por fin le hagas la parada, el chofer te preguntará si no traes cambio. Lo más chico que llevarás será el billete de 20 pesos. Molesto, te dará morralla de la denominación más pequeña. Tú contarás cada moneda para asegurarte que no te dio menos de lo que te debe. Fingirás no escucharlo cuando te pida que te hagas a un lado para cobrarle al pasajero que estará detrás de ti. Esta vez te asegurarás de sentarte en el lado de la ventana del asiento. La travesía será más larga que la del Cereso al centro. No pedirás tu bajada hasta que llegues a la Glorieta; lo primero que se ve cuando llega uno a la ciudad por carretera. Ahí verás nuevamente a Benito Juárez, petrificado, hasta quién sabe qué horas. El FOVISSSTE ya no otorga casas a los derechohabientes más hacia el interior de la ciudad. Ahí ya no cabe nadie. La calle comenzará a inundarse de carros. El camión no irá más rápido a pesar de tu desesperación. Pasada casi una hora, optarás mejor por concentrarte en la música grupera que trae el chofer, igual que la de la última vez que te habrás subido, sorprendido de encontrar tantas edificaciones nuevas a tu paso y no volver a ver aquellas que había antes de que te encerraran. En su lugar, por suerte y según tus cálculos, habrá depósitos de cerveza de la misma cadena casi en cada esquina. Al menos te darás cuenta, supones, que no eres el único al que dan esas ansias.

Caminarás por la calle más ancha de la pequeña unidad habitacional, último dato preciso que habrás logrado captar cuando llames a donde supondrías que ella te estaba esperando. Una vez que llegues a la sección de las casas de dos pisos, un sudor frío y picante salpicará tu cuerpo de repente al ver su auto estacionado frente a una de ellas. La fachada de duros barandales de hierro, como ahora supones, estará flanqueada por bardas. En sus bordes brillarán fragmentos de botellas rotas. La puerta será similar a una que tenían como muestra a la entrada de un negocio de “herrería artesanal” que viste y verás nuevamente, según le tanteas, sobre la Carretera Casas Grandes cuando vengas en camino; maciza y decorada con caprichosos acabados. Estás casi seguro también que enseguida de su carro estará una blazer café que alguna vez habías visto. Querrás rayarla, romperle los vidrios polarizados, pero verás a través de ellos un pequeño foco rojo titilando. Quizá se trate de una alarma. Te acordarás que dice el dicho que por los zapatos se conoce a la persona, y te arrimarás un poco a inspeccionarla. Se tratará de un modelo reciente. Llevará una moldura de agencia. La pintura brillará refulgentemente con la intensa luz del mediodía invernal, que de todos modos no calentará el aire gélido y rasposo que todavía estará soplando. Tendrá también placas nacionales; un buen mueble para viajes frecuentes en carretera.

Te preguntarás cuánto gasta el dueño en gasolina, mensualidades, de impuesto por tenencia y renovación de placas. Mientras, te acercarás un poco más. Mirarás un par de engomados que responderán tus preguntas sin necesidad de grandes esfuerzos deductivos. Uno de ellos probablemente será de la universidad local y, por si fuera poco, el otro de una de los Estados Unidos. Ambos garantizan un lugar privilegiado en los estacionamientos de ambos lugares. En los dos, además de la fecha de vencimiento de entonces a un año, se podrá leer, como casi estás seguro, la palabra “docente” en inglés y español respectivamente. Te acercarás aun más para alcanzar a distinguir la foto en el gafete que cuelga del retrovisor. Por lo poco que alcanzaste a ver alguna vez, te figuras que le canta tangos al oído cuando están juntos. A ella le gustaban mucho pero tú les tenías una inmensa aversión. Tal vez ya desde entonces sabías que esto iba a pasar. Sin embargo, nomás alcanzarás a ver de lejos su rostro, muy apenas, por que los vidrios están ahumados.

Una vez que revises tus bolsillos y tu cartera, te darás cuenta que no tienes nada qué hacer ahí. Además, los perros sueltos empezarán a ladrar, y tendrás qué hacer como que coges una piedra del suelo para que se alejen de ti. También desistirás de llegar a tomarte tu caguama fría al “Buen Tiempo” o al “Recreo” al terminar de contar tu dinero y acordarte de todo lo que te llevó hasta ahí, hasta los límites de la ciudad que todavía no conoces. Antes de subirte al camión que va de regreso al centro llegarás a la tiendita de abarrotes a comprar el PM, con la esperanza de encontrar alguna vacante que no requiera carta de no antecedentes penales. Cuando llegues al centro habrás terminado de leerlo sin reírte una sola vez de las majaderías que los editores usan con tanta liberalidad, ni tampoco de nada de lo que está pasando. Por fin te darás cuenta que ninguna de las dos cosas tiene ninguna gracia. La noche anterior casi no habrás dormido pensando que la tocarías. En cambio ese día, cuando mires las enormes fotos de modelos semidesnudas, sentirás que pensar en mujeres es un lujo que no te puedes dar. Darás vuelta a la página y te pondrás mejor a leer las editoriales. Ya habrá sido hora que empezaras.

Tendrás sueño. Lo único que querrás será echar una siesta y la verdad es que no habrá a dónde ir. Pasas por una conocida tienda de enseres domésticos. Te acuerdas que antes era un centro cristiano de rehabilitación para drogadictos y alcohólicos. A lo mejor te habrían dado chanza. Sin embargo, el recuerdo más entrañable que tienes del inmueble era cuando funcionaba como sala de cine, el “Variedades”. Además de que ahí llegaste a ver varias películas que parecían americanas y al último resultaron italianas, alguna vez también viste en función doble la primera y segunda parte de “Bestias Juveniles”. Éstas a su vez eran producciones españolas que tal vez por lo buen consumidor que es el público nacional hicieron pasar como mexicanas. En una hasta salían Grace Renat y Fernando Almada. Sin embargo, te diste cuenta del embuste por que cuando las viste nunca habías escuchado la palabra “comisaría”, y tu indagatoria te llevó a darte cuenta del detalle. Su verdadero nombre era “Perros Callejeros”. Tendrías doce años más o menos aquella vez que te mandaron pagar un abono y te metiste a verlas. La segunda parte acaba con el protagonista saliendo de “La Modelo”, una famosa prisión de por allá. Afuera lo está esperando la mujer de su primo, quien en realidad está enamorada de él. Pasa mucho tiempo. Se queda después de que todos se han ido hasta que, después de otro rato, cae rendida en el portal de algún edificio frente a la penitenciaría. En cuanto el héroe la ve, corre hacia ella, pero es embestido intencionalmente por un auto. Ella está tan cansada, que sigue profundamente dormida. Él hace un esfuerzo por arrastrarse hacia ella hasta que queda inconsciente. Recuerdas que aquel final no te gustó. Exhalas un profundo suspiro al pensar cómo te habría gustado verlo ahora.